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Los Espíritus de un señor que se hacía llamar Allan Kardec

Hubo un tiempo en que los espíritus que hablaban desde el más allá estaban de moda. Teatros enteros veían este espectáculo de voces supuestamente de otra dimensión que respondían a las preguntas de un público aterrado, pero también fascinado.

Hippolyte Léon Denizard Rivail recién había llegado a París desde Suiza, donde estudió la obra didáctica de Johann Heinrich Pestalozzi. Este célebre didacta, como muchos pensadores que lo precedieron, decía que la educación era el camino para salir de pobreza. El objetivo del pedagogo suizo era crear “un hombre moral”, y a tal fin difundió la metodología didáctica para lograr este cambio entre sus discípulos, que incluía al joven Hippolyte.

Aun París seguía conmocionada por la experiencia electrizante del doctor Franz Anton Mesmery sus teorías sobre el magnetismo animal que tantas discusiones había generado en el pasado, a punto que el Rey se vio obligado a formar una comisión de expertos –entre los que se encontraban Benjamin Franklin y el doctor Guillotin– a fin de dilucidar qué había de cierto en las curaciones del doctor. Las conclusiones de estos notables no fueron terminantes y dieron pie a las dudas que hacia 1850 se generalizaron con estas comunicaciones entre vivos y muertos.

A Rivail, formado en la rigurosa escuela suiza del positivismo, el tema le sonaba a superchería y más cuando asistió a algunas de estas sesiones convertidas en espectáculos impresionantes para personas sensibles o de menos rigurosidad científica. Rivail fue categórico, “esta es una trampa, un engaño para idiotas”, y prontamente se convirtió en un militante de la causa de aquellos dispuestos a desenmascarar el fraude… aunque también había cruzados de la causa contraria, los convencidos de que había una forma de comunicarse con el más allá.

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Una noche, uno de estos convencidos lo llevó a nuestro docente escéptico a una sesión de espiritismo en casa de madame Roger. Rivail quedó perplejo por lo que vio. Una grieta se abría en su intelecto por donde podía vislumbrar que “algo” había, que detrás de estás escenas existía la evidencia de un mundo más allá de este mundo. El discípulo de Pestalozzi, el políglota, el ferviente masón, el profesor de química, el hombre premiado por la Academia de Arras, el empresario que había creado un banco de intercambio, dudó. En la casa de Madame De Plainemaison tuvo la oportunidad de hablar con el espíritu de “Zéphyr”, una joven fallecida años antes, que le dio la misión de ser el interlocutor de los muertos. Esta revelación lo empujó a profundizar en el tema.

Porqué hay gente que sirve de “médium”? Se preguntaba Rivail. Un interrogatorio a diez de estos interlocutores lo convenció de que ellos han tenido alguna experiencia cercana a la muerte y esta condición les otorga los medios para interactuar con otros mundos. Rivail publicó su libro sobre este nuevo campo que llama espiritismo, pero no lo publicó con su nombre sino como Allan Kardec. Él mismo contará que Kardec es el espíritu de un sacerdote druida de los tiempos de Julio César. Con este nombre, publicó una docena de textos que, según el mismo Kardec, estaban guiados por los espíritus. Estos, cada tanto, se le aparecían para corregir errores, a veces valiéndose de la “escritura espontánea” o guiado por el “espíritu de la verdad”, el mismo que le había revelado el nombre con el que pasó a la historia.

La fama de Kardec llegó hasta las más altas esferas, y el mismísimo Napoleón III, quien no ocultó su simpatía por el espiritismo, se reunió con él en el palacio de las Tullerías para hablar del Libro de los Espíritus, que el emperador seguía con entusiasmo.

Como las ediciones se agotaban, Kardec decidió publicar una revista de su propio pecunio, que también se convirtió en un éxito. Sin embargo, a medida que crecía su prestigio, también aumentaban sus detractores, más cuando realizó un análisis de los textos bíblicos bajo su perspectiva espiritista, creando una reacción de los católicos más recalcitrantes que llegaron a atacar su casa. Sus libros fueron incluidos en el Index librorum prohibitorum de la Iglesia.

Según Kardec, él trató la religión desde una perspectiva “científica”, que no se funda en la fe ni en revelaciones sino en la reflexión sobre las experiencias que ha vivido durante estas comunicaciones con seres del pasado. Para él, el espiritismo es ciencia de observación y doctrina filosófica o, mejor dicho, la ciencia que trata de la naturaleza, origen y destino de los espíritus y sus relaciones con el mundo cultural.

El 3 de octubre de 1864, con 64 años a cuesta, el discutido y también adorado Allan Kardec sufrió un accidente cerebro vascular que lo llevó de este mundo a ese otro que bien conocía. Una multitud acompañó sus restos mortales al cementerio de Montmartre. Años después fue trasladado a Père-Lachaise, donde sus seguidores construyeron un templete celta para albergar el cuerpo de quién fuera el gran defensor de las comunicaciones con los que ya no están. Sobre estas piedras, se leen las palabras que publicó en vida: “nacemos, morimos, renacemos una vez más, siempre progresando sin cesar”, frase que, para Allan Kardec, era Ley.

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