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Los ainu y los osos

Se cree que los ancestros de los ainu (que en su idioma quiere decir "humanos") llegaron a Hokkaido, la más septentrional de las islas principales de Japón, hace dieciocho mil años. Algunas de sus costumbres y tradiciones perduran hasta hoy en distintas formas.

Este grupo étnico, mezcla de caucásico y proto-mongoloide, es diferente al grupo étnico que se convertiría en mayoritario en Japón: los yamato. Los ainu tienen características físicas particulares: su piel no es amarillenta, tienen mucho vello, los hombres llevan largas barbas y bigotes, suelen tener ojos claros y no los tienen tan rasgados como los japoneses. Llevan tatuajes en el rostro y el cuerpo, las mujeres suelen tatuarse la boca, y usan vestimentas y túnicas decoradas con llamativos motivos geométricos.

A lo largo de los siglos predominaron entre los anui diferentes culturas: hacia el siglo V la cultura Ojotsk, una cultura de pescadores, cazadores de focas y alfareros; en el siglo VIII, la cultura Satsumon (“gente de la tierra”), que agregaría la agricultura y el trabajo de la tierra.

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Ainus con su ropa tradicional.

Ainus con su ropa tradicional.

Hacia el siglo X los ainu sienten la presión demográfica originada por la llegada de corrientes migratorias procedentes de Honshu, donde los yamato se estaban extendiendo rápidamente y conquistando todas las tribus que encontraban a su paso. Entonces los ainu de Hokkaido invaden la isla Sajalin (isla al norte de Hokkaido). Al norte de Sajalin (hoy pertenece a Rusia) y en el continente permanecerían los nivkh (nivji), un pueblo de pescadores considerados los últimos portadores de la cultura Ojotsk, que fue desalojada por los ainu. Así, la isla de Sajalin quedaba dividida entre estos dos pueblos.

A mediados del siglo XIII los ainu empezaron a extenderse también hacia el noreste de Hokkaido, buscando obtener nuevas tierras fértiles y el control de un espacio de comercio oceánico que se extendía hasta las Kuriles (grupo de pequeñas islas entre Hokkaido y la península de Kamchatka), donde también se instalaron.

Los ainu vivían en comunidades independientes, en chozas de madera y bambú llamadas “kotan”, con una casa comunal más grande donde habitaba el jefe de la comunidad. Vivían de la caza, la pesca, la recolección y en menor medida la agricultura (sobre todo el mijo). Eran expertos cazadores y guerreros; cazaban jabalíes, ciervos, lobos, zorros y osos, utilizando flechas envenenadas y lanzas. También cazaban mamíferos marinos como focas e incluso cetáceos. También eran excelentes pescadores, sobre todo de salmón, y recogían los recursos que ofrecían los densos bosques boreales (bayas, hongos, frutos secos, raíces).

Su religión era animista. El pueblo ainu tenía la idea de que este mundo es más atractivo que el “otro”, en el que viven los dioses; por esa razón, los dioses se sienten inclinados a visitar este mundo, y lo hacen tomando formas de animales. Pero una vez que toman forma de animal ya no pueden deshacerse de ella; por lo tanto, no pueden regresar a su hogar si no es con la ayuda humana. Y los ainus, entonces, ayudan a los dioses matándolos, quitándoles la piel y comiéndoselos, ya que de esa forma liberan a los dioses y les permiten volver a su hogar. Entre los muchos animales que eran considerados dioses, se destacaban especialmente los osos (el culto a los osos se conoce como “arctolatría”), que eran sus principales divinidades. Para los ainu, cuando los dioses visitaban el mundo de los hombres, se ponían pieles y garras y tomaban la apariencia física de un animal, sobre todo del oso, al que llamaban “Kamui” (ser divino). El pueblo ainu tenía la creencia de que el “disfraz” (la carne y la piel) de cualquier dios era un regalo para el hogar que el dios elegiese visitar. Los dioses también tenían la capacidad de tomar forma humana, pero solo hacían eso en la casa de los dioses, que está fuera del mundo de los hombres. Para que un dios volviese a su “casa” había que sacrificar y comer al animal divino enviando el espíritu del dios a su casa.

