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Los escritos de Leopoldo Lugones

Nadie manejó mejor que Lugones la lengua castellana, nadie. Ni Sarmiento, ni Mitre, ni Cané, ni Wilde. Ellos pudieron ser notables, hábiles y sensibles, baqueanos de la palabra ,pero ninguno, ni Borges, el escueto, ni Mujica Lainez, con ese lejano aire de snob ni Victoria Ocampo con su savoire faire, alcanzaron las cumbres de las letras castizas, de las expresiones cuidadosamente medidas con arte de alquimia a las que llegó Lugones, tan olvidado y hasta repudiado en este mundo de anglicismos, sincretismo postmoderno y relatos sin grandeza. Solo Lugones y solo él, hace sentir el galope de los gauchos, esa estirpe valerosa que surcaron los cerros salteños defendiendo la patria.

Solo Lugones, y solo él, surcará las delicias del amor otoñal con voces de flores y espuma que cantan la ebullición de hormonas seniles brotando de olvidados rincones. Él cantará a ese amor para dar sentido a su vida árida y penosa, hasta que esa elegia crepuscular le fuese arrancada con brutal violencia por su entorno.

Lugones nos enseñó el dulce resonar de nuestra lengua, de sus asonancias y consonancias, de las rimas secretas y los sonidos melancólicos que arrancan suspiros y lágrimas a nuestras almas venturosas .

Él nos mostró el camino de las murmuraciones, el sendero de las palabras espesas, el suave fluir de versos y .estrofas. Usó las palabras como espadas y señaló sus hora con encendida verba, hija de los tiempos que corrían.

Más de una vez se batió con palabras y también con florete que usaba con endemoniado entusiasmo, defendiendo el honor herido con exaltación de león .Supo ejercitarse en la pedana como en la biblioteca donde navegaba casi a ciegas de tanto recorrer sus volúmenes de polvo y conocimientos que llegó a considerar inútiles, cuando quedó desolado su corazón quijotesto.

A pesar de tanta rima y tantos recuerdos que esquivaban al olvido, Lugones tuvo tiempo para el amor encendido cuando pensaba que no habría fuegos para atizar. Y cuando esas brasas fueron forzadas a apagarse, cuando su pasión fue helada por el desencanto filial, por las presiones monocordes y las intimidaciones soeces, Leopoldo Lugones buscó en su alma las respuestas a las preguntas que no la tienen.

Hastiado de sus días, bebió de un trago amargo su vida dejando sin palabras el fin de su existencia.

A Leopoldo Lugones le debemos este recuerdo.

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