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Martha Bernays, la esposa del pornógrafo

Su abuelo era el rabino más importante de Hamburgo. Se casó con Freud en septiembre de 1886, en una sencilla ceremonía por el rito judío Nació el 26 de julio de 1861 y murió el 2 de noviembre de 1951.

La mujer que enseñó a Freud las intimidades de la vida

Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, fue un teórico del sexo hasta que se casó a los 29 años. Con su mujer, Martha Bernays, descubrió la que fue una de sus grandes obsesiones e inspiración de sus investigaciones. Ignorada por todos los estudiosos de su marido, una biografía que verá la luz en Alemania rescata la figura de esta mujer que consideraba a su marido “un pornógrafo”. A pesar de no compartir el interés por su trabajo, ella alentó sus estudios y supo permanecer en la sombra, proporcionándole la estabilidad que el maestro precisaba.

Sigmund Freud tenía 25 años y poquísimo dinero cuando conoció a Martha Bernays, durante la época en la que él trabajaba como investigador en la universidad. Martha, cinco años más joven que él, acudió como invitada de una de sus hermanas a casa de la familia. Sigmund se quedó boquiabierto cuando la vio ayudando a preparar la cena, según escribió años después: “Aquella chica, sentada a la larga mesa, hablaba con un encanto sorprendente mientras pelaba manzanas con sus pequeños dedos; desde ese día creo en los milagros”.

Martha se volvió tan valiosa para Sigmund como su propia vida. Aún así, poca ha sido la atención que han prestado los estudiosos de Freud a la mujer que compartió la vida con él durante más de medio siglo. Algo más de 50 años después de su muerte, ha resucitado para reclamar su papel en una biografía redactada por Katja Behling-Fischer, una escritora de su misma ciudad natal, Hamburgo, que ha analizado los archivos familiares y algunas de las cartas que la pareja se escribió.

La biografía describe a Martha como una mujer enérgica que, al igual que su marido, se adelantó a su tiempo. Inspiró a su marido tanto en el ámbito privado como en el profesional, y su relación revela a un Freud muy alejado del estereotipo del ecuánime pionero del psicoanálisis. El libro ha sido acogido con agrado por parte de Anton Freud, uno de los nietos de Martha, que afirma que ella fue mucho más que “la esposa, o quien se ocupaba de la casa y los niños”.

Nacida en 1861, era la segunda hija de una familia judía ortodoxa de renombre. Su abuelo era el rabino más importante de Hamburgo, y su madre, Emmeline, una ferviente religiosa. Este insigne trasfondo no representaba un signo de riqueza: cuando Martha cumplió 8 años, su padre, que vendía espacios publicitarios en los periódicos locales y comerciaba con bonos, fue encarcelado por impago a sus acreedores. Le dejaron libre diez meses después, ya que su familia no podía sobrevivir sin su ayuda. Su antiguo jefe aceptó volver a contratarle, pero con la condición de que se mudara a Viena para trabajar en una filial del negocio.

La fortuna de la familia mejoró al instalarse en la capital austriaca, pero cuando Martha tenía 18 años su padre falleció. Desde ese momento, la gran prioridad para su madre fue encontrarle un marido que encajase con su formación religiosa y que le facilitara una posición cómoda en la sociedad. Martha tenía casi 21 años cuando fue invitada a casa de los Freud en abril de 1882.

Sigmund, graduado en Medicina, solía cenar a solas en su habitación para poder continuar con sus estudios de neurología. Pero esa noche, cuando apareció aquella chica de ojos fascinantes, el largo cabello recogido en una coleta, de rostro pálido y boca sensual, le causó tal impresión que el joven decidió quedarse en el comedor. Para Martha también fue un amor a primera vista. Según una amiga suya, una de las razones por las que le encontró tan atractivo fue que le recordaba a su padre.

Martha tenía muchos pretendientes, ya que era educada, de buena familia y atractiva, una chica delgadita que lucía los vestidos ligeramente ceñidos de la época. Estuvo a punto de prometerse con un hombre mayor que ella, un vendedor, pero su hermano puso fin a la relación al darse cuenta de que ella no le amaba. Freud no era ningún donjuán.

