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Los enterratorios del general San Martín

El 28 de mayo se conmemora el 138º aniversario de la repatriación de los restos del General José Francisco de San Martín y Matorras (1778-1850)

«Ya sabemos que los muertos son poderosos señores»

Sigmund Freud - Tótem y Tabú

Los aires de París se hicieron irrespirables. El viejo general temía que el advenimiento de la nueva República pudiese desatar una nueva guerra civil, como las muchas que él había visto en América. Quiso poner distancia al caos, como lo había hecho a lo largo de su vida, y se mudó de su apartamento de la Rue Saint-Georges 35 de París, al más tranquilo puerto de Boulogne-sur-Mer. En caso de guerra, San Martín y su familia podrían fácilmente trasladarse a Inglaterra. Hacia Boulogne viajó en compañía de su hija, su yerno Mariano Balcarce, sus dos nietas, y el joven Manuel Guerrico, sobrino de su amigo José Guerrico.

La familia se instaló en la Grande Rue 105 (actualmente 113), casa que pertenecía a un distinguido abogado local, Adolphe Gérard.

Boulogne-sur-Mer era una agradable ciudad balnearia frente al Canal de La Mancha, asentada sobre una antigua fortaleza romana, en cuya catedral –destruida en tiempos de la Revolución Francesa y reconstruida por el esfuerzo del abate Benoît-Agathon Haffreingue– se adora la imagen de Notre Dame de Boulogne-sur-Mer. Esta Virgen lucía una corona de oro y piedras preciosas, regalo del primer rey cristiano de Jerusalén, Godofredo de Bouillón, que lamentablemente desapareció durante la vorágine jacobina.

La muerte del General San Martín

El 13 de agosto de 1850, San Martín tuvo una recaída de su antigua dolencia, una ulcera gástrica, probablemente cancerosa. Violentos dolores abdominales lo obligaron a llamar en consulta al Dr. Jardon. La terapia instituida calmó la sintomatología, y el 17 de agosto San Martín se levantó de su cama al sentirse mejor. Sin embargo, era la calma que precedía al desenlace final. Después del mediodía, el general tuvo una agitación y nuevamente acudió a la consulta el doctor Jardon. Ya no había mucho para hacer. El general apenas murmuró: “Mercedes, esta es la fatiga de la muerte”. A continuación se dirigió a su yerno. “Mariano, a mi cuarto”. Fueron sus últimas palabras.

Además de su familia y el Dr. Jardon, se hallaba presente Francisco Rosales, encargado de negocios de Chile, que había llegado a Boulogne-sur-Mer para visitar al general. Poco después arribaron José Guerrico y Félix Frías, dos grandes amigos de San Martín, que relataron estos últimos momentos.

A las 11 horas del día siguiente, Rosales y Gerard se hicieron presentes en la alcaldía, para solicitar que los restos del general reposasen transitoriamente en la cripta de la nueva basílica de Notre Dame, mientras se cumplían los trámites de la repatriación.

Esta cripta era la original, que no había sido destruida durante la Revolución de 1789. Conservaba la réplica de la tumba de Godofredo de Bouillón, numerosas pinturas y textos escritos en sus paredes, donde se relata el casamiento de Isabel de Francia con Enrique II de Inglaterra, además de la peregrinación de Luis XI, que invistió a esta Virgen de Notre Dame como soberana de Francia.

En la misma catedral está, casualmente, la tumba almirante Alejo Bruix, jefe de la armada napoleónica, cuyos dos hijos murieron en América sirviendo bajo las órdenes del mismo San Martín.

Hasta allí fueron trasladados los restos mortales del gran capitán en un simple cortejo, rodeado por su familia, José Guerrico, Félix Frías, el doctor Gerard, y el señor Seguier. De esta forma cumplía su deseo testamentario de no recibir honras fúnebres.

