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Las Doncellas de Hiroshima: a 76 años de la caída de la bomba

El 6 de agosto de 1945 a las 08:15, el infierno abrió sus puertas sobre la ciudad japonesa. Ese día, caía la primera bomba atómica arrojada sobre una ciudad.

En unos segundos, el cemento y el acero se derritieron y un calor insoportable abrasó el cuerpo de miles de personas. De un momento a otro, los habitantes de Hiroshima vivieron el rigor de una guerra lejana que ese día estalló con impensada violencia en sus hogares, en sus escuelas y sus comercios.

La temperatura subió bruscamente y un viento furioso los arrastró hacia su destino. Muchos murieron sin saber cómo ni por qué, pero los que sobrevivieron, hablan de una sensación de fuego y la percepción de que su piel se derretía, además del dolor por las heridas causadas por vidrios y esquirlas diseminadas con la fuerza de un huracán.

La triste historia de las jóvenes estudiantes

Los japoneses jamás pensaron que los americanos se atreverían a tanto. Sospechaban que arrojarían bombas incendiarias como había pasado con Dresde y otras ciudades alemanas, y por eso unas jóvenes estudiantes que estaban a las afueras de la ciudad cuando cayó la bomba habían sido destinadas a mantener despejadas las vías de acceso de las autobombas y fuentes de agua.

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El Centro de Exhibiciones de Hiroshima antes y después de la explosión  nuclear. Fue uno de los pocos edificios que perduran hasta nuestros  días.
El Centro de Exhibiciones de Hiroshima antes y después de la explosión nuclear. Fue uno de los pocos edificios que perduran hasta nuestros días.

Todas sufrieron quemaduras de consideración y quedaron desfiguradas por la irradiación. A medida que crecieron, se creó un fuerte vínculo entre estas jóvenes que se sintieron aisladas por sus deformidades. Las conocían como “chicas queloide”, por las exuberantes cicatrices que se formaron sobre sus heridas. El reverendo Tanimoto las reunía para leer la Biblia. Necesitaban un grupo de pertenencia para soportar el dolor y la segregación.

Muchos murieron sin saber cómo ni por qué, pero los que sobrevivieron, hablan de una sensación de fuego y la percepción de que su piel se derretía.

La historia de estas jóvenes se difundió gracias a Norman Cousins, un pacifista que había formado grupos de protesta por el uso de armas nucleares. Todos los norteamericanos podían ver la secuela de las radiaciones.

Cousins logró el apoyo de los directores del Mount Sinai Hospital en 1955 y llevó desde Japón a estas 25 doncellas a hospedarse en hogares de New York mientras eran sometidas a tratamientos y cirugías en dicho hospital. Se realizaron más de 135 operaciones para la recuperación de estas jóvenes.

Michiko Yamaoka, que llegó a EE.UU. sin poder mover sus manos, fue capaz de escribir una carta de agradecimiento cuando regresó a Japón. El odio que sentían cuando llegaron a territorio norteamericano se convirtió en reconciliación, que se evidenció cuando en el show televisivo “Esta es tu vida” (This is Your Life) conocieron a Robert A. Lewis, el hombre que capitaneaba el Enola Gay al arrojar la bomba sobre Hiroshima. Ninguna expresó su enojo y cuando le preguntaron a Lewis qué sintió al cumplir su misión se limitó a decir lo que pensó en ese instante: “Dios mío, qué hemos hecho”.

Compromiso pacifista

Estas son solos unas pocas historias dentro de las miles de personas afectadas por la explosión nuclear. Más de 135 mil japoneses murieron o enfermaron a raíz de las quemaduras y radiaciones recibidas en Hiroshima; 75 mil más en Nagasaki.

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Los bombardeos en Hiroshima y Nagasaki en 1945 - Infografía: AFP
Los bombardeos en Hiroshima y Nagasaki en 1945 - Infografía: AFP

Desde entonces, solo en Estados Unidos se han acumulado más de 4 mil cabezas nucleares, mucho más poderosas que las que cayeron sobre las ciudades orientales. Los japoneses han desarrollado un poderoso compromiso pacifista. Ante la constante amenaza atómica de Corea del Norte, más del 45% de la población se opone al desarrollo de armas nucleares, aun con fines defensivos o disuasorios, aunque no se sabe qué hubiesen opinado las 25 doncellas porque todas ya han muerto.

Lewis, por su lado, dejó el ejército, escribió sus memorias sobre ese día nefasto y con el tiempo se dedicó a la escultura. Una de sus obras se llama “El viento de Dios sobre Hiroshima” y es ese hongo nuclear que pudo ver cuándo el Enola Gay dejaba atrás a Hiroshima, a sus muertos y el dolor. Lewis murió de un ataque al corazón en 1983.

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