Tan sólo una chica, Gisela, le había atraído de adolescente, y, como admitía medio en broma, no le habría venido mal alguna que otra experiencia con mujeres en su juventud. Su cortejo a Martha resultó rápido. Se vieron muchas veces durante las siguientes semanas para pasear por el parque de atracciones Prater a las afueras de la ciudad. Al principio nunca iban solos: Minna, la hermana pequeña de Martha iba de acompañante obligada. Freud enviaba a su enamorada grandes ramos de rosas acompañados de poemas. En las notas la comparaba con una princesa, y a su boca con rosas y perlas. Aún así se sentía inseguro y tímido.

El 13 de junio la volvieron a invitar a casa de los Freud. Esa misma semana recibió su primera carta de Sigmund, en la que se dirigía a ella en tono muy educado, que más adelante pasó a otro más íntimo. “Hermosa Martha, ¿cómo has podido cambiar tanto mi vida?”, comenzó escribiendo. Cuando Martha se decidió a responder se mostró muy directa: “Sigi, querido Sigi. Hoy por primera vez te llamo por tu nombre. Querido mío, me haces tan feliz como nunca he sido en toda mi vida”.

Martha le entregó un anillo que había pertenecido a su padre, y él, demasiado pobre para comprarle nada tan valioso, hizo una copia de éste para ella. A finales de junio se prometieron. Para Freud representó un gran triunfo: ella le había elegido a pesar de su pobreza y su ateísmo.

Al principio mantuvieron su compromiso en secreto. Emmeline tenía grandes expectativas para sus hijas y no podía aceptar al hijo de un comerciante de lana judío y pobre, sin un trabajo en condiciones ni contactos en la alta sociedad y además ateo.

A Martha todo aquello no le importaba y continuó viendo a Freud. Cuando Emmeline vio que su hija estaba decidida a seguir adelante, tomó la decisión de abandonar Viena y llevársela a Wandsbek, un pueblo en las afueras de Hamburgo. “Uno podría pensar que Martha fue débil por partir a Hamburgo. Pero no tuvo elección. Por aquel entonces no era habitual que una chica viviese sola con un hombre”, explica su biógrafa.

Martha derrochaba pasión en las cartas, que escribía dos o tres veces al día y a las que Freud respondía con la misma frecuencia. Ella le llamaba “mi amado hombre”, que en alemán también significa “marido”, y él le decía: “Eres la esencia de la alegría en mi vida, sin ti no deseo vivir, y me encantaría conquistar una parte del mundo para que la disfrutáramos juntos”. Le describía al detalle cómo decorarían su hogar. Pero después la realidad le daba una brusca bofetada: “Querida Martha, qué pobres somos. Cuando alguien nos pregunte qué bienes poseemos para vivir juntos, lo único que podremos decir es: nada más que este desmesurado amor mutuo”.

Las cartas de Freud no siempre eran tan románticas. Sus celos obsesivos solían brotar de pronto. Advertía a Martha de que no se hiciera amiga de ningún artista, ya que con tan sólo una canción podían abrir los pestillos del corazón de una mujer. Él contaba únicamente con la ciencia, y los microscopios no conquistan a las mujeres. Las cartas muestran que Martha estaba profundamente implicada en el desarrollo emocional y profesional de su futuro esposo.

No es que él la utilizara como conejillo de indias, aunque sí lo fue en sus experimentos con la cocaína. Él le envió algunas dosis y ciertas instrucciones tras descubrir que a él le hacía sentirse eufórico. Ella le respondió que no la necesitaba, pero que la había probado y que no le había disgustado. Ninguno de ellos se volvió adicto a la sustancia, aunque, hacia 1890, Freud consumía un poco de cocaína antes de las reuniones importantes.

