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Las medallas desnudas: La muerte del general Junot

Cuando Napoleón sostenía que cada soldado llevaba en su mochila el bastón de mariscal, probablemente tenía en mente a Jean-Andoche Junot, duque de Abrantes, a quien conoció como soldado durante el sitio de Tolón. Junot llegó a general, pero no a mariscal, porque probablemente haya extraviado su mochila, además de su juicio y su decoro, entre otras cosas...

Cuentan que Bonaparte pidió los servicios de un subalterno para escribir sus órdenes durante el asedio del puerto de Tolón. Junot, por entonces sargento, se ofreció para dicha tarea. Cuando estaba por terminar el escrito, una bala de cañón cayó cerca de ambos y una gran polvareda se levantó, ensuciando al documento. “Bien, no tendré necesidad de arenillar este papel” (de esta forma secaban la tinta), dijo Junot con cierta ironía, impresionando al superior por su frialdad. Desde entonces se desempeñó como ayudante de campo del gran Corso, quien consideraba a Junot su “mano izquierda”, no por lo siniestro sino porque su mano derecha era Louis Alexandre Berthier.

Esa frialdad ante el peligro fue la perdición del impetuoso Junot, ya que recibió varias heridas en la cabeza que progresivamente lo convirtieron en un individuo más temperamental y menos juicioso. Lo apodaban “El general Tormenta”.

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Después de la campaña de Italia y Egipto, Junot se casó con Laura Permon, una joven corsa, quien años después escribrió unas interesantes memorias sobre esos días en los que fue amante de Napoleón y también de Metternich, el canciller austríaco. Evidentemente, madame Permon tenía una amplia perspectiva política ...

Junot fue nombrado gobernador de París, tarea en la que se destacó por pescar todos los días en el río Sena. Fueron tantos los desatinos en los que incurrió que Bonaparte lo destinó a Arras. Cuando Napoleón fue consagrado emperador, no incluyó a Junot entre los nuevos mariscales. Éste se creía acreedor de dicho ascenso, aunque Napoleón no pensase así. Cansado de sus conductas bizarras (Junot había destruido una casa de juegos porque había perdido una pequeña fortuna en la ruleta), lo envió a Portugal como embajador. Después de participar de la batalla de Austerlitz, fue destinado una vez más a París, como gobernador. Nuevos desatinos hicieron que Napoleón lo enviase a Portugal, en este caso no como embajador, sino al frente de un ejército invasor. Junot llegó a Lisboa justo a tiempo para ver partir las naves que llevaban a los Bragantes hacia Brasil. Al menos en esta oportunidad recibió el título de duque de Abrantes, mientras organizaba un harem para pasar el tiempo en Portugal de la mejor forma posible lejos de su esposa (quien también la pasaba muy bien en París sin extrañar a su marido). El nunca ungido mariscal, participó en el sitio de Zaragoza donde, una vez más fue herido.

Siempre dispuesto a volver a las órdenes de su idolatrado Napoleón, Junot se sumó a la campaña rusa en 1812, aunque su actuación mediocre le valió un nuevo alejamiento. Bonaparte lo sacó del servicio activo y lo envió como gobernador de lo que hoy es Croacia. Allí su conducta se hizo más errática, a punto tal de enviar un batallón a matar un ruiseñor que no lo dejaba dormir con su canto. El acto que precipitó su definitivo destierro de la corte napoleónica fue cuando organizó un baile en el Palacio de Dubrovnik. En la ocasión ingresó al salón luciendo solamente su morrión, su espada, sus condecoraciones, las 21 cicatrices que había ganado en cumplimiento del deber, y nada más. El general, el gobernador, el diplomático, no tenía nada que ocultar ante sus súbditos…

El informe de este escándalo conmovió a Napoleón, aunque solo confirmaba la sospecha de una demencia por trastornos neurológicos, dados los traumas craneanos. Era como uno de esos boxeadores habituados al Knock Out.

Junot fue enviado a casa de sus padres quienes no pudieron evitar que continuasen las automutilaciones. Finalmente, el 29 de julio de 1813 puso fin a sus días arrojándose desde una ventana, a días de cumplir 42 años.

Napoleón envió el duque de Rovigo para rescatar las 500 cartas que habían intercambiado a lo largo de 20 años, quizás los más ajetreados de la historia de Francia en los que Bonaparte asoló Europa al frente de una “deslumbrante galaxia de exquisitos canallas”, como llamó William Faulkner a los generales y mariscales de Napoleón…

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