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Los Normandos... y Astérix

En “Astérix y los normandos”, los normandos deciden embarcarse hacia la Galia para aprender de qué se trata eso que todos sus enemigos demuestran tener ante ellos pero que ellos mismos son incapaces de sentir: el miedo. Y cometen un error, ya que se les ocurre ir al lugar equivocado para descubrirlo: desembarcan en la costa cercana a la aldea gala de Astérix, Obélix y los indomables galos que todos conocemos, que, de miedosos… nada. Decepcionado, Grosenbaf, el jefe de los normandos, califica entonces a los galos de “ignorantes”.

Este es el planteo de otra hilarante aventura de Astérix y compañía. Sus autores, Goscinny y Uderzo, parodian magistralmente a la sociedad europea del siglo XX utilizando para ello a la aldea gala rebelde enclavada en medio del Imperio Romano del 50 A.C. Y uno de los elementos claves de la genial historieta es… el anacronismo. Que nos importa muy poco a los lectores incondicionales de Astérix, y que nos da pie para recorrer un poco el trayecto de los normandos.

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Porque… los normandos llegaron a la Galia recién en el siglo IX, ¡¡muchísimo tiempo después!! En la época en la que se desarrollan las aventuras de Astérix (año 50 A.C. quedó dicho), la Galia estaba habitada por tribus celtas, predominando los armoricanos hacia el norte y el oeste y los belgas en el este. Estas tribus fueron colonizadas y sometidas por los romanos (excepto, claro, esa verdadera pesadilla para el imperio: la aldea de Astérix).

Tras la caída del Imperio Romano, en el siglo V comienza a consolidarse en la región el poder de los francos. Pipino III, Rey de los Francos, más conocido como Pipino El Breve, muere en 768 D.C. luego de haber repartido el reino entre sus dos hijos, Carlomán, que muere al poco tiempo, en 771 D.C., y Carlos I, luego llamado Carlomagno. Es así como comienza el Imperio Carolingio, término utilizado para describir el Reino de los Francos de los siglos VIII y IX.

Carlomagno somete a sus vecinos cercanos y consolida el cristianismo, aunque sin privarse de algunas (para él) necesarias ejecuciones violentas, como la decapitación de 5000 sajones, por ejemplo. Es indudable que el hombre tenía buena prensa, ya que por costumbres similares, los indomables vikingos serían tildados de despiadados, crueles e inhumanos.

Carlomagno dividió el territorio en condados, marquesados y ducados, intercambiando tierras y lealtades por poder. Los terratenientes y señores fueron atomizándose con el tiempo, las comunicaciones internas fueron deteriorándose y mantener el imperio se hacía cada vez más difícil, ya en vida de Carlomagno. Peor aún fue después de su muerte (año 814); su segundo hijo, Luis el Piadoso… no fue lo mismo. Las lealtades fueron desapareciendo y las guerras civiles fueron acabando con el imperio.

Así las cosas, hacemos un pequeño salto en el tiempo (elipsis, le dicen) para llegar a fines del siglo IX. Porque para esa época… llegaron los normandos a la Galia. “Normando” significa “hombre del norte”, y es un significado más qué lógico, ya que de allí provenían. Es más: “vikingo” también tiene, como uno de sus significados, “hombre del norte”. Y es que los normandos, digámoslo al fin, no eran otra cosa que vikingos. Los vikingos, como sabemos, eran los habitantes de Escandinavia. Los vikingos provenientes de lo que hoy es Noruega (el reino de Noruega se consolida en 872, con el rey Harald de la Cabellera Hermosa), se hicieron a la mar dirigiéndose hacia el norte de Gran Bretaña, Irlanda, Islandia y Groenlandia. Los vikingos provenientes de lo que hoy es Suecia (el reino de Suecia se unificó a partir del siglo X) tomaron otro derrotero: fueron hacia el sur, hacia lo que hoy es Rusia, Bielorrusia, Ucrania, y más allá. Finalmente, los vikingos provenientes de lo que hoy es Dinamarca (el reino de Dinamarca como tal fue unificado por otro Harald: en este caso Harald I “Diente azul” hacia 980)… son los que se dirigieron hacia la Galia. En definitiva, los normandos son los “vikingos daneses”.

Para cuando llegaron a lo que hoy es Normandía, hacia 896, el rey de los francos era Carlos III, llamado Carlos el Simple, quien no fue inicialmente muy reactivo ante la llegada de los invasores, que venían al mando de un gigantesco guerrero (medía más de 2 metros y pesaba más de 140 kg) llamado Hrolf Ganger, un exiliado de Noruega que vivía en la península danesa desde 874 y a quien se lo ha nombrado de muchas otras maneras, siendo la más conocida de ellas “Rollón el Caminante”.

Ambicioso e inquieto como su nombre lo indica, Rollón solía piratear en el Mar del Norte y el Canal de la Mancha, y finalmente llegó a la Galia. Remontó el Sena, tomó Ruan, asedió París y obligó a un cambio de estrategia (o más bien a implementar una) al bueno de Carlos el Simple, quien le ofreció al atemorizante Harald una parte de Neustria, región que incluía al condado de Ruan (que de hecho ya estaba en sus manos) a cambio de que el díscolo Rollón le jurase su lealtad. Harald terminó mostrando una veta de ternura, ya que se casó con Gisela, una de las hijas del rey, y de paso se hizo bautizar en la catedral de Ruan, alejándose al menos formalmente del paganismo. Pero su naturaleza pudo más y se negó a besar los pies del rey en una ceremonia, lo que volvió a generar un lógico escozor.

Establecido, el ahora bueno-aunque-no-tanto de Rollón fue agrandando su territorio sobre todo hacia el oeste y repartiendo parcelas, lo que agigantó su red de poder. Hacia 927 cedió el ducado (hay quienes dicen que era conde, no duque) de Normandía a su hijo, Guillermo Espada Larga (Guillermo I de Normandía).

La historia sigue, claro, pero así es como se instalaron los normandos en la Galia. Por cierto, y volviendo a la divertidísima historieta de Astérix, la aventura de aquella anacrónica invasión normanda termina con algunas soluciones para los bravos hombres del norte: finalmente aprendieron lo que era el miedo cuando Astérix, astuto, les hizo escuchar un concierto de lira del bardo Asuranceturix. Eso les permitió a los normandos, entre otras cosas positivas, aprender a cortar el hipo, pero en el casillero negativo habría que señalar que de regreso a sus tierras y en un mar embravecido, ninguno de los normandos se animó a subirse al palo mayor de su drakkar.

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