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Los futuros del señor Wells

A poco más de siete décadas de la desaparición física del escritor británico H.G. Wells, repasamos su carrera literaria y recordamos algunas de las aristas menos conocidas de este autor pionero de la ciencia ficción.

Herbert George – más conocido como H.G. – Wells es un autor obligado para todos aquellos que alguna vez se interesaron por la ciencia ficción. Con su ojo crítico, su gran capacidad para la adivinación y su habilidad a la hora de imaginar utopías enteramente originales, no sorprende que fuera capaz de elaborar historias que trascendieran en este género y que, aún hoy, continúan actuando como referencias. Y, sin embargo, estas obras – pensadas a finales del siglo XIX – tan sólo representan una mínima porción dentro de la centena de libros que Wells escribió. Aunque menos recordada, él desarrolló una carrera extensa, diversa y prolífica abocada a la crítica social y mucho más relacionada a sus sensibilidades políticas, de la cual las obras de ciencia ficción sólo serían una parte.

Sus orígenes, en este sentido, son claves para entender su interés en la reforma social, porque nada en ellos permitía imaginar que llegaría tan lejos. Nacido como niño de clase baja en la Inglaterra victoriana, sólo su empuje por el aprendizaje y su curiosidad le permitieron salir adelante. Con gran dificultad todavía siendo chico actuó como aprendiz en locales de venta textil, asistió a un farmacéutico y llegó a ser maestro, pero eventualmente sus esfuerzos dieron su fruto. A los 18 años se le otorgó una beca para estudiar Biología en el Normal School of Science de Londres, llegándose a graduar en 1888.

Después de este momento, aparecieron nuevamente las dificultades y los intentos por paliarla. Junto con la necesidad llegaron sus los primeros dramas románticos (en 1891 se casó con su prima y, a los 3 años, se fue con su ex alumna, Amy Catherine Robbins), pero también la ligera posibilidad del éxito. Mientras actuaba como docente publicó su primer texto – Textbook of Biology (1893) – y, para sostenerse económicamente, elaboró un número elevado e indeterminado de artículos humorísticos para The Pall Mall Gazette.

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Fue entonces, que se produjo su salto a la fama con la publicación de su primera novela, La máquina del tiempo (1895). Con este éxito instantáneo, en una década en la que abundaban las utopías optimistas, Wells se atrevió a mirar más allá de los meros ideales igualitarios y supo reorientar el género para implementarlo como herramienta de crítica social. Tal como esa obra de ficción inicial venía cargada de conflictos de clase, en obras subsiguientes él usó su prosa para apuntar conta cuestiones de la coyuntura como la sobrepoblación, el imperialismo y la destrucción de la naturaleza. Todos, desde ya, temas que quedan claros en la seguidilla de La visita maravillosa (1895), La isla del doctor Moreau (1896), El hombre invisible (1897), La guerra de los mundos (1898) o Los primeros hombres en la Luna (1901).

Como el académico James Gunn ha señalado, el mérito de estos textos – y lo que permitió que trascendieran – se debe en gran parte a la maestría que Wells empleó en su elaboración. A diferencia de otros autores contemporáneos del género, él – probablemente gracias a sus estudios científicos – construyó sus historias con un gran grado de verosimilitud y usó el conocimiento para justificar lo imposible, generando una suspensión de incredulidad en el lector que habilita una lectura cuasi realista de sus novelas.

Este interés por el futuro y por la especulación lo acompañaría toda su vida, al punto de llegar a volvérsele un programa. ¿De qué manera, sino, explicar la redacción de textos como Anticipaciones (1901), Mankind in the Making (1903) o Una utopía moderna (1905)? No obstante, en su trabajo como escritor de ficción eventualmente prefirió privilegiar un tipo de literatura más ligera que permitiera mostrar los conflictos sociales que le interesaban denunciar de forma más transparente. Así, en obras hoy relativamente olvidadas como El amor y el señor Lewisham (1900), Kipps (1905), La historia del señor Polly (1910), Wells privilegió un tono cómico. En estas obras, entre las que se podría incluir el hibrido con elementos de ciencia ficción, Tono-Bungay (1909), el autor se basó muchísimo más que antes en sus experiencias personales y, no sin mérito, elaboró relatos que se destacaron por su presentación seria y no estereotipada de los dramas de personas de clase media baja.

No llama la atención que este viraje se produjera en paralelo a su militancia cada vez más activa dentro del socialismo. Por entonces, a partir de 1903, llegó a participar de la Sociedad Fabiana – preocupada por impulsar la reforma social de forma democrática – y, aunque chocó con varios de sus miembros, se radicalizó en su postura. Quizás por eso, en este momento se desdibujó un poco la potencia creativa que había movido sus primeros trabajos y empezó a implementar un estilo más panfletario – casi moralista – que dificulta la categorización de sus obras de estos años como ficción.

Pero este estilo periodístico no fue la única novedad de ésta época. Como muchos otros escritores, la Primera Guerra lo afectó fuertemente y, aunque había confiado en la posibilidad del progreso humano, se convenció de que los hombres estaban transitando el camino hacia su destrucción. Por esta razón, además de continuar con sus ejercicios de adivinación en vistas a mejorar el futuro de la humanidad, Wells también se abocó a la creación de un programa popular de enseñanza que permitiera sacar a sus congéneres de la ignorancia. En esta línea produjo textos tipo manual que resultarían sumamente exitosos como Esquema de la Historia Universal (1920, revisado en 1931), La ciencia de la vida (1931, coescrito con Julian Huxley y G.P. Wells, su hijo) o El trabajo, la riqueza y la dicha de la humanidad (1932).

En paralelo, mientras sentaba las bases de este mundo nuevo y prefiguraba cuestiones como los Derechos Humanos o las Sociedades de Naciones, él siguió haciendo ficción y polemizando. Se interesó por los sucesos en la URSS y en Alemania, entrevistó a los grandes hombres políticos y se llegó a transformar en un habilísimo intérprete de su tiempo, permitiéndose – con obras como Esquema de los tiempos futuros (1933), luego adaptada al cine en una famosísima película de Alexander Korda – hablar de una guerra que se avecinaba en el horizonte europeo. Así, aunque se metió brevemente en el rubro más alegre de las memorias en 1934 con Experimento de autobiografía, el pesimismo se empezó a colar cada vez con más fuerza en la obra de Wells.

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Para cuando la Segunda Guerra finalmente se desató, el autor ya estaba viejo y enfermo de diabetes. Lentamente fue perdiendo trascendencia y, para cuando murió el 13 de agosto de 1946, Wells había dejado de ser un nombre de actualidad. Aunque había dado muchísimo de sí para lograr las tan deseadas reformas sociales, su legado eventualmente se terminaría de construir en tanto literato, especialmente alrededor de sus aportes al género de la ciencia ficción. Así y todo, aun siendo un maestro de la distopía, en el mundo de las letras se lo recordaría también por haber vivido y descripto con gran maestría la sensación de libertad que existía en un mundo que se liberaba de las limitaciones victorianas. Como ha señalado su biógrafo y amigo, Vincent Brome, con su estilo de vida liberal y con su literatura Wells “impulsó las actitudes modernas sobre la sexualidad, el dinero y las relaciones humanas hasta llegar a la visión actual que tenemos sobre esos temas, en muchos sentidos dando a luz a la mentalidad moderna”. En definitiva, él podía ser contradictorio o difícil de tratar, pero siempre se mostró muy dispuesto a llevar adelante un programa de igualdad social, paz mundial y lo que él consideraba el mejor futuro para la humanidad.

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