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Las piernas de Sarah Bernhardt

Solo basta ver su retrato para entender la fascinación que ejercía Sarah Bernhardt sobre el público y especialmente entre los hombres, que caían seducidos por sus facciones y la suave cadencia de su voz. Pero no todo fue glamour y seducción en su vida. Esta es la historia de su drama.

Henriette Rosine Bernhar (después agregaría la “t” a su apellido) había nacido el 22 de octubre de 1844, de padre desconocido, hija de una joven cortesana holandesa, amante del duc de Morny (medio hermano de Napoleón III) quien veló por la educación de Sarah y sus hermanas. Muchos detalles de su infancia y filiación son confusos porque, como dijo Dumas (hijo), Sarah era “muy imaginativa” hablando de su pasado.

Ingresa a la Comedie francaise gracias a la gestión del duque, aunque poco dura, ya que abofetea a uno de los socios del teatro. Por un tiempo reasume sus actividades de cortesana (o dame galant, como decía la policía de París). Gracias al ejercicio de tan antiguo oficio acumuló una pequeña fortuna con la que adquiere el teatro del Odeón, testigo de sus grandes éxitos. En esa época también compra un féretro en el que descansa por las noches y le servirá de último refugio después de muerta.

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Durante la guerra francoprusiana, su teatro se convierte en hospital de sangre donde Sarah Bernhardt trabaja de enfermera, llevando consuelo y entretenimiento a los soldados heridos. Allí cuida a Ferdinand Foch, quien con los años llegaría a mariscal de Francia. Él reencuentro entre Foch y Sarah transcurre en las trincheras del Marne, donde ella viaja para llevar momentos de distensión a los hombres que combaten por Francia durante la primera contienda del siglo XX. Años más tarde, Foch se reclinará sobre el ataúd de la gran actriz para darle un último adiós y recordar los tiempos en los que la “divina Sarah” velaba por su salud.

Víctor Hugo, Rostand, Oscar Wilde, entre otros, escriben obras para destacar su capacidad histriónica, mientras Sarah colecciona amantes como Lucien Gultry, Gustave Dore, y políticos como Gambetta y al Dr. Pozzi, a quien llama “Doctor Dios”.

Era Samuel Pozzi un hombre de mundo, hábil cirujano, político (llegó a Senador) y escritor con inquietudes intelectuales (fue el traductor al francés de la obra de Darwin). El retrato que de él hace John Singer Sargent, muestra a un hombre apuesto, sensible y elegante.

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                 <p> Dr. Pozzi at home (1881) - John Singer Sargent (1856-1925).<br></p><p></p>

Dr. Pozzi at home (1881) - John Singer Sargent (1856-1925).

La pasión que había unido al escritor y la actriz devino en amistad, mantenida a través de una relación epistolar, donde él le da consejos sobre los problemas de salud que aquejan a la divina Sarah. En 1898 la opera de un quiste de ovario, y quince años más tarde, cuando Sarah cumple 71, edad que disimula con encanto (se pueden ver las películas Bernhardt y nadie diría que tiene esa edad) la asiste en un problema de larga data: una artropatía de rodilla. Algunos dicen que comienza con un traumatismo al personificar a Juana de Arco en la obra de Jules Barbier, otros lo atribuyen a la escena final de Tosca de Victoria Sardou (más conocida es la ópera de Puccini) cuando la heroína salta del Castel Sant‘Angelo. Lo cierto es que después de 30 años la lesión se gangrena y Sarah llama a su viejo amante, quien a los 68 años prestaba servicios como cirujano, mientras Francia se desangra en las trincheras.

Pozzi visita a la actriz, le aconseja reposo y que tome baños en Arcachon, donde se encuentra con un decadente Toulouse Lautrec, tratando de recuperarse de los excesos de la vida parisina. A pesar de las virtudes de las aguas, ni Toulouse ni Sarah mejoran, y ella, cansada de sufrir, pide que le corten la pierna. Pozzi accede al pedido de su amiga y la pone en manos del Dr. Maurice Denucé, quien la interna en la clínica San Agustín de Bordeaux. La última exigencia de la estrella antes de la amputación es residir en la habitación que fuera ocupada por el Rey de España, Alfonso XIII, cuando estuvo allí hospedado. Él reinaba sobre España, ella sobre las tablas; era una cuestión de aristocracia.

Sarah fue anestesiada por una de las primeras médicas mujeres de Francia, Mademoiselle Coignet. La operación solo duró 15 minutos, los cirujanos entonces estaban acostumbrados a operar sin anestesia y debían ser rápidos para evitar males mayores en los pacientes.

Pozzi arriba dos días más tarde a la clínica y Denucé lo recibe con la pierna de la divina Sarah. La sospecha clínica fue confirmada por anatomía patológica, se trataba de una tuberculosis. El presidente Clemenceau (que también era médico) declara a la pierna de la diva “tesoro nacional”, y el Circo de Barnum de San Francisco ofrece 10.000 libras para exponer la extremidad de la diva… pero ella se opone y por un tiempo el “tesoro nacional”, conservado en alcohol permanece extraviado, hasta que en el 2008 se lo reencuentra en la facultad de medicina de Bordeaux.

Bernhardt se recupera rápidamente, asistida por Pozzi y Denucé, quienes se turnan para visitarla. No pueden dejar por mucho tiempo su puesto de combate. El 15 de agosto Sarah vuelve a subir a escena para una manifestación patriótica, donde recita poemas y es aclamada por el público. En 1916 parte hacia Estados Unidos país en el que hace una extensa gira por distintas ciudades, siempre con el mismo éxito. Entonces muchos no se percatan que Sarah camina sobre una pierna ortopédica... Vuelve a Francia en 1918 para enterarse del trágico final del Dr. Pozzi, ultimado por un paciente que lo acusa de las desgracias ocasionadas por una cirugía de varicocele. Clemenceau nombra al hospital de su ciudad natal, Bergerac, con el apellido del distinguido cirujano.

Sarah continúa con su carrera, entusiasmada con el cine y las grabaciones de su voz que no ha cambiado con el tiempo. Al final, vencida por la enfermedad (una insuficiencia renal de larga data) duerme su gloria artística en el mismo ataúd que la acompañara por tantos años y ahora reposa en una tumba del cementerio de Pere Lachaise, donde sus admiradores aún dejan flores para nunca olvidar a la divina Sarah.

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