Luis Dorrego (1784-1852) era hermano del coronel Manuel Dorrego y socio de Juan Manuel de Rosas, junto a Juan Nepomuceno Terrero, en el emprendimiento del saladero Las Higueritas, un hito en la historia económica de principios del siglo xix.

Curiosamente, fue don Juan Manuel quien inició en Argentina el controvertido uso político de cadáveres, utilizando el del coronel Manuel Dorrego a fin de consagrarse como heredero del poder carismático del líder popular. Años más tarde, haría uso del cadáver de su esposa, Encarnación Ezcurra, para afianzar su poder entre las capas más impresionables de la sociedad. Su propio cadáver fuese utilizado con fines políticos por el entonces presidente Carlos Saúl Menem, impulsando un improvisado retorno al país que el mismo Rosas y su hija Manuelita consideraban tan ingrato.

A pesar del estrecho vínculo que unía a las dos familias, Luis Dorrego sufrió persecuciones por parte de su ex socio, obligado al exilio en Río de Janeiro. Vuelto al país, continuó administrando su importante patrimonio, que legaría a sus herederas casadas con los señores Ortiz Basualdo, Llavallol y Miró.

Una mañana de 1881, una extraña carta llegó al palacio Miró (hoy desaparecido[1]), ubicado paradójicamente frente a la Plaza Lavalle –el verdugo de su ilustre antecesor–.

La carta decía textualmente:

Señora Doña Felisa Dorrego de Miró y Familia

Respetable señora y familia,

Al pasar vista por estas líneas tal vez encontrará que sus sentimientos desfallezcan, pero este es un mal que no tiene remedio, y nos encontramos impulsados con todo nuestro pesar a proceder, por causas ajenas, del modo que lo hacemos [...]

Sabemos que Doña Inés Dorrego al morir, dejó a sus hijos queridos una fortuna colosal. Sabemos que esas hijas la lloran y la veneran, habiendo sido ella, con ellas, madre, amante y cariñosa; y que esas hijas por todo el mundo no consentirán ver estos restos sagrados, ultrajados y tirados al viento en tierras profanas y desconocidas. Sabemos que la familia Dorrego está, con justa razón, celosa de su nombre ilustre y sin mancha, que la vil crítica no ha podido, ni tal vez podrá, alcanzar nunca. En fin, sabemos que para las ricas y generosas herederas de Doña Inés Dorrego, deshacerse de cinco millones de pesos moneda corriente, le sería una friolera, una cantidad insignificante [...]

Que indudablemente la justa crítica de una ciudad y de una nación os cubrirá de vergüenza y lodo, manchando para siempre vuestro nombre, ilustre hasta la fecha. “Hijas ricas –dirían– y tan desnaturalizadas, que por no desprenderse de un poco de oro, y bajo fútiles pretextos, del deber y de su misma conciencia” [...]

Que todas las precauciones, todas las medidas que aconseja la prudencia, han sido tomadas por nuestra parte y serán tomadas para burlar en todo y por todo la acción de la policía. Antes de tomar una resolución, píenselo Usted bien. Que esta resolución no sea hija de una obcecación o arrebato momentáneo e irreflexivo; el remedio podría ser peor que el mal...

25 de Agosto de 1881.

Los Caballeros de la Noche.

Al pie de esta carta, obra maestra de la psicopatía, los Caballeros de la Noche daban instrucciones precisas de cómo y dónde entregar el dinero. Pero dejemos que Marcos Estrada nos cuente como siguió esta historia:

La familia de Inés Dorrego, a pesar de las intimidaciones escritas, resolvió hacer la denuncia al cuerpo policial de la metrópoli, que se puso inmediatamente en movimiento, constatando que el ataúd, en efecto, había desaparecido. La investigación y el esclarecimiento de los hechos fueron encomendados a los comisarios Suffern, Tasso, Cernadas y Segovia.

