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Los santos de la Revolución

«Mi opinión es que siempre se debe desconfiar del poder, no importa en manos de quién esté»

Sir William Jones

La Revolución Francesa dejó a un pueblo sin íconos, los privó de la Iglesia, de sus reyes y de su historia… Un nuevo mundo comenzaba cada vez que rodaba una aristocrática cabeza.

Buscando nuevos ídolos republicanos que reemplazasen a los hombres deL'Ancien Régime, el 4 de abril 1791 la Asamblea Constituyente decidió dar digna sepultura a los grandes hombres que habían hecho posible este cambio. Se eligió como Panteón Oficial la cripta de la Iglesia de Santa Genoveva (que aún no había sido consagrada como iglesia porque fue terminada en 1790).

El primer santo laico enterrado con pompa y circunstancia fue Honoré Gabriel Riquetti, Conde de Mirabeau. Aunque cientos de personas acompañaron su féretro y miles de flores cubrieron su ataúd, bastó apenas un año para que Mirabeau fuese expulsado del paraíso cívico sin pompa y menos circunstancia. ¿Por qué este final tan poco glorioso? Pues se encontró documentación en la que se demostraba fehacientemente que Mirabeau había asistido a la familia real en su frustrado intento de escape. A los ojos de la Convención, su genio no era excusa para justificar esta deslealtad a la causa antimonárquica y su cuerpo fue discretamente enterrado en el cementerio de Santa Margarita. Sin embargo, jamás se volvió a encontrar resto alguno del filósofo. Nada queda de este primer santo de la Revolución.

Algo semejante le pasó a Marat, quien entró al Panteón mientras Mirabeau salía por la puerta trasera. El amigo del pueblo fue muerto limpiamente en su bañadera, forma en la que combatía el molesto prurito secundario a un eczema generalizado. Mademoiselle Corday tuvo a bien curarlo para siempre de tan molesta picazón clavándole un puñal en el corazón. El gran David, pintor amigo de Marat, inmortalizó esta escena y además organizó su fastuoso entierro en el que paseó la célebre bañadera ante el pueblo dolido por haber perdido a su amigo dilecto. A un año de su muerte, Marat fue desalojado del Olimpo democrático que ayudara a inventar. Como siempre, las peleas partidarias crean rencores irreconciliables mucho más profundas que las diferencias con los opositores. De hecho, de los primeros cinco santos cívicos enterrados en el Panteón, que incluyen además de Mirabeau y Marat a Lepeletier, Beaupaire y el general Dampierre, nada de ellos ha quedado.

Pasados estos inconvenientes iniciales, el mayor honor con el que el pueblo francés honra a sus muertos célebres es otorgándoles un domicilio permanente en el célebre Panteón. Carnot, Marceau, Alejandro Dumas, La Tour d'Auvergne, Víctor Hugo, Rousseau, Zola, Berthillon, Jean Jaurès, Jean Monnet, Braile (cuyas manos se encuentran en Coupvray), Voltaire, Marie Curie y Sophie Berthelot (las dos únicas damas que allí reposan), entre tantos otros, fijaron sus residencias eternas en esta cripta húmeda y tenebrosa. Sin embargo, y a pesar de disponer de tan notable enterratorio alguno de los ilustres habitantes de este Panteón sufrieron azarosas aventuras post mortem antes de gozar de la paz de esta tumba tan selecta, que no todos pudieron disfrutar. Al decir de Jean Claude Bonnet –el director del diario Le Figaro–: «El Panteón es un monumento contradictorio…».

panteón paris

Texto del libro Trayectos Póstumos de Omar López Mato - Disponible en la tienda online de OLMO Ediciones.

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