PersonajesTupac Amarú | Túpac Amaru II | Río de la Plata

Las partes de Tupac Amaru

«La guerra es una masacre entre

gentes que no se conocen, para

provecho de gentes que sí se conocen

pero que no se masacran.»

Paul Ambroise Valéry

Los santos no fueron los únicos en sufrir una diáspora anatómica. También los indios revoltosos sufrieron fraccionamientos aleccionadores. Los españoles, especialistas en tortura después de años de experiencia inquisitoria, optaron por descuartizar a los cabecillas de la revuelta indígena que hizo temblar los cimientos del imperio.

José Gabriel Condorcanqui Noguera había nacido en el pueblo de Surimaná, el 19 de marzo de 1742. Era descendiente en quinta generación del último inca, Túpac Amaru I, que había encabezado la rebelión de 1574 contra el Virrey Francisco de Toledo. Su nombre quiere decir «Serpiente resplandeciente».

Los incas llamaban con ese nombre a todos los hombres poderosos que infundían temor y respeto.

La hija del último inca, Clara Beatriz, se había casado con Martín García Loyola, sobrino de San Ignacio. De este matrimonio nació una hija que se desposó con un caballero, Juan Enríquez de Borja y Almanza. Esta dama había sido nombrada por el Rey como «Marquesa de Oropesa». Ella fue la bisabuela de José Gabriel. A pesar de sus oropeles y su cómoda situación económica (había heredado cocales en Carabaya, chacras en Tinta, minas en el sur del Alto Perú y centenares de mulas de carga para el transporte del mineral), José Gabriel Condorcanqui Noguera se alzó contra el poderío español.

En 1776, cuando se crea el Virreinato del Río de la Plata, Potosí –la ciudad más rica del mundo– pasa a estar bajo su jurisdicción. Fue entonces cuando el Virrey del Perú, privado de una de sus más importantes fuentes de ingresos, duplica los impuestos y cargas tributarias sobre los indios y los obliga a trabajar en las minas. A pesar de los reclamos escritos y verbales ante los corregidores, nadie fue escuchado. Dada su condición de jefe natural, José Gabriel Condorcanqui se convierte en Túpac Amaru II, rebelándose contra el poderío español. Apresa al corregidor Antonio Juan de Arriaga, quien había sido recientemente excomulgado por el obispo de Moscoso debido a su escandalosa administración. Sometido a juicio sumario, Arriaga fue ajusticiado.

Así comienza su gesta, liberando a los indios de las minas, los obrajes, los impuestos exagerados y las arbitrariedades de los corregidores. Tal fue el temor inspirado, que hasta la misma Corte madrileña daba todo por perdido en sus colonias del Perú y del Plata. Veinte mil hombres al mando de José Antonio de Areche se reunieron para enfrentar a los rebeldes, además de ofrecer 20.000 pesos de plata por todo informe que condujera al arresto del célebre Túpac Amaru II.

Al fracasar un nuevo ataque, Túpac Amaru II y los suyos debieron huir, pero fue traicionado por Francisco Santa Cruz, su compadre, que lo entregó prisionero a los españoles. El Inca fue sometido a las más variadas torturas. Los españoles, inspirados para la Inquisición, eran los más consumados maestros en el arte de arrancar confesiones aunque ni siquiera así lograron doblegarlo. Sus verdugos debieron reconocer su coraje al enfrentar los tormentos. Hasta de ellos se burlaba.

Condorcanqui fue condenado el 17 de marzo de 1781 a la muerte que todos conocemos. Antes debió presenciar la tortura y asesinato de su querida esposa, Micaela Bastidas, su hijo Hipólito, su cuñado Antonio Bastidas y su tío Francisco Túpac Amaru. Después de cortársele la lengua, Condorcanqui fue atado y tironeado por caballos atados a sus cuatro miembros. Tal fue el dolor, que el visitador Ordoñez, en un acto de piedad, ordenó cortarle la cabeza «para que no padeciese más aquel infeliz».

No contentos con lo hecho y dispuestos a desalentar todo intento subversivo, los cuerpos de los ejecutados fueron descuartizados y diseminados por todos los pueblos de la serranía, para recordar la suerte de aquellos que se atreviesen a levantar sus armas contra el poderío español.

Un documento detalla los destinos de las partes de los reos ajusticiados en la Plaza de Armas del Cuzco, el 18 de mayo de 1781.

Hacia Tinta fue:

La cabeza de José Gabriel Túpac Amaru.

Un brazo a Tungasuca.

Otro de Micaela Bastidas, también a Tungasuca.

Otro de Antonio Bastidas, a Pampamarca.

La cabeza de Hipólito, a Tungasuca.

Un brazo de Castelo, a Surimaná.

Otro a Pampamarca.

Otro de Verdejo, a Coparaque.

Otro a Sauri.

El resto de su cuerpo, a Tinta.

Un brazo a Tungasuca.

La cabeza de Francisco Túpac Amaru, a Pilpinto. Etcétera, etcétera.

Así Quispicanchi, Cusco, Carabaya, Azangaro, Lampa, Puno, Arequipa y otras ciudades del Altiplano se poblaron de brazos, cabezas, piernas y troncos de los ajusticiados. Silenciosos ejemplos de elocuentes sanciones.

El obispo de Buenos Aires desde el púlpito invitó al regocijo por la buena nueva: «¿Qué cristiano no se empeñará en tributar a Dios los más rendidos obsequios por habernos concedido un beneficio tan grande?»

Con el tiempo, los restos de Túpac Amaru II y su familia se desintegraron hasta volver a ser parte de los cerros y los valles que vibraron al paso de sus ejércitos de indios y mestizos luchando una vez más por la libertad de América, de ese modo Túpac Amaru se convirtió en un símbolo de confrontación y resistencia en esas tierras y en esas flores, en esos árboles y en el viento que canta entre las cimas donde sus cenizas han vuelto a la naturaleza y son libres para siempre.

Texto del libro «Trayectos póstumos» de Omar López Mato - Disponible en la tienda online de OLMO Ediciones.

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