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Los asesinos

Año 1092, en las montañas de Persia. El representante personal del sha de Persia se encuentra frente a una fortaleza inexpugnable conocida como Alamut. Hassan bin Sabbah, líder legendario cuyo nombre inspira temor en todo el mundo árabe, ha llevado al emisario a las afueras de su fortaleza. La siniestra reputación de Hassan hace que el emisario del sha tema por su vida.

“¿Ve usted al centinela que se encuentra sobre aquel torreón?” El centinela, uno de los fieros guerreros de Hassan, parecía una figura inmóvil recortada en la almena, vigilante. Hassan bin Sabbah silbó para llamar la atención de su soldado y luego hizo una escueta señal con la mano. No hizo falta más. El soldado en el torreón saludó marcialmente a su líder, dejó caer la lanza y luego, sin dudarlo, se arrojó al vacío desde lo alto. Hassan le dio a su aterrorizado visitante unos segundos para que asimilara lo que acababa de ver, y finalmente le dijo: “tengo setenta mil hombres y mujeres en muchos lugares de Asia, y cada uno está dispuesto a hacer por mí lo que acaba de ver. ¿Acaso puede su amo, Malik Sha (el sha de Persia), decir lo mismo? ¿Y se atreve a exigir que le rinda pleitesía? Esta es mi respuesta. ¡Márchese y dígale lo que ha visto!”

Hassan bin Sabbah, erudito, hereje, místico, asesino, asceta, revolucionario, nació en Persia (actual Irán) en 1034, en el seno de una familia acomodada de origen yemení. De niño, quien sería considerado años más tarde “la encarnación de Dios en la Tierra” era un buen estudiante de teología. Tuvo una educación privilegiada y fue compañero de estudios de grandes personalidades como Omar Khayyam (poeta, astrónomo, matemático, autor del Rubaiyat), con quien construyó una gran amistad.

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Escena de leyenda en la  fortaleza de Alamut, donde                  Hassan bin Sabbah     pide a sus fieles de  suicidarse delante el enviado de                  Malik Sha
Escena de leyenda en la fortaleza de Alamut, donde Hassan bin Sabbah pide a sus fieles de suicidarse delante el enviado de Malik Sha

En su juventud viajó a Egipto, donde se acercó a la doctrina chiíta. Aprendió a cuestionar los dogmas islámicos y llegó a la conclusión de que el mundo se transforma mediante acciones y que los dogmas son distracciones inútiles usadas para esclavizar a las masas. Sin renegar de su religión, Hassan bin Sabbah se convirtió en un hombre pragmático que creía mucho más en la fuerza de las acciones que en la de las plegarias. Y en base a eso construiría una organización implacable.

Sabbah fue encarcelado en Egipto por apoyar a Nizar, uno de los pretendientes a la sucesión del trono luego de la muerte del califa. Pero la suerte lo ayudó: la pared de la mazmorra en la que se encontraba preso se derrumbó, de tan podrida que estaba, y así Sabbah pudo escapar y regresar a Persia.

En su viaje de regreso comenzó a madurar lo que sería el gran proyecto de su vida; necesitaba un lugar apartado y seguro para desarollar sus planes. Así, Hassan encontró una fortaleza aislada en lo más alto de las montañas de Qazvin. Aquel gran castillo, llamado Alamut (“Nido de águila”) era el lugar ideal para la creación de la nueva secta que Hassan estaba a punto de fundar: los ismailíes nazaríes, luego conocidos como los “hashashins”, palabra de la cual deriva a su vez la palabra “asesinos”.

