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Manuel Puig, el hijo del mal gusto

De General Villegas a Cuernavaca, Manuel Puig vivió de todo y en todos lados. Entre la persecución política, la homofobia y el desprecio, sin embargo, siempre se mantuvo fiel a sus raíces: el cine, el chisme y la novela rosa.

Manuel Puig (28/12/1932 – 22/7/1990) es hoy uno de los escritores argentinos más reconocidos, no sólo debido a su vasta producción literaria, sino también al éxito que generaron las adaptaciones cinematográficas y teatrales de sus obras. Su trabajo se suele enmarcar, más que nada por una coincidencia temporal, en el «boom» de la literatura latinoamericana iniciado en la década del 60, pero eso es casi todo lo que tiene en común con esa tendencia. En cuanto a lo estilístico y lo temático, Puig se encuentra muy alejado de un Cortázar o un García Márquez. Renegaba de la alta literatura y del compromiso político, tan típico de su época, y prefería preocuparse por lo popular, lo kitsch. Él mismo reconoce que no era un gran lector y que sus referentes literarios eran Abel Santa Cruz y Alberto Maigré, guionistas de teleteatros.

Los temas y los recursos que Puig empleó en sus libros siempre tuvieron una afinidad muy cercana al folletín, al radio teatro, a la telenovela y al cine de Hollywood, elementos muy queridos por él ya que con ellos pasó su infancia en el pueblo bonaerense de General Villegas. Estas referencias fueron muchas veces miradas con desprecio por sus pares e, incluso, le dificultaron avanzar y hacerse reconocido en los círculos literarios de los 60, algo que se ve claramente con la publicación de su primer novela, La traición de Rita Hayworth.

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Puig, quien hasta ese momento había estado trabajando como asistente de dirección en rodajes cinematográficos con De Sica o Vidor, había elaborado ese libro sin siquiera pensarlo como una novela. Su concepción original fue la de escribir un guion, pero cuando se dio cuenta de la complejidad y la longitud que tenía, decidió resolverlo transformándolo en narrativa. Esta novela fuertemente biográfica, inspirada en varios sucesos de su infancia, terminó despertando muy poco interés entre los editores latinoamericanos y españoles. Aunque había logrado llegar a ser finalista en el premio de novela breve de Seix Barral, hubo un fuerte boicot de parte de Mario Vargas Llosa, quien estaba actuando como jurado, al punto de amenazar con renunciar si ganaba «ese argentino que escribe como Corín Tellado».

Fue tan solo cuando el libro tuvo éxito en Europa, publicado por la editorial francesa Gallimand en 1967, que se decidió darle una oportunidad en el mundo hispanoparlante. Jorge Álvarez, editor argentino especializado en «libros malditos», lo publicó con bastante éxito en 1968. Sin embargo, La traición de Rita Hayworth quedó rápidamente opacado con la edición de la segunda novela de Puig en 1969, Boquitas Pintadas. No tardó en transformarse en un best-seller y en volverse un verdadero ícono cultural, al punto de encontrar zapatos «boquitas pintadas» en la Galería del Este. Quizás porque jugaba con la idea de lo folletinesco y porque era de más fácil lectura que su primera novela, permitió que más personas pudieran interesarse en la literatura de Puig, volviéndolo un éxito.

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Ya con un nombre reconocido en todo el mundo, Puig tuvo, sin embargo, que dejar la Argentina cuando su popularidad recién empezaba. Luego de la publicación de The Buenos Aires affair en 1973, novela en la que algunos personajes criticaban explícitamente a Juan Domingo Perón, recibió fuertes amenazas de la Triple A y vio como muchos de sus contratos se disolvían de repente, según el sospecha, por órdenes que venían desde arriba. Esta situación lo impactó mucho, al punto de llegar a considerar al peronismo como «el período más nefasto para la cultura argentina».

Su momento de mayor éxito llegará de alguna manera atado a estos episodios, cuando en 1976, desde el exilio en México, publicó El beso de la mujer araña, obra que no tendrá una edición en Argentina sino hasta 1993. En esta novela, hoy canónica, Puig no solo se permitió hacer una crítica a la represión ejercida durante el último gobierno de Perón, momento en el que está situada, sino que, a través de los diálogos de un preso político y un homosexual que le relata películas, cuestionó ideas más abstractas como la utopía y los objetivos de la militancia.

La historia de Molina y Valentín fue tan exitosa que luego se la llevó a otros formatos. Tuvo una adaptación cinematográfica dirigida por Héctor Babenco en 1985, con la que Puig no estuvo del todo contento; una adaptación teatral elaborada por el mismo autor, e incluso devino, en 1990, en un musical de Broadway ganador de muchos premios Tony, compuesto por los míticos Kander y Ebb.

De México, a donde había comenzado su exilio, se trasladó a Nueva York en 1978, ciudad en la que viviría un par de años trabajado como profesor en la Universidad de Columbia. En esta época escribió Pubis Angelical –una novela que tuvo gran éxito en España y que luego fue llevada al cine por Raúl de la Torre– y Maldición eterna a quien lea estas páginas, que finalmente se publicaría en 1980, año en que Puig se trasladó a Río de Janeiro.

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Sus años en Brasil fueron para él un momento de gran felicidad, especialmente por todo aquello que tuviera que ver con su condición de homosexual, llegando a decir que allí a los gays «no nos miran con odio, recelo, o con actitudes segregacionistas (…) y eso a mí me da tranquilidad». Si bien la cuestión de la sexualidad había estado presente de muchas maneras en su obra y, además, él reconocía la injusticia y la ignorancia ejercida sobre los homosexuales, incluso a nivel estatal, la actitud de Puig respecto a la militancia en ese sentido no era una de orgullo. Es importante realizar esta salvedad, porque muchas veces se lo tiende a nombrar entre los socios fundadores del Frente de Liberación Homosexual, una organización de corte revolucionario que se llegaría a identificar tanto con el peronismo de izquierda como con el comunismo. Aunque el reconoce haber participado en reuniones informales con otros referentes porteños como Néstor Perlongher y Juan José Sebreli, quienes si fueron parte del FLH, Puig desconfiaba mucho de las agrupaciones. Además de considerarse un solitario, su aspiración era que la homosexualidad no fuera vivida como una diferencia. Para él la sexualidad en general debía ser secundaria y de ningún modo podía definir una persona. Según su pensamiento, ser gay era sólo «un modo de vivir y de sentir el sexo».

Con la tranquilidad que experimentó en sus años brasileros, no sorprende que la última década de su vida fuera fructífera a nivel laboral. Publicó dos nuevas novelas, Sangre de amor no correspondido (1982), considerada como su trabajo más complejo, y Cae la noche tropical (1988). En 1982 le anunciaron que había sido nominado para el premio Nobel de Literatura, que finalmente ganó otro latinoamericano: Gabriel García Márquez. A inicios de 1990, luego de trasladarse a Cuernavaca, México, pasó sus días escribiendo religiosamente y viendo diariamente dos o tres de las cuatro mil películas que tenía en su videoteca. Por esa época Puig además decidió definitivamente que no volvería a la Argentina, lugar en el que se sentía denostado por el público y, especialmente, por la crítica y el periodismo.

Su muerte llegó a mediados de 1990 y de forma prematura a sus 57 años. Si bien muchos han hablado de condiciones asociadas al SIDA, murió el 22 de julio por un infarto luego de haber sido operado de la vesícula de urgencia. Aunque hoy sus libros siguen vendiendo millones y su nombre resuena en listas de grandes autores, incluso a nivel mundial, a su funeral, según recuerda su amiga Tununa Mercado, sólo asistieron seis personas.

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