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Los secretos de la isla Gorriti

Cuando el visitante de estas playas contempla la apacible bahía que baña a la isla Gorriti, jamás podrá adivinar que fue bastión, prisión y cementerio, y menos aun podrá pensar que sus arenas se tiñeron de sangre y que allí nació un poeta.

Nada de eso imagina la gente que desde la Mansa se deja acariciar por el sol de verano, contemplando esta isla bañada por el mar –aunque los puristas insistan que aun allí corre el río más ancho del planeta–.

“La isla de las Palmas”, así fue bautizada por Diego García de Moguer cuando por primera vez fue visitada por los conquistadores, aunque Solís y Gaboto la avistasen con anterioridad. Entonces las palmeras abundaban en esta isla de poco más de 20 hectáreas, que cambió su flora original por pinos cuando un incendio la devastó a fines del siglo XIX. Entonces Juan Gorlero, el empresario y funcionario que dio vida a Punta del Este, plantó los pinos marítimos que hoy dibujan su perfil sobre el horizonte.

La zona era frecuentemente visitada por las naves que se aventuraban a los Mares del Sur, porque en sus cercanías podían abastecerse de agua dulce. De allí que está isla se convirtió en un lugar estratégico que el comandante español Francisco Gorriti, se empeñó en convertir en fortaleza para defenderse de las ambiciones lusitanas. No era para menos, en algún momento Felipe II pensó en hacer allí un puerto del que partiesen las naves pletóricas de la plata del Potosí para sostener las ambiciones españolas de conquistar Inglaterra. Entonces la isla se llamaba Maldonado (por Francisco Maldonado, el alguacil de una de las naves de Sebastián Gaboto, el primero en habitar estas costas).

La prisión que sufrió el vasco Francisco Gorriti (confundido con el coronel salteño del mismo nombre, también con ascendencia oriental) fue por insubordinarse al mariscal José Joaquín de Viana, negándose a pagar los gastos de guerra contra los indios minuanes. Esta rebeldía fue tan notoria en su tiempo, que la isla se bautizó con el nombre del comandante español y así le quedó hasta nuestros días, como los cañones que ordenó emplazar para custodiarla.

En esta isla que también actuaba de prisión, fueron a parar Pedro Medrano y Victorina de Cabrera y Saavedra, exiliados por orden del gobernador Francisco de Paula Bucarelli (uno de los funcionarios españoles más discutidos antes de la fundación del virreinato). Aquí Victorina dio a luz a un niño bautizado con el nombre de su padre. Nadie pensaba que este joven sería un abogado ilustre, un criollo libertario, diputado al Congreso de Tucumán y poeta inspirado que escribió "Carta de Celio a Armesto" (nada romántica pero sí política) y un poema a la expedición al desierto que dirigió Juan Manuel de Rosas.

Enclave estratégico, los británicos bombardearon la isla cuando invadieron la colonia española en 1806. Justamente, y si hablamos de guerras y británicos, la isla también oficia de necrópolis.

El primer habitante eterno de la Gorriti fue Enrique de Venterrusqui, “malogrado el 3 de octubre de 1670”. Sin embargo, fueron los ingleses quienes, en mayor cantidad dejaron sus huesos en la Gorriti. Desde 1826 en adelante existen lápidas que recuerdan a navegantes fallecidos en altamar o protestantes que dieron a parar a esta isla por su condición de disidente con la fe apostólica romana.

En 1874 Carlos Mills fue aquí enterrado y le siguieron otros hasta el 28 de febrero de 1892, cuando fue inhumado el irlandés Patrick Noonan.

Esta condición de enterratorio protestante desembocó en un conflicto diplomático cuando el gobierno de EEUU solicitó autorización para embellecer las parcelas donde habían sido sepultados marinos americanos. A tal fin propuso su compra, hecho que fue tomado como una afrenta a la soberanía del país. Acto seguido, el gobierno nacional dispuso la repatriación de los habitantes de la necrópolis, perturbando su descanso eterno.

También la isla fue Hospital de Misericordia (mejor dicho, un lazareto) bajo la conducción del doctor José Benito Pereyra y aseguran que por allí pasó Charles Darwin en su periplo con el capitán Fitz Roy. La isla pasó a ser propiedad de los ricos hermanos Lafone y en su cercanía atracaron barcos de todas las nacionalidades para llevar adelante actividades comerciales non sanctas (léase contrabando).

Se dice que hasta una tripulación de marinos españoles se entretuvo organizando una corrida de toros en sus playas ... no está claro de dónde sacaron el toro, pero seguro que abundaban los conejos que se multiplicaron como tales al estar libres de depredadores, hecha la excepción de los humanos que los cazaban para vender en Montevideo.

Lo cierto es que los miles de turistas que cada verano divisan esta isla desde las playas de la Mansa, ni imaginan la rica historia de esta fortaleza, hospital, cementerio y paraíso de conejos.

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