El cuerpo embalsamado del general fue colocado en un ataúd de plomo, herméticamente sellado, ubicado a su vez dentro de otro ataúd de roble, y un tercero de abeto. De esta forma permaneció a lo largo de 11 años, esperando vanamente el deseado retorno a su tierra natal. En noviembre de 1861, el cuerpo del general fue trasladado por decisión de su hija, al cementerio de Brunoy, donde la familia Balcarce había adquirido una bóveda a raíz de la muerte de Merceditas.

Para la oportunidad el ataúd del general fue cubierto por el estandarte de Pizarro, que le habían obsequiado cuando la declaración de independencia del Perú. Éste había sido bordado por Juana la loca, madre de Carlos I de España, (en el que podían apreciarse signos evidentes del deterioro mental, secundario al proceso esquizofrénico de la reina). El testamento del Libertador, en un artículo adicionado, indicaba que dicho estandarte debía ser devuelto al Perú, “siempre que sus gobiernos hayan realizado las recompensas y honores con que me honró su primer Congreso”.

Nos cuenta la señora Susana Sansinanea Vieira en su libro: Primer sepulcro del general Don José de San Martín, que después de esta inhumación, el matrimonio Balcarce San Martín hizo entrega del estandarte al ministro de Perú, Don Pedro Gálvez, frente a varios testigos de distintas naciones americanas, entre los que se hallaba Juan Bautista Alberdi.

Una copia pintada en lienzo por Mercedes Balcarce fue regalada al Museo Histórico Nacional de Buenos Aires.

Ya habían transcurrido 11 años y habrían de pasar casi 20 más para cumplir con el deseo del Gran Capitán, “que mi corazón fuese depositado en el (cementerio) de Buenos Aires”. Comienza entonces la sucesión de declaraciones y comisiones para lograr su repatriación. Muchos quieren ver en este atraso una venganza póstuma por el apoyo que San Martín le había brindado al brigadier Juan Manuel de Rosas en su defensa de la soberanía nacional. Su relación con Rosas había sido muy fluida, a punto tal de expresar en su testamento, el deseo de entregar su sable corvo al Restaurador de las Leyes.

Justamente la primera de estas proclamas de repatriación surgió durante el mismo año de 1850, a instancias del doctor Felipe Arana, Ministro de Relaciones Exteriores de Rosas. El 16 de Julio de 1851, el gobernador de Entre Ríos, don Justo José de Urquiza, inició por decreto, el homenaje público al Libertador.

En 1862, el presidente Mitre inauguró el monumento ecuestre del general San Martín, homenaje que no había sido gestado en la Argentina sino en Chile. Fue en el seno del gobierno del país hermano donde surgió la iniciativa de honrar al general San Martín con una estatua. Las autoridades argentinas, algo avergonzadas por esta ingrata demora, formaron una comisión que precipitadamente visitó al escultor francés Louis-Joseph Daumas para pedirle una copia de la obra encargada para Santiago, con tanta fortuna que la escultura argentina se inauguró antes que la chilena.

En junio de 1864 surge un nuevo proyecto de repatriación, propuesto por Adolfo Alsina y Martín Ruiz Moreno. Con sorpresa para muchos, se autorizó a realizar los gastos pertinentes. Vale aclarar que para ese entonces el cuerpo del tenaz opositor de San Martín, don Bernardino Rivadavia, hacía años que yacía en el Cementerio del Norte, después de una apoteótica recepción.

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El lento retorno

Después de 27 años de demora, el presidente Avellaneda promovió una vez más la repatriación de los restos del Libertador. “La República Argentina no guarda los despojos humanos del más glorioso de sus hijos…”. Se creó una Comisión ad hoc presidida por el vicepresidente Mariano Acosta (casado con una sobrina de Remedios de Escalada) y Salvador María del Carril, entre otros, a fin de recaudar los fondos para cumplir con la empresa. Entre varios eventos organizados para la obtención de esos fondos, se realizó una velada literaria en el Colón, donde Olegario Víctor Andrade declamó su célebre Nido de Cóndores.

