PinturaDiego Velázquez | Spinola | España

"Las lanzas": Ambrosio Spinola, el vencedor de Breda y su ajetreada vida

Ambrosio Spinola Doria (1569 – 1630) era un noble italiano al servicio de España. Duque de Sesto, marqués de Balbases, y llegó a ser un Grande de España, después de haber vencido a los holandeses durante el Sitio de Breda, contienda que le ganó fama imperecedera, no tanto por el valor táctico de la conquista, sino porque fue inmortalizado por Diego Velázquez en su célebre pintura, "Las lanzas".

Allí se lo ve a Spinola luciendo una espléndida armadura toledana, y amablemente asistiendo al vencido príncipe de Nassau, a quien trata con respeto y consideración, propia de un magnánimo gentilhombre.

El cuadro eternizó el momento cuando se ven a los célebres tercios, que tantas glorias le dieron a España. Todos sostienen las lanzas que le confieren el nombre al cuadro. Atrás se ven las vecindades de Breda, destruidas por el acecho de estos soldados conducidos por el general genovés.

El mensaje de Diego Velázquez es muy claro, España puede ser hidalga y magnánima, pero también feroz y brutal cuando se resiste a su mandato. Spinola es el caballero que se comporta con dignidad, sostenido por la latente amenaza de las lanzas que pueblan el lienzo encargado a Velázquez para celebrar esta victoria.

las lanzas.jpeg

Sin embargo, y a pesar de la importante victoria del general, éste debió sufrir estrecheces económicas y desplantes por parte del favorito del Rey, el conde de Olivares. Spinola solventó los gastos del ejército que invadió Flandes de su propio peculio, porque la Corte española, siempre corta de efectivo, no le restituyó los gastos ni en tiempo ni en forma.

Esta escasez de medios lo obligó a enfrentarse, en más de una oportunidad, con la insubordinación de sus tropas, que pasaban meses sin cobrar.

Cuando Spinola fue nombrado general en jefe de las tropas en Flandes, abandonó las tácticas defensivas que hasta entonces tenían los españoles, e impuso la estrategia de llevar la guerra a territorio holandés, abasteciendo al ejército que él comandaba mediante expropiaciones y recaudación de impuestos, haciendo que el mantenimiento de las tropas imperiales se hiciese a costas de los holandeses, para evitar atrasos en los pagos de las tropas. El pillaje y las confiscaciones se pusieron a la orden del día.

La campaña de 1605 fue un éxito. Sin embargo, para iniciar la campaña que culminaría con la batalla de Breda, una vez más este Grande de España debió poner su fortuna en juego (que implicaba un gasto de más de dos millones de escudos). Como las erogaciones eran excesivas para ambos contendientes, se pudo llegar a acordar una tregua de doce años.

Después de andar de Francia a Praga, pasando por Bruselas y Aquisgrán, estalló una vez más la guerra en las Provincias Unidas, dispuestas a independizarse de España, que la asfixiaba con sus impuestos (casi la cuarta parte de los ingresos de todo el Imperio donde no se ponía el sol, venían de los Países Bajos).

Felipe IV de España trató de imponerse sobre estas díscolas provincias y puso una vez más al mando a Spinola, quien después de asediar Breda, logró la notable victoria, y la sumisión de Justino de Nassau. Sin embargo, no bastó esta hazaña para que le fuese devuelta la fortuna del genovés.

A pesar de sus logros (o deberíamos decir, por sus logros), el duque de Olivares lo reprendió por nimiedades y atrasó el desembolso de lo adeudado. La paciencia de Spinola Doria parecía infinita. El prestigio guerrero genovés permanecía inalterado, razón por la cual cuando estalló la guerra de sucesión de Mantua, el gobierno de España no dudó en nombrarlo gobernador del Milanesado. Sin embargo, una vez más la enemistad con Olivares provocó que se le privase de los medios para asegurar la conquista.

Resentida su salud y decepcionado por la derrota sufrida por su hijo Felipe, al ser vencido por los franceses, el general Ambrosio Spinola Doria, marqués de Balbases y Grande de España, no pudo soportar tantas desavenencias y entregó su alma al Señor; desde entonces es recordado como uno de los grandes comandantes que sirvieron al Imperio peninsular.

Si volvemos un instante al cuadro de Velázquez, verán que en un rincón de la obra hay un pequeño recuadro vacío, porque era el lugar donde el artista debía estampar su firma, sin embargo, permanece vacío porque Felipe IV jamás terminó de abonar los honorarios que reclamaba el pintor por eternizar las victorias de sus tropas.

Dejá tu comentario