Freud descubrió que la droga podría ser un buen anestésico. Escribió un trabajo sobre la cocaína pero, deseoso de dedicar más tiempo a su enamorada, no realizó pruebas sobre sus propiedades anestésicas. Un colega suyo lo hizo y descubrió que era la única droga que se podía utilizar para las operaciones oculares. El médico ganó una fortuna. Años más tarde Freud pensaba que el tiempo que había disfrutado con Martha valía mucho más que aquel éxito que se le escapó. Y es que, de no haber sido por ella, se supone que Freud habría continuado con sus estudios médicos y no habría profundizado en el psicoanálisis.

Durante los años que estuvieron separados, Freud iba a verla frecuentemente. Las visitas aliviaban un poco la tensión emocional, y él le sugirió que abandonase a su familia y se reuniese con él en Viena. Martha estuvo a punto de acceder, pero finalmente fue Freud quien realizó el sacrificio. Decidió abandonar su carrera universitaria para abrir un gabinete neurológico y casarse con Martha. Inauguró su consulta privada un lunes de Pascua de i886, y en septiembre se casaron. Fue una ceremonia sencilla. Freud aceptó una boda judía pero, a lo largo de su matrimonio, la religión fue un tema prohibido.

Martha tuvo seis hijos en los ocho años posteriores al matrimonio. Dada la ambición de Freud por triunfar profesionalmente, la tarea de educarlos recayó sobre ella. Nunca se quejó. Un biógrafo anterior contó que el único conflicto en sus más de 50 años de matrimonio ocurrió por unas setas, por si tenían que cocinarlas con el tronco o sin él. Una cuestión muy prometedora a la hora de psicoanalizar al maestro, ¿habría algún paralelismo con la castración?

Una de las disputas más habituales en el matrimonio era la irritación que Freud sentía por la tendencia de Martha a suprimir su agresividad natural. Se quejaba de que su esposa ocultaba sus sentimientos negativos, e intentaba persuadirla de que manifestara sus emociones. Pero Martha creía que no era de buena educación hacerlo. Según Behling-Fischer, en el fondo Freud no quería conocer esos sentimientos: “Una de las razones de tener a Martha cerca del trabajo era que, como trataba tanto con la ira y la rabia del mundo a través de sus pacientes, necesitaba mantener la ilusión de que no la hubiese en su propia casa. Martha tenía que ser mejor que el resto”.

Freud nunca analizó la relación sexual con su esposa. Era tan abierto sobre los asuntos íntimos de sus pacientes como reservado en cuanto a los suyos. La única excepción es un sueño al que hace referencia y que afirma que podría haber estado provocado por el buen sexo “de la mañana del miércoles anterior”. Otro es “el sueño de la inyección de Irma”. En él tenía que examinar a una paciente en presencia de otros médicos. Uno de ellos era responsable de su enfermedad, tal vez debido a una inyección sucia. Freud tenía este sueño cada vez que Martha se quedaba embarazada, y se cree que está vinculado con alguna dolencia que ésta padecía.

SU AMANTE. Estos sueños la desbordaban. Una vez le confesó a un psicoanalista francés que encontraba extraño a su marido. Le describía como un ser “pornográfico”. Los acuerdos de la pareja con respecto al trabajo de Freud se basaban en que ella no interferiría en los estudios que considerara inmorales, lo que a Freud le dejaba libre para investigar lo que deseara. A pesar de lo reprobable de la labor de su esposo, disfrutaba de la gloria que éste conseguía. Había pasado de ser “la esposa del doctor” a convertirse en “la esposa del catedrático” y era habitual ver en su casa a invitados ilustres como el escritor Thomas Mann, autor de Muerte en Venecia.

El nacimiento de su última hija, Anna, en 1895, coincidió con un hecho que, según parece, provocó una crisis en su matrimonio. Minna, la hermana de Martha, se mudó a casa de los Freud, y su cercanía a Sigmund hizo que se extendiera el rumor de que tenían una aventura. La realidad es que no les faltaron oportunidades. Durante algunos años viajó más con Minna que con Martha, ya que ésta detestaba los viajes.