¿Dónde debía ser enterrado el Libertador? En su testamento habla indirectamente de cementerio, y justamente en el Cementerio del Norte había sido enterrada “su esposa y amiga”, Remedios de Escalada. Esta tumba fue objeto de varias remodelaciones, que no siempre respetaron su diseño primigenio, basta recordar que la placa original, obra del Ing. Berthes (VER), se recuperó años más tarde en un remate. La ciudad de Buenos Aires a fin de albergar al general, había cedido un terreno en dicha necrópolis en 1870. Sin embargo, y a instancias de la Comisión, se propuso enterrar a San Martín en la Catedral de Buenos Aires, idea que el Arzobispo Aneiros y el Cabildo Eclesiástico recibió con beneplácito.

Debía entonces elegirse un escultor acorde a la magnitud del proyecto, y surgió la propuesta de encomendarle la obra a Albert-Ernest Carrier-Belleuse –a la sazón director de la fábrica de Sèvres–. El escultor era ya conocido por los argentinos, él había realizado la estatua ecuestre de Manuel Belgrano.

El arzobispo León Federico Aneiros había propuesto emplazar el monumento en la capilla de Nuestra Señora de la Paz, pero el tamaño de esta era muy reducido para albergar la obra en vías de ejecución. Consultado el escultor italiano Camilo Romairone, que por entonces vivía en Buenos Aires, surgió la idea de ampliar el local para dar cabida al mausoleo del general. Hacia el este de la catedral existía un terreno que había oficiado de camposanto hasta los tiempos de la ley de 1822, que prohibió los entierros en las iglesias.

Acá surge otra de las leyendas urbanas que rodean a la tumba del Libertador. Se dice, erróneamente, que la Iglesia no permitió que se enterrase a un masón en tierra consagrada. Como vemos, no fue así. En primer lugar, San Martín ejerció la masonería de una forma limitada y solo estando en América. Durante su exilio europeo no se le conoce relación con logia alguna. En segundo lugar, hemos visto como Monseñor Aneiros abrazó la idea con entusiasmo y fue su ferviente promotor. El nuevo habitáculo surgió por limitaciones de espacio y no por limitaciones mentales. El área ocupada por el mausoleo fue en su tiempo tierra bendita, camposanto de la Catedral.

Para principios de 1880 el transporte Villarino, recientemente construido en Inglaterra, se aprestaba a volver a Buenos Aires. Mientras tanto Mariano Balcarce finalizaba todos los trámites para repatriar el cuerpo del general. Un tren especial condujo sus restos desde Brunoy à Le Havre. Uno de los presentes, al ser embarcado el féretro del general en el transporte, era curiosamente, Don Emilio de Alvear, ex canciller y descendiente de Carlos María de Alvear[1], antiguo camarada del general, distanciados por diferencias ideológicas.

Al llegar el transporte Villarino a Montevideo, a instancias de la colonia argentina en dicha ciudad, el féretro fue trasladado a la Catedral, donde se ofició una misa solemne. El presidente Santos acompañó las honras fúnebres y el representante argentino en esa ciudad, Don Bernardo de Irigoyen, pronunció un sentido discurso. Como presente, la colectividad uruguaya le regaló un nuevo féretro al general, que ya contaba con otros tres cubriendo su cuerpo.

El 28 de mayo los restos del gran capitán llegaron a Buenos Aires a bordo del vapor Talita. Una guardia de honor de antiguos camaradas lo esperaba, presidida por el vicepresidente Mariano Acosta, que a su vez era el encargado de la comisión de repatriación. Nuevamente, algunos ven en la ausencia del presidente, una afrenta a la memoria del general. Esta es otra interpretación malintencionada. Avellaneda fue quien concretó su retorno y Acosta fue su artífice. Le correspondía a éste último estar presente, mientras Avellaneda esperaba al general, frente al monumento a San Martín, en el parque del Retiro.

