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Mafalda, la niña rebelde

Sea una nena a la que no le gusta la sopa o un ícono revolucionario, Mafalda se mantiene relevante a más de cincuenta años de su aparición original y continúa siendo un ícono de rebeldía.

Es notable que uno de los personajes más distintivos de la cultura argentina nació como un truco publicitario. Hoy se celebra un aniversario mítico, el día en el que en 1964 el gran público conoció a Mafalda en las páginas del semanario Primera Plana. Aunque se mantiene mítica y espléndida, la historia pierde algo de su brillo cuando se evidencia que la tira se había concebido con anterioridad como parte de una campaña publicitaria para una línea de electrodomésticos llamada Mansfield de la empresa Siam Di Tella. La idea de esta acción era mostrar escenas de la vida de una familia tipo y meter algunos aparatos en las viñetas a modo de propaganda subliminal. Quino llegó a hacer algunos bocetos, dónde todos los personajes tenían nombres con la inicial “M” a pedido de Mansfield, pero la campaña no prosperó. Con Mafalda ya dibujada, entonces, Quino tuvo la oportunidad de publicar lo que había hecho en la revista Leoplán de Miguel Brascó. No fue sino hasta que se enteró de que estaban buscando dibujantes para el medio de Jacobo Timermann, que Quino tomó la decisión de presentarse con su trabajo.

Mafalda resultó elegida y, acompañada de una nota muy elogiosa terminó saliendo publicada en septiembre de 1964. Sin embargo, lo que los lectores de Primera Plana vieron ese día fue una versión revisada y corregida de esas tiras originales, transformadas adrede para ajustarse al gusto del “lector moderno” al que la revista apuntaba. El tema resultó atractivo desde un primer momento, ya que la tira actuaba como un retrato de las familias de clase media argentinas, pero al mismo tiempo estaba tono con las preocupaciones políticas, sociales y culturales de la época y, especialmente, del público educado y lector de semanarios. El mecanismo narrativo empleado por Quino fue fundamental para su éxito, dado que las preocupaciones del mundo, aunque explícitas, eran puestas en boca de personajes infantiles. De esta forma, la inocencia de los niños permitía mitigar la crudeza y la ironía de cuestiones típicas del mundo adulto.

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Si ya era conocida, para 1965, cuando Mafalda pasó de las páginas de Primera Plana a las del diario El Mundo, la tira alcanzó una popularidad omnipresente. Este efecto no se le escapó al editor de vanguardia Jorge Álvarez, quién –cuando se dio cuenta que los empleados bancarios recortaban las historietas del diario y las pegaban en sus escritorios– vio una oportunidad y le propuso a Quino armar un libro que compilara las tiras. De esta forma nacieron los famosos “libritos”, cuya primera versión salió editada por la Editorial Jorge Álvarez a fines de 1966. Tímidamente, casi como si estuvieran tanteando el mercado, sacaron a la venta cinco mil ejemplares. Esa tirada se agotó en un día y la segunda, en cuarenta y ocho horas. A esta altura de la cuestión, no cabía duda del éxito editorial de Mafalda, que continuaría vendiendo un promedio de 100 mil libros por año.

Parte de esta masividad venía dada por la capacidad de adaptarse a diferentes tipos de público. Aunque la tira no estaba hecha para niños, gente de todas las edades la leía y la esperaba día a día en los más de sesenta diarios argentinos que la publicaban o en las páginas de la revista Siete Días, por donde empezó a aparecer en 1967. Si bien el componente “clasemediero” e inocentón la hacía ultra masiva, al mismo tiempo, especialmente en épocas de la Revolución Argentina, encapsulaba un espíritu contestatario que, al cuestionar el orden establecido, comenzó a funcionar como un modelo de rebeldía. Este aspecto de la historieta la volvía, de alguna forma, revolucionaria, por lo que a fines de los sesenta se empezó a producir una apropiación de Mafalda desde la izquierda. No era simplemente que la niña se preguntara sobre Vietnam y denunciara injusticias, sino que, luego de la inclusión a inicios de los setenta de personajes como Guille o Libertad, que expresaban de forma más explícita y radical cuestiones que atravesaban la discusión política de la época, parecía no quedar ninguna duda de las tendencias ideológicas de la tira. Por este tipo de cuestiones, muchos de los que fueron niños o jóvenes en los sesenta, recuerdan que Mafalda y su protagonista homónima, eran ídolos “progre”.

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La rebeldía de la historieta, asociada al contexto internacional de los sesenta y a la fascinación que la cultura latinoamericana generaba en el mundo, contribuyó además a generar su atractivo más allá de las fronteras argentinas. Para finales de la década del sesenta Mafalda ya se había publicado en medios de Uruguay y de Italia, donde hizo también apariciones en varios libros, con muy buenos resultados. Para la década siguiente, la presencia de Mafalda se expandió por el resto de Europa y por toda América Latina, apoyado en este último caso por la distribución de los libritos, editados por De La Flor desde 1970.

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Mafalda era incuestionablemente un producto sumamente exitoso y por eso llama la atención que Quino fantaseara con matarla y, aunque sin un final tan trágico, la dejara de dibujar en 1973. Hay todo tipo de explicaciones que han intentado dar sentido al fin de la tira, más allá del cansancio de su creador, pero probablemente la radicalización política y la persecución que llevó a Quino a exiliarse en Milán en 1975 hayan estado entre las razones de más peso. Mafalda, por sus múltiples asociaciones, se había vuelto demasiado peligrosa.

Aunque la tira dejó de publicarse regularmente en la prensa, la presencia de la niña contestataria no se desvaneció y durante los últimos cincuenta años, con dos dictaduras en el medio, los libritos nunca se dejaron de vender en el país. A pesar de que Quino encuentra deprimente que los temas de los sesenta sigan teniendo relevancia hoy, él mismo ha participado de algunos debates acerca de la aplicación de la figura de Mafalda en contextos diferentes al de su producción. Así, frente a las recurrentes preguntas acerca de qué sería de la niña una vez crecida, su creador ha mostrado una postura ambigua. Por un lado, eligió distanciarse de todo tipo de interpretaciones hechas a posteriori, siendo muy sonado el rechazo que le produjo que Mafalda fuera elegida como una de las mujeres más influyentes de la Argentina cuando “ella es un dibujo. (…) Ni siquiera es una mujer”. Sin embargo, en los últimos años también se mostró dispuesto a entrar en el juego y, sobre el destino de su criatura, llegó a asegurar, no sin polémica, que “Mafalda nunca habría llegado a ser adulta. Ella estaría entre los 30 mil desaparecidos de Argentina”. En la misma línea, durante el reciente debate por la ley de la despenalización del aborto en el país, fue ampliamente publicitado el repudio de Quino frente al uso de Mafalda por los militantes en contra de la ley, ya que no reflejaba su posición como autor.

Usada y reutilizada, lo cierto es que Mafalda se volvió un ícono internacional, traducida a más de veinte idiomas y publicada por todo el planeta, y, al mismo tiempo, uno de los elementos más distintivos de la cultura argentina, casi como el tango o el asado. Quien dude de su relevancia bien puede acercarse a la calle Chile, donde Quino situó su casa, para encontrar a Mafalda sentada en un banco, rodeada de personas que, aún hoy, siguen buscándola para sacarse fotos con ella.

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