Los ismailíes son una escisión de la ortodoxia musulmana (algo así como los protestantes dentro del cristianismo, por ejemplo). Luego de la muerte de Mahoma, Abu Bakr fue su sucesor y primer califa del islam. Luego de la muerte de Bakr comenzaron las disputas sobre la sucesión. Lo sucedió un sunita, pero Alí, primo y yerno de Mahoma, reclamó para sí la sucesión. Así comenzó una disputa entre los sunitas (la ortodoxia musulmana, digamos) y los chiítas (quienes apoyaban la legitimidad de Alí para acceder a ser el jefe, el califa del islam). Los chiítas fueron considerados herejes y perseguidos por los sunitas, y luego del asesinato de Fátima (hija de Mahoma, que defendía los intereses de Alí) los chiítas eligieron su propio califa, a quien llamaron “imán” y se separaron por completo de los sunitas. En el seno de la tradición chiíta nacen los ismailíes, como un cisma surgido por motivos sucesorios. Este movimiento iría cobrando cada vez más fuerza, hasta la llegada de Hassan bin Sabbah a fines del siglo XI.

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Pintura del siglo XIV
Pintura del siglo XIV

Hassan se aseguró la propiedad del Alamut mediante la sutileza y el engaño, empleando una treta ya atribuida a Ulises en la Odisea. El dueño del Alamut le vendería una porción de tierra que pudiera ser abarcada con la piel de una vaca (pensaba que Hassan sólo quería instalar un puesto de venta o comercio en el lugar). Hassan dividió la piel de la vaca en tiras delgadísimas que le permitieron fabricar un largo cordón que abarcaba por completo el área de la fortaleza. Lógicamente, el propietario protestó, pero los seguidores de Hassan, que para entonces ya eran cientos, se encargaron de “persuadirlo”. Casa tomada, digamos; Alamut tomado, mejor dicho.

Enterado de lo ocurrido, el visir Nizam al Mulk (gobernante de la región y amigo de la niñez de Hassan), planeó sitiar la fortaleza. Sin embargo, cuando aún no había concretado la idea, fue apuñalado en el corazon por Bu Tahir, un sufí emisario de Hassan, quien había ido a una audiencia con el visir para disuadirlo de que se enfrentara a Hassan. Así, Nizam al Mulk se transformó en la primera víctima de los hashashins.

Consolidado su domnio en Alamut, Hassan bin Sabbah diseñó y construyó, muy cerca del mismo, el “jardín legendario de los placeres terrenales”. Trasladó allí animales y plantas de todo Asia, construyó palacetes adornados con pinturas, finos muebles y tapices de seda; se disponían manjares y fuentes de agua fresca al servicio de quienes allí estuvieran. El propósito de este lugar símil paraíso era crear el marco adecuado para asegurarse, luego de la iniciación, la lealtad absoluta de sus nuevos acólitos. Los jóvenes iniciados eran llevados allí luego de haber sido dejados inconscientes por una poción cuyos componentes eran el hachís, ingredientes psicotrópicos y hongos alucinógenos. Al despertar de su sueño, el joven se veía rodeado de bellas adolescentes que lo masajeaban, acariciaban y brindaban favores sexuales, transformando la iniciación en orgías prolongadas. Esta inolvidable estancia en el “jardín” aseguraba a Hassan la lealtad absoluta de su gente, sin preguntas ni reparos.

Este era el comienzo de la carrera de los adeptos a la secta de los hashashins, a quienes sus enemigos y detractores denominaban “hashishins”, relacionando ese nombre con el consumo de hachís de los miembros de la secta. Hassan practicaba la alquimia y estudiaba el sufismo, así que los estudios iniciáticos de los futuros hashashins incluían meditación, preparación mental y métodos ocultos para alcanzar “planos más elevados de conciencia”. En el plano más “terrenal”, aprendían varios idiomas, modales sociales, jergas de diferentes oficios y el arte de la simulación, para hacerse pasar por creyentes de otras religiones y no ser rechazados.

Para comprender el éxito de los hashashins cabe señalar que el mundo musulmán de entonces era un entorno confuso en el que la autoridad pasaba a manos de aquellos que tenían la osadía de tomarla y retenerla mediante la violencia o la astucia. Lo que introduce como novedoso Hassan bin Sabbah es la práctica sistemática del asesinato como elemento primordial de su estrategia para eliminar elementos clave de la escena militar y política y acrecentar su influencia y su poder.