En solemne cortejo y sobre una carroza fúnebre, construida a semejanza de la que transportó a Wellington en 1852, los restos del Libertador fueron trasladados al Campo de Marte, frente a la obra de Daumas. En la oportunidad habló el ministro de Perú, don Evaristo Gómez Sánchez y después, el presidente Avellaneda. Éste recordó una frase del general San Martín, que muchas veces hemos olvidado a lo largo de nuestra historia. “La presencia de un militar afortunado es temible en los Estados que se constituyen de nuevo, para que no convirtáis jamás una espada en cetro”.

El féretro del general fue transportado a la cripta de la Catedral metropolitana, donde permaneció hasta la finalización de la obra de Carrier-Belleuse. El 27 de agosto de 1880 fue trasladado en forma privada hasta el mausoleo. El monumento central de esta obra consiste en un cuerpo rectangular revestido en mármol rojo de Francia y rojo Imperio, sobre el que sobresale un sarcófago de mármol negro de Bélgica. El conjunto se completa con tres imágenes que personifican a la Argentina, Chile y Perú. El catafalco que corona la obra no contiene los restos del general, es simplemente un ornamento. El ataúd que guarda el cadáver embalsamado de San Martín, se encuentra en el cuerpo central. Al parecer el escultor no había previsto los cuatro ataúdes, y las dimensiones del receptáculo quedaron desproporcionadas, por lo que resultó imposible ubicar al ataúd en forma horizontal. Entonces la comisión decidió dejarlo inclinado, circunstancia que muchos aprovecharon para sostener que era este, un último insulto a la memoria del San Martín por su condición de masón ya que, según afirman, el ataúd estaría inclinado a treinta y tres grados.

Un llamado al diálogo de los argentinos

La intención de Avellaneda al repatriar los restos de San Martín no solo era honrar la memoria del Gran Capitán, sino que su presencia fuese el punto de partida para reiniciar el diálogo con los grupos mitristas, después de la fallida revolución de 1874 y su derrota en la Batalla de la Verde… “Los pueblos que se apoyan sobre tumbas gloriosas son los que mejor se preparan para el porvenir”, proclamó Avellaneda enfáticamente al convocar la unificación de esfuerzos para repatriar al Santo de la Espada. Sabía muy bien que Mitre había aprovechado su cautiverio para escribir la vida de San Martín y no sería ajeno a la empresa de repatriar al Gran Capitán

Le tocó a Avellaneda vivir momentos dramáticos de nuestro país, al borde de la cesación de pagos y acosado por revueltas internas. Sin embargo, serenamente reordenó la administración pública y en todo momento convocó la unificación de los argentinos. Recordemos que por entonces se cernía la sombra de un nuevo enfrentamiento por la victoria en las urnas: Roca sobre Tejedor. Su gobierno comenzó con una revolución y terminó con otra.

Este monumento fue parte de su obra conciliadora. Era lo que Avellaneda llamó en su discurso “la capacidad integradora de los grandes muertos”, que sin embargo fue aprovechado por muchos para sembrar estúpidos disensos entre argentinos, imaginando afrentas que no existieron y distanciamientos que solo viven en la mente tortuosa de los idiotas de siempre.

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        <p>Esquema del mausoleo del Gral. San Martín en la Catedral Metropolitana. Ubicación inclinada del féretro.</p><p></p><p></p>

Esquema del mausoleo del Gral. San Martín en la Catedral Metropolitana. Ubicación inclinada del féretro.

[1] Versiones posteriores dicen que San Martín era hijo de Diego de Alvear –padre de Carlos María– con una india a su servicio. La polémica desatada por el Dr. Hugo Chumbita, ha dado lugar a la propuesta de hacer una prueba de ADN al general San Martín para confirmar esta versión.

(Extraído del libro Trayectos Póstumos, OLMO Ediciones, 2017, págs. 347-353).

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