El día 26 de agosto por la mañana, una delegación policial (siguiendo el razonamiento del fiel mayordomo de la casa: un ataúd de ese peso no podía ser retirado del cementerio sin ser notado) se apersonó a las autoridades del cementerio de La Recoleta. Se constató que el féretro había sido extraído del panteón de los Dorrego y trasladado a la bóveda de don Francisco Requejo, cuya puerta se veía entreabierta con su candado roto. El ataúd fue reconocido por los parientes de Inés Indart de Dorrego y los señores Llavallol y Ortiz Basualdo. Los restos de la señora Dorrego estaban a salvo. Ahora restaba apresar a los Caballeros de la Noche.

A las diez y media de la mañana del día siguiente, llegó al palacio Miró (de acuerdo a la carta extorsiva) un individuo que portaba un nuevo mensaje. Decía así:

Señora Doña Felisa Dorrego de Miró y familia:

Respetable señora y familia,

Sírvanse entregar al portador lo que ustedes saben.

Los Caballeros de la Noche.

Buenos Aires, 26 de Agosto de 1881.

En el cajón ‒pintado de colorado, según el consejo policial‒, se habían dispuesto fajos de papel de diario, empaquetados y lacrados, como así se observaba en las indicaciones de los delincuentes. El comisario Tasso, uno de los pesquisas, se disfrazó de vendedor ambulante y siguió al portador del cajón sin que este lo notase. Al llegar a la estación central de Retiro, el individuo entregó el cajón a otra persona de aspecto humilde. Este individuo subió a uno de los trenes que partió poco después con vigilancia policial. La persona que llevaba ahora el cajón fue sondeada por uno de los investigadores. Se obtuvo su filiación: Antonio Perry, a quien se le había ordenado dejar el cajón en la playa del arroyo Maldonado.

No bien llegó el tren a ese empalme ferroviario, este se detuvo abruptamente y un grupo policial se lanzó a la playa. Allí comenzó una cacería relámpago. Uno de los malvivientes, descubierto, trató de escapar hacia el pueblo de Belgrano. Cerca del hipódromo, se juntó con Alfonso Kerchowen de Peñaranda, un pintoresco belga de noble origen, cerebro y jefe de los autodenominados Caballeros de la Noche. Gracias a la actitud del cochero del vehículo que llevaba a los delincuentes, que disminuyó la marcha, comprendiendo que estos eran perseguidos por la policía, se pudo apresar a todos los partícipes de la sustracción.

La banda tenía su guarida en La Floresta de Belgrano. Su jefe, Alfonso Kerchowen de Peñaranda, de 27 años, autor de la carta extorsiva, tenía antecedentes delictivos desde su adolescencia, no obstante pertenecer a una familia aristócrata y de fortuna.

El acontecimiento estuvo inmediatamente en boca de todos los porteños y los diarios comentaron los pormenores (obviamente, con exageración) en distintas ediciones. Solo faltaba fijar la condena que recaería sobre los siete amigos de lo ajeno: Peñaranda, Muñiz, Morata, Morris, Abadie, Miguel Ángel y Espósito. Este último, fugitivo. El juicio continuó durante más de dos años. (Ay, Dios mío, nuestra justicia no solo es ciega, sino manca, coja y a veces tartamuda).

Como sucedía en otros países del mundo, el Código Penal argentino desconocía por entonces el delito de robo de cadáveres, de modo que un acto como este no podía ser castigado. En última instancia, se renunció a inculpar a los Caballeros de la Noche por falta de base legal. Los procesados fueron condenados por penas disciplinarias e infracciones menores, purgadas por medio de la detención preventiva.

Los Caballeros de la Noche salieron en libertad ante la indignada reacción de la comunidad porteña. Como secuela de este hecho inusual –que nunca antes había ocurrido en nuestro medio y, por lo tanto, no había sido previsto por nuestros letrados–, se incluyó en el Código Penal el artículo 171, que impone de dos a seis años de cárcel “al que sustrajere un cadáver para hacerse pagar su devolución”.

[1]. Esta era una gran mansión, donde se llevó a cabo el baile de honor a la infanta Isabel durante el centenario. Frente a este hogar de los descendientes de Dorrego, se construyó el monumento a quien ordenara su ejecución el general Lavalle. En dicha mansión, no tenían la costumbre de abrir las ventanas que daban a la estatua del llamado “sable sin cabeza”.

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