Minna era más andrógina y menos atractiva que Martha, pero resultaba mucho más intelectual. Le interesaba el trabajo de Freud, lo cual aliviaba a Martha porque así él tenía a alguien más con quien mantener discusiones que ella consideraba inmorales. Behling-Fischer cree que es posible que Minna y Freud tuviesen una relación profunda, pero ésta debió ser platónica, sobre todo porque su reputación profesional se habría venido abajo si el asunto hubiese salido a la luz.

En abril de i923, Martha se enteró de que su esposo se encontraba en el hospital. Freud había descubierto en su boca un bulto y había ingresado para que le operasen sin decir nada a su familia. Fue el principio de un cáncer de paladar y, desde entonces, Martha y Anna, la hija pequeña, no se separaron de él.

Freud siguió con su trabajo, pero tuvo que restringir sus viajes. Cuando Hitler llegó al poder en 1933, Martha empezó a temer por el destino de dos de sus hijos, que vivían en Berlín. Pensaba que en Viena se encontrarían a salvo. La situación cambió cuando Hitler se apoderó de Austria en 1938 y un grupo de nazis entró en casa de los Freud. Martha mostró una calma increíble, les pidió amablemente que dejasen las armas en el paragüero de la entrada y, cuando le exigieron dinero, les dijo que lo cogieran ellos mismos en el mismo tono que hubiera utilizado para ofrecer café a un invitado.

Junto con Minna, los Freud buscaron refugio en Londres. Martha, ya con 77 años, supo adaptarse bien al nuevo entorno. Visitaba los parques, iba de tiendas, y escribía a su sobrina diciéndole que se sentía como un granjero que visita la ciudad por primera vez. Al igual que en Viena, disfrutó de la fama de su marido. Los taxistas pasaban curiosos ante su casa de Hampstead, y en el año de su llegada recibieron la visita de Salvador Dalí y Virginia Woolf, que describió a Freud como un viejecito ajado de ojos brillantes. La visita que más ilusionó a Martha fue la de la Princesa Eugenia Bonaparte, que pasó más tiempo en su casa que en el Palacio de Buckingham donde vivía.

Esta alegría duró poco, Freud volvió a recaer, y esta vez su cáncer no podía ser operado. Esto hizo mella en Martha. En septiembre de 1939, cuando uno de sus perros se alejó de Freud debido al mal aliento que desprendía, él decidió poner fin a su vida. Pidió ayuda a un médico y le rogó que no se lo comunicase a Martha, sólo a su hija Anna. Todos los miembros de la familia se reunieron alrededor de Freud después de que le inyectaran una elevada dosis de morfina.

Murió la mañana del 23 de septiembre de 1939. Martha encendió velas al viernes siguiente, su primer gesto religioso en décadas. En las cartas que envió a sus amigos, Martha explicaba que lo importante era que Freud había estado, hasta el último de sus días, en plenas facultades mentales. Se sentía agradecida por la vida disfrutada a su lado y por todo lo que había podido hacer por él. Probablemente se refería a la educación de sus hijos, a la gestión de la casa, a todo lo que asegurase que se sintiera libre para llevar a cabo sus tareas profesionales. Todo ello a pesar de que Martha no confiara en la investigación de Freud sobre el sexo.

Luchó y pasó apuros durante la Segunda Guerra Mundial, sin atreverse a desnudarse por la noche por si se producían bombardeos en Londres. Tras la guerra, Martha y su hija Anna gestionaron el legado de Freud y ayudaron a sus biógrafos a diseñar su árbol genealógico. Poco antes de que ella muriese, gritó “¡Sophie! ¡Sophie!”, tal vez llamando a la enfermera, o quizás a su hija preferida, que murió de una gripe a los 27 años, cuando estaba embarazada.

Martha falleció el 2 de noviembre de 1951, a los 90 años. Al igual que Freud, fue incinerada, y sus cenizas depositadas en la misma urna en el crematorio de Golders Green. Anna llamó a un rabino para que oficiase el funeral. Pensó que sería lo que su madre habría querido para aquel momento.

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