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Lo que queda de la Revolución

Aunque fue fotógrafo, burócrata y editor de textos antropológicos, el legado de Juan Rulfo descansa sobre dos obras – El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955) – que cuestionaron el legado revolucionario, terminaron por reconfigurar la literatura mexicana e hicieron de él un escritor inmortal.

Hay ciertos escritores que, más que por la abundancia de su obra, brillan por haber producido la pieza justa para el momento exacto. Ese es el caso de Juan Rulfo (nacido el 16 de mayo de 1917) escritor emblemático de las letras mexicanas, que, como mucho, produjo cerca de trescientas páginas de material que vinieron a cambiar el panorama literario de su país.

Desde muy pequeño, la literatura y la política se entrecruzaron y forjaron su vida. La Revolución Mexicana, que venía a acabar con treinta años de gobierno de Porfirio Díaz, se había desatado en 1910, siete años de su nacimiento en Jalisco. El proceso en sí, además de llevarse a su padre, muerto en 1923, estuvo plagado de vaivenes y de secuelas inesperadas como la llamada “guerra cristera” de 1926. Este alzamiento en armas de los católicos de la zona occidental del país luego de que el gobierno de Plutarco Elías Calles impulsara medidas anticlericales, llegaría a ser central en la literatura de Rulfo, pero antes que nada implicó su primer contacto con los libros. Casi como obra del destino, con el cura del pueblo ausentándose para unirse a la revuelta, la casa de su abuela, a donde él fue a vivir luego de la muerte de su madre, fue elegida para albergar la biblioteca del religioso.

Gracias a ella, empezó a leer y a adentrarse en el mundo de la fantasía, la aventura y lo prohibido, presente en las obras censuradas que el sacerdote confiscaba a sus fieles y guardaba para sí. Este amor por los libros de su infancia lo acompañaría toda la vida, como atestigua su propia biblioteca que, al final de su vida, contaba con 15 mil ejemplares sobre historia, literatura y antropología que él, no obstante, consideraba insuficientes.

En su juventud Rulfo leía de todo, incluso “subliterarura” como él consideraba a la obra de Dumas o Salgari, pero sus horizontes se expandieron rápidamente y con ellos se abrió un nuevo apetito. Así, con el descubrimiento de los narradores rusos y de los autores nórdicos como Knut Hansun, que lo impulsaron a investigar las posibilidades experimentales del medio, comenzó también a escribir.

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Juan Rulfo.
Juan Rulfo.

Para la década del treinta ya estaba publicando artículos en las revistas América y México, además de estar recorriendo el país servicio de la Secretaría de la Gobernación. Ser testigo de las desigualdades persistentes en el mundo posrevolucionario, en conjunto con sus propios recuerdos de las décadas previas, fue lo que impulsó a Rulfo a escribir y a desarrollar su carrera fotográfica, documentando paisajes y edificios de todo México. Tanto fotos como textos llevan la marca del testimonio y, aunque él mismo no se consideraba como alguien capaz de reflejar la realidad, es notable como su arte está lleno de secuelas y de cicatrices. Sus dos libros más conocidos – la colección de cuentos de El llano en llamas (1953) y la novela Pedro Páramo (1955) –, además de su tardía segunda novela breve El gallo de oro (escrita en 1956, pero publicada recién en 1980), inauguraron un ciclo literario que se distinguió de la literatura revolucionaria de la primera mitad de siglo y, lejos de las visiones moralistas o celebratorias, eligió adentrarse en los individuos y en sus experiencias.

Esta visión a veces crítica con la que se metió con los mitos de la Revolución le valdría el mote de antirrevolucionario a pesar de que insistió una y otra vez que su interés en el proceso era puramente literario. Él estaba convencido de que “lo mexicano son muchos méxicos”, como declaró en una entrevista en el año 1979, y se sentía incapaz de “reflejar” los problemas sociales de su país, pero, así y todo, creía que estos eran importantes y dignos de ser tocados, habilitando un panorama donde convivían “el tema del campesino, del fanatismo, de la superstición, un poco de la magia y de la mitología y del sincretismo religioso”. Atender a todo este panorama hizo que la narrativa de Rulfo resultara novedosa y, aunque fuertemente localista, abría el campo de juego hacia la universalidad al retratar estos personajes anónimos en los parajes rurales de Comala, pululando con todo su bagaje por un mundo en el que fueron olvidados.

A pesar de la tibieza con la que estos libros fueron recibidos en su momento, el valor de estas obras saldría a relucir en los años siguientes, como testimonia la cantidad de trabajos académicos dedicados a ellos. Jorge Luis Borges terminaría por incluir a Pedro Páramo entre los 80 libros de su biblioteca fundamental y para los autores del boom latinoamericano de los sesenta su narrativa había sido profética.

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Juan Rulfo.
Juan Rulfo.

Así y todo, Rulfo nunca más escribió. Jamás terminó de quedar del todo claro si esta decisión fue fruto de la ansiedad que, según él mismo, le producía escribir, si consideraba que lo que había hecho ya era suficiente, o si realmente fue la muerte de su Tío Celerino, quien “le platicaba todo”, lo que lo hizo detenerse. En todo caso, los años posteriores a su etapa literaria, entre 1963 y su muerte el 7 de enero de 1986, estuvieron dedicados a una tarea noble que pocos recuerdan y que, de acuerdo a sus declaraciones, no le dejaba tiempo para escribir: su actuación como editor de publicaciones de antropología en el Instituto Nacional Indigenista (INI). Allí acudió a lo largo de 23 años, trabajando incluso después de retirarse. Desde roles tan variados como redactor, corrector, cabeza del Departamento de Publicaciones y asesor de dirección, impulsó investigaciones y desarrolló colecciones, revistas y vastos acervos documentales que resultaron centrales a la hora de recopilar y difundir información sobre las culturas mexicanas.

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