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Las guerras carlistas

Después de haber traicionado a sus padres ante Napoleón, haber perdido gran parte del Imperio a manos de los ánimos independentistas de los criollos (que hubiesen aceptado con gusto compartir la soberanía con España a fin de ahorrar muertes y batallas) y haber hecho que ejércitos europeos invadiesen España con los Cien Mil Hijos de San Luis, Fernando VII, el Rey Felón, le tenía reservada una última infamia al Reino: dejó a su hija Isabel II en el trono gracias a la Pragmática Sanción.

Bien sabía que su hermano, Carlos María Isidro, esperaba su defunción para unirse decomo rey de España, pero no tuvo esa fortuna (es difícil hacer historia contrafáctica) y como buen Borbón “absolutamente absolutista”, reclamó el trono a su cuñada y regente, María Cristina.

Ésta, pronto llegó a un arreglo con los liberales, quienes la apoyaron a ella y su hija para hacerse del poder que Fernando les negó. Los seguidores de don Carlos, por el contrario, pertenecían al ala más conservadora de España, como el clero y el campesinado, quienes recelaban de las ideas innovadoras de liberales y masones.

Desde la muerte de Fernando VII, Carlos pretendió continuar el real mandato y comenzó las hostilidades contra las herederas de su hermano, iniciando la más sangrienta de las guerras civiles españolas del siglo XIX, la primera guerra carlista. Al grito de “Dios, Patria y Rey”, se plasmó la propuesta de don Carlos en el Manifiesto de Abrantes. Los primeros enfrentamientos le fueron adversos al carlismo y el general José Ramón Rodil fue comisionado por el trono para capturar al príncipe rebelde.

Rodeado por las fuerzas de Rodil y tropas del emperador Pedro I de Brasil (que entonces también era rey de Portugal), don Carlos no tuvo otra opción que refugiarse en un buque inglés y exiliarse en Londres. Algunos de sus más leales servidores, como el general Santos y el barón de Hervés, fueron capturados y fusilados. Este revés no fue obstáculo para que el germen carlista se diseminase por la península, especialmente en las provincias Vascongadas (de aquí se desprende que las maniobras separatistas de la ETA no respondían a los reclamos de sus ancestros).

Para julio de 1834, Carlos pisaba una vez más suelo español, después de haber huido de Inglaterra y atravesando Francia de incógnito (circunstancia que hace sospechar cierta complicidad de estos gobiernos). Carlos instaló su corte ambulante en distintas ciudades vascas y acompañó al ejército carlista, sin demostrar grandes dotes militares.

A lo largo de tres años, vagó por tierras catalanas y castellanas, llegando a amenazar Madrid en la llamada Expedición Real, pero la suerte le fue esquiva y la retirada desastrosa. Sin saber qué hacer, le echó la culpa a los comandantes de su ejército, reduciendo su séquito a un grupo de seguidores obsecuentes y complacientes que se dieron en llamar los “ojalateros”, porque cada frase que pronunciaban como excusa, comenzaba con un “ojalá esto, ojalá aquello” y siempre un ojalá.

Los celos, las suspicacias, y la desconfianza se diseminó entre sus seguidores a punto tal de ordenar el fusilamiento de tres de sus generales, sospechosos de traicionarle. El general Rafael Maroto, en quien Carlos había depositado su confianza, llegó a un arreglo con el general Baldomero Espartero, un devoto isabelino, dando por finalizada la contienda con su exilio a Francia. En 1845 abdicó a favor de su hijo Carlos Luis, quien adoptó el nombre de Carlos V y continuó con las pretensiones carlistas a la corona de España. De hecho, en un momento se pensó en casarlo con Isabel para poner fin a esta guerra dinástica. Como a Isabel la casaron con su otro primo, Francisco de Asís de Borbón, Carlos Luis instó a la lucha armada iniciando la segunda guerra carlista.

En 1850 los EEUU lo tentó con dar todo su apoyo para ser coronado Rey a cambio de Cuba. Carlos Luis rechazó la propuesta y poco después inició una nueva insurrección carlista. En 1860 intentó invadir a España al frente de 4.000 seguidores, pero fue capturado y debió jurar su abdicación del trono de España, cosa de la que se desdijo cuando fue liberado. Su hermano menor, quien se haría llamar Juan III, continuó con el reclamo de la corona. Uno de sus hijos, también llamado Carlos, siguió con las pretensiones carlistas iniciando la tercera guerra y reivindicando sus derechos a la corona de Francia.

El reclamo carlista se continuó hasta bien entrado el siglo XX, con distintos descendientes de esta rama hasta concluir con Francisco Javier de Borbón-Parma y Braganza. Este se puso al frente de las tropas carlistas durante la Guerra Civil Española, conocidas como Requetés, que llegaron a contar con 60.000 combatientes, participando en batallas como la del Ebro. Este nombre se debe a que, en 1833, los regimientos carlistas estaban en tal mal estado que un canto popular decía “Tápate soldado, tápate, que el culo se te ve”. Por asonancia le quedó “requetés”, nombre del que se mostraban orgullosos. Al entrar en batalla cantaban “Requeté, que se te ve” e invocaban al “Dios, Patria y Rey” (como lo habían hecho un siglo antes sus ancestros) mientras enarbolaban la Cruz de Borgoña.

Concluida la guerra civil española, el carlismo fue apagándose, quedando solo ese resabio amargo de las ridículas guerras entre hermanos.

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