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Libros para entender el Mayo del 68

De las obras que más influyeron en las revueltas a las novedades editoriales del cincuentenario

Aunque se lean por encima o no se lean en absoluto, los libros que logran captar el sentir de una época suelen resultar determinantes en la génesis y el desarrollo de hitos históricos como Mayo del 68. Como ha escrito el editor y periodista Ramón González Férriz en una de las obras más perspicaces de las que se han publicado con motivo de los 50 años del movimiento de protesta francés, buena parte del pensamiento que subyacía a las revueltas era "una mezcla de lenguaje y conceptos marxistas, ideas de raíz romántica acerca del rechazo a las formas de vida en las sociedades industriales y sobre el equilibrio de la libertad individual plena dentro de comunidades solidarias", obras en suma que flotaban en el ambiente pero que no necesariamente habían leído los jóvenes enrolados en la lucha, por muy universitarios que fueran.

De igual modo flotaban en la cargada atmósfera de Nanterre y de París, hace medio siglo, el magisterio de un Jean-Paul Sartre, por ejemplo, que mantuvo un célebre diálogo con Daniel Cohn-Bendit, Dani 'el rojo', cabecilla de aquella revolución, que se publicaría en un número especial del semanario Le Nouvel Observateur dedicado a los acontecimientos que estremecieron al país. Mayo del 68 no se comprende tampoco sin la generación de pensadores marxistas-leninistas formados por el filósofo Louis Althusser en la École Normale Supérieure y que luego engrosarían las primeras organizaciones maoístas.

Los sociólogos Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron habían publicado el año anterior a las revueltas Les étudiants el leurs études (Los estudiantes y sus estudios), una crítica acerba del sistema educativo francés y sus ingeniosos mecanismos que permitían a las élites conservar su poder de generación en generación.

Hubo otros libros que, bien digeridos o no, contribuyeron en gran medida a encender la mecha de las protestas. En el Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, el escritor y filósofo belga Raoul Vaneigem apretó una de las teclas clave del fenómeno al apuntar al tedio que el capitalismo colocaba como una losa sobre la juventud de la época. "No queremos un mundo en el que la garantía de no morir de hambre equivalga al riesgo de morir de aburrimiento", se leía en la introducción del volumen.

El belga Raoul Vaneigem apretó una de las teclas clave del fenómeno al apuntar al tedio que el capitalismo colocaba como una losa sobre la juventud de la época

Como el Tratado, La sociedad del espectáculo, del filósofo, escritor y cineasta francés Guy Debord, era un texto bastante abstruso, recargado de guiños literarios y filosóficos, y que decía cosas como ésta: "La misión histórica de instaurar la verdad en el mundo no la pueden cumplir ni el individuo aislado ni la muchedumbre automatizada y sometida a las manipulaciones, sino ahora y siempre la clase que es capaz de ser la disolución de todas las clases restableciendo todo el poder a la forma desalienante de la democracia realizada". Por encima o por debajo de este galimatías, Debord denunciaba que EEUU y la URSS no eran sino dos caras de la misma moneda y que ambos regímenes habían rebajado la vida de las personas a la condición de mercancía y espectáculo.

Mayo del 68 no puede entenderse fielmente sin considerar la reivindicación sexual que recorría el movimiento, y en este aspecto fue decisiva la aportación del filósofo y sociólogo berlinés exiliado en EEUU Herbert Marcuse, autor de una suerte de síntesis de los pensamientos de Marx y Freud y proclamado rápidamente padre de la nueva izquierda, título que por cierto él rechazaría con creciente malestar. Su libro de 1955 Eros y civilización propugnaba ya la liberación de la sexualidad reprimida y la correspondiente transformación de la sociedad. Lo que escribió en El hombre unidimensional (1964) enardeció a los estudiantes parisinos, que lo santificaron junto a Marx y Mao, igual que podría hacerlo hoy: "Las capacidades (intelectuales y materiales) de la sociedad contemporánea son inmensamente mayores que nunca, lo que significa que la amplitud de la dominación de la sociedad sobre el individuo es inmensamente mayor que nunca".