Para eso se necesitaba una gran organización, y la de la secta de Hassan era más que eficaz. En la cima de la jerarquía estaba Hassan bin Sabbah, que trazaba los planes para que su poder fuera cada vez más influyente en todo Oriente. Debajo de él estaban los “priores”, místicos y clérigos que daban sustento espiritual a la secta. Luego estaban los “dai”, encargados de propagar la palabra de Sabbah y reclutar nuevos adeptos (algo equivalente a los misioneros cristianos, digamos), que impresionaban a la gente y los alentaban a saber más sobre esa secta tan maravillosa y poderosa. Finalmente estaban los “fidai”, llamados “los ángeles destructores”, que tenían una convicción fanática que los llevaba a cumplir cualquier tarea o misión por atroz que fuera, incluyendo por supuesto el asesinato y el suicidio. Vestían túnicas blancas con fajines y turbantes rojos, colores que representaban la inocencia y la sangre.

Dado que los hashashins ganaban influencia de manera imparable, el sha de Persia se sentía inseguro en su posición de gobernante. Decidió atacar con sus tropas a Alamut, y murió envenenado por un hombre de Hassan que se infiltró en sus tropas como espía (había aprendido bien las destrezas inculcadas, parece). Tras la muerte del sha, el reino de Persia quedó dividido en facciones que peleaban entre sí constantemente, y esa situación convirtió a los hashashins en el grupo más poderoso e influyente de la región durante muchos años.

Los ideólogos y estrategas de los hashashins eran intelectuales y usaban la persuasión cada vez que podían. Por ejemplo, buscaban obtener la ayuda y la complacencia de mujeres y niños cercanos a hombres poderosos. Los sobornaban con joyas, vestidos o juguetes exóticos traídos por mercaderes que viajaban por el mundo y que se acercaban a la secta. También cautivaron a algunos de los intelectuales más distinguidos de Oriente Medio para emplearlos como profesores o consejeros en sus escuelas. Pero eso sí: si no se podía “por las buenas”, la violencia era utilizada sin miramientos. En ese rubro, los hashashins fueron sofisticando sus métodos. Su estilo original (“veneno y daga”) fue incorporando técnicas más audaces e imaginativas, incluyendo trampas y tretas que permitían al asesino cumplir su objetivo por más protección que tuviera la víctima.

Esa combinación de mano de hierro en guante de terciopelo llevó a que la mayoría de la población Persa profesara las creencias ismailíes y considerara a Hassan bin Sabbah “la encarnación de Dios en la Tierra.”

Sin embargo, a medida que sus hazañas se multiplicaban y extendían por todo el mundo árabe, Hassan bin Sabbah fue convirtiéndose en un personaje cada vez más misterioso y reservado, que vivió el resto de su vida confinado, por su propia voluntad, entre los muros de Alamut. Se transformó en un asceta místico, y su celo religioso lo llevó a cometer excesos entre sus propias filas (le salió el talibán que llevaba adentro, digamos). Su severidad era inflexible y hasta hizo ejecutar a sus dos únicos hijos: a uno por beber y a otro por saltarse la cadena de mando al cometer un asesinato que no había sido ordenado.

Durante la última época de su vida su secta combatió en las cruzadas, luchando indistintamente en ambos bandos dependiendo de cuál de ellos sirviera mejor a sus intereses del momento, mientras expandían su dominio por toda Persia llegando hasta Siria.

Hassan bin Sabbah murió en 1124. Antes de morir, designó a dos de sus generales como sus sucesores. Uno asumió el control del aspecto ideológico y místico de la secta y el otro se ancargó de los asuntos militares y políticos. Los hashashins siguieron incrementando su poder aún sin Hassan bin Sabbah, pero esa es otra historia.

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