Había un ritual denominado “Omante” en el que se sacrificaba un ciervo o un oso adulto y los ainu se lo comían para devolver su espíritu al lugar de los dioses. Pero cuando capturaban un cachorro de oso realizaban un ritual diferente: el ritual de invierno, llamado “Iomante” (“expulsión”). Este ritual (que en japonés se llama “Kumamatsuri”) comenzaba con la captura de un osezno, que era considerado como un niño cedido por los dioses. El cachorro era alimentado con comida humana colocada en una bandeja de madera tallada y era considerado un dios-oso. Si el osezno era demasiado joven y no tenía dientes para masticar, una madre lo amamantaba con su propio pecho. Ya crecido, el oso era enjaulado, y cuando llegaba a los tres o cuatro años de edad se llevaba a cabo la ceremonia. El jefe de la familia que lo había cuidado era quien dirigía la ceremonia: hacía un discurso público en el que le hablaba al oso, diciéndole que estaban a punto de enviarlo de vuelta a casa, a la casa de los dioses. Luego el oso era sacrificado ceremonialmente. Los participantes del ritual hacían ofrendas, bailaban, derramaban vino sobre el cuerpo muerto del oso y recitaban palabras de despedida al dios-oso. Luego de sacrificado, el oso era despellejado y se celebraba un banquete en el que el plato principal era un estofado de su propia carne. Se le ponía una ración importante bajo el hocico como símbolo de la última comida del oso en la tierra, deseando que el oso llegara felizmente a su casa. La fiesta duraba tres días y tres noches, las necesarias para devolver correctamente al dios oso a su hogar entre los dioses.

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Ceremonia Iomante de los ainu alrededor de 1930.
Ceremonia Iomante de los ainu alrededor de 1930.

Esta “ayuda” al oso para que regrese a su casa implica que bajo el punto de vista de los ainu no existiría la muerte como tal. Una segunda idea esencial es que después de muerto, el cuerpo del oso debe ser abierto para poder liberarlo y que pueda regresar a su casa, lo cual parece un concepto animista. Consideran que cuando lo matan no le causan ningún daño sino todo lo contrario, le están haciendo un favor; podría interpretarse eso como una defensa ante los sentimientos de culpa.

Los nivkh (nivji), vecinos de los ainu, tenían un ritual parecido: un chamán nivji presidía la fiesta, que se celebraba también en invierno. Consideraban al oso como una manifestación terrenal sagrada de sus ancestros. Los osos eran capturados y criados en un corral durante varios años por mujeres locales, todo muy similar a lo que hacían los ainu. Durante la fiesta, al oso se lo viste con un traje ceremonial y se ofrece un banquete en su honor para que los dioses se muestren benévolos; después el oso es sacrificado y comido en una ceremonia religiosa. El espíritu del oso regresa feliz a los dioses de la montaña y recompensa a los nivjis con abundantes bosques. Este ritual fue suprimido cuando Sajalin pasó a ser de dominio soviético, y hoy existe apenas una ceremonia cultural que lo recuerda.

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Fiesta del oso de los nivjis alrededor de 1903.

Fiesta del oso de los nivjis alrededor de 1903.

En Kushiro (costa sudoriental de Hokkaido) existe una leyenda que trata de explicar el enorme respeto y veneración que se le tiene al oso. La leyenda habla de una mujer y su bebé que iban cada día a la montaña a buscar raíces y se acercaban al río a lavarlas. Luego la mujer dejaba al bebé en la orilla envuelto en su ropa y ella se bañaba desnuda en el río. Un día la mujer se puso a cantar y eso atrajo a un oso. La mujer, asustada, huyó despavorida abandonando al bebé. El oso vio al bebé abandonado en la orilla; el bebé empezó a llorar y el oso lo cuidó, lo protegió y lo alimentó. Cuando luego de varios días un grupo de cazadores se acercó, comprendieron que el oso había cuidado al bebé y, asombrados, se decían: “el dios-oso cuidó de esta criatura perdida. Es bueno, es una divinidad y merece nuestra adoración.” Así que lo siguieron, lo cazaron, lo llevaron al pueblo, celebraron un festival en honor a él y, tras ofrecerle comida y vino, lo enviaron de regreso a su hogar en el más allá.

La adoración a los osos se encuentra también en otras comunidades del norte de Europa y Asia como los sami y los fineses. También eran adorados por los dacios (hoy, Rumania), por los tracios (hoy Turquía), por los vascos anteriores a la era cristiana, por los pueblos de Altai (hoy Turquía) y por las tribus antiguas de los Pirineos. En muchos tótems de culturas del extremo norte aparecen figuras de osos, en la mitología coreana existe la figura de Ungnyeo (la mujer oso) y hasta los griegos le guardaban un lugar como acompañante de la diosa Artemisa, la diosa de la caza.

El oso estaba considerado como un dios de la montaña, y se han encontrado restos de hogueras en las cuevas habitadas por los neanderthales. Como en el ritual ainu se “invitaba” a la diosa del fuego, Fuji, a compartir el banquete del oso sacrificado, algunos arqueólogos y antropólogos han interpretado eso como un antecedente prehistórico (la relación entre el dios del fuego y el dios de la montaña) dentro de las costumbres y rituales de pueblos primitivos posteriores. Eso es, por supuesto, tan cuestionable como posible. En relación a eso, el culto a los osos entre los neanderthales está en discusión, habiendo arqueólogos que afirman que sí existió y otras corrientes que sostienen lo contrario.

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Pintura parietal conocida como la escena del oso en la cueva Magura, Bulgaria.

Pintura parietal conocida como la escena del oso en la cueva Magura, Bulgaria.

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