Más claro aún lo dijo en otra ocasión: "Lo que es falso no es el materialismo de esta forma de vida, sino la falta de libertad y la represión que encubre". De la misma cepa freudomarxista que Marcuse provenía el inclasificable Wilhelm Reich, inventor, psiquiatra y psicoanalista austriaco cuyo manifiesto La revolución sexual dio nombre a una de las consignas más coreadas en aquellos tumultuosos días de mayo.

Ramón González Férriz afirma que en Mayo del 68 se produjo "una enmienda a la totalidad del mundo surgido de la Segunda Guerra Mundial"

Entre las novedades editoriales salidas al calor del cincuentenario conviene destacar, como apuntábamos al comienzo, El nacimiento de un mundo nuevo, de Ramón González Férriz, que ya había estudiado en una obra anterior, La revolución divertida –ambas publicadas por Debate–, los efectos políticos y culturales de las revoluciones de los años 60 en Estados Unidos y Europa, especialmente la concepción hedonista de la vida y la transformación de la política en un show mediático.

El editor y periodista acierta a identificar el foco de unas protestas que no sólo sacudieron Francia, sino también EEUU, Checoslovaquia, México, Japón, Italia, Alemania y España. Se produjo, afirma, "una enmienda a la totalidad del mundo surgido de la Segunda Guerra Mundial". El elemento que aglutinó el levantamiento de forma global fue la guerra de Vietnam, "que no dejaba de ser fruto de los mal digeridos procesos de descolonización" posteriores a 1945. Pero el deseo general de libertad también tenía en el punto de mira "todo lo que estaba mal en la mirada occidental hacia el mundo: su militarismo, su avaricia, el dominio de una generación de hombres blancos de avanzada edad, incapaces de comprender las necesidades, los miedos y los anhelos de los jóvenes que eran quienes pagaban con su vida".

Para González Férriz, la revolución que pareció poner el mundo al borde del colapso apenas obtuvo ningún éxito político concreto y se saldó como una molestia pasajera (aunque no corta) para el poder establecido. La marea caló, eso sí, desde el punto de vista iconográfico, de manera que en nuestras retinas el fenómeno mantiene la fuerza visual de sus barricadas y sus líderes estudiantiles rebeldes y fotogénicos.

Según Joaquín Estefanía, en los periodos revolucionarios, "a cada avance progresista" le sigue "una revolución conservadora; a la formación de una izquierda alternativa, una derecha neocon; a cada paso socialdemócrata, una oposición liberal"

Sin limitarse a Mayo del 68, el periodista Joaquín Estefanía se ocupa en Revoluciones. Cincuenta años de rebeldía (1968-2018), editado por Galaxia Gutenberg, de los movimientos de péndulo que siguen a cada sacudida de protesta. "A cada Mayo del 68 le ha sucedido un Mayo del 68 en sentido inverso", señala. "A cada avance progresista, una revolución conservadora; a la formación de una izquierda alternativa, la creación de una derecha neocon; a cada paso socialdemócrata, una oposición liberal".

En un lado del ring, continúa Estefanía, están los años mágicos de 1968, 1999 (movimiento antiglobalización) y 2011 (indignados); en el otro, "los reactivos": los años 79 y 80 de los implacables Thatcher y Reagan, 2001 (neoconservadores) y 2016, el año de la elección de Donald Trump. En otras palabras: por un lado los jóvenes, "que arrebataron al proletariado el monopolio de la rebeldía", y por el otro, los aparatos del Estado, dispuestos a todo para no consentir esa rebeldía y mantener viva la llama de un capitalismo languideciente.

Otro de los libros que mejor diseccionan lo ocurrido hace ahora 50 años es 1968. El año en que el mundo pudo cambiar (Crítica), de Richard Vinen, catedrático de Historia en el King’s College de Londres, para quien el mundo no mutó radicalmente tanto como pretendían los estudiantes franceses ni los hippies de California, pero sí cambió en muchos aspectos, no sólo en lo que se refiere a la liberación sexual o a la transformación de las relaciones de familia, sino también por el legado de violencia que condujo al surgimiento en los años posteriores de grupos terroristas como la Fracción del Ejército Rojo en Alemania o las Brigadas Rojas en Italia.

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