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Las desgracias de Viktor Frankl

A casi tres décadas de su desaparición, aplicar un ojo crítico sobre la obra y vida de Viktor Frankl, famoso estudioso austríaco del psicoanálisis y sobreviviente del Holocausto, permite ver bajo una luz completamente nueva las luces y sombras detrás de la carrera de uno de los pensadores más famosos de nuestro tiempo.

El nombre Viktor Frankl, afamado psicólogo austríaco y sobreviviente del Holocausto, naturalmente tiene resonancias míticas en nuestros días. Para muchos, es simplemente el autor de un famosísimo libro testimonial sobre los horrores de su cautiverio: El hombre en busca del sentido. Para otros, fue el fundador de la “tercera escuela” austríaca del psicoanálisis y, con su logoterapia, habilitó una nueva forma de entender las motivaciones humanas a partir del deseo de los individuos por dar sentido a su vida. Hay una tercera visión, sin embargo, que se distancia de aquellas y adopta una mirada más crítica para entenderlo por fuera de su mito.

Este punto de vista, más que buscar polemizar de forma gratuita, tiene su valor en tanto que nos permite acercarnos a Frankl simplemente como un hombre. Alguien que, lejos de la imagen casi inimitable que él contribuyó a forjar de sí mismo como un héroe de la resiliencia y el positivismo, a veces fue egoísta e hizo cosas reprochables en nombre de su progreso personal.

Para entender a este Frankl hay que remontarse, primero, a un período previo a la guerra. Para cuando ésta había comenzado, él, nacido en 1905, ya era un nombre de peso en el mundo del psicoanálisis. Para esa altura él había tenido sus primeros éxitos en sus esfuerzos para disminuir el suicidio adolescente y femenino, había polemizado con grandes nombres como Sigmund Freud o Alfred Adler, y empezaba a preparar un manuscrito de un libro que quería ser una superación de todas las teorías conocidas en el campo psicoanalítico. Este incipiente desarrollo de lo que luego popularizaría como logoterapia, sin embargo, tuvo orígenes deshonrosos en tanto que Frankl dio a conocer sus teorías por primera vez en una publicación del Instituto Goering, controlado y financiado por los nazis. Este acto, sumado a sus contribuciones laborales para la institución, es algo que él y varios de sus biógrafos luego omitieron de su historia de vida, lo que nos permite especular con la existencia de una cierta vergüenza. Naturalmente, con una gran dosis de inocencia y con el deseo de sobrevivir y seguir creciendo profesionalmente, el acto en sí no es del todo llamativo, pero sus experiencias inmediatamente posteriores echan una luz bastante más negativa sobre el hecho.

Se sabe que, prometedor como era, Frankl tenía una consulta privada que, por ser judío, debió eventualmente cerrar en el contexto de represión que siguió a la llegada de los nazis con la anexión de Austria a Alemania en 1938. A pesar de las limitaciones, en 1940 logró ser nombrado director de la sección de Neurología del Hospital de Rothschild, exclusivo para la población judía. En los dos años que ejerció allí, como él mismo admitió recién en 1995, con nula formación en neurocirugía y sin el consentimiento de los pacientes, se hizo de un permiso para realizar lobotomías y experimentar introduciendo anfetaminas directamente en el cerebro de personas que habían intentado suicidarse para escapar a la deportación. Como bien explica el historiador Timothy Pytell, el acto, más allá de lo éticamente dudoso, no llama la atención si se tiene en cuenta el interés por Frankl en la prevención del suicidio y el hecho de que la práctica de salvar a un suicida en circunstancias normales es parte del compromiso que un médico asume al tomar el Juramento Hipocrático. Pytell, sin embargo, argumenta que “en las circunstancias de la ocupación nazi, en un hospital judío bajo control nazi, estas operaciones experimentales conducidas en personas que habían elegido el suicidio para evitar su calvario resultan moralmente cuestionable en varios niveles”. Fuera o no a consciencia, en los dos años que Frankl realizó estos experimentos él eligió alinearse con la política de los opresores y negar a muchos de los judíos rebelarse contra esta autoridad y decidir, a través de uno de los pocos actos que tenían a su disposición, su propio destino. El hecho, además, adquiere ribetes más complejos hacia el interior de la comunidad médica si se tiene en cuenta que en lugares como Berlín, por ejemplo, según la investigación de Konrad Kwiet, en la misma situación los doctores estaban tomando la decisión de dejar morir a los suicidas o, incluso, de facilitarles los métodos para asegurarse de que se cumpliera su voluntad.

De todos modos, por más que su accionar fuera útil a los nazis, eso no salvó a Frankl del antisemitismo rampante. Después de todo, era un judío en la Viena de 1942. A diferencia de sus hermanos que habían ensayado una huida (una con éxito, el otro sin), tras pensarlo mucho, él dejó que se le venciera una visa para partir a Estados Unidos y tomó la decisión de quedarse con sus padres y con su flamante mujer, Tilly Grossner, en Austria.

Sólo unas semanas después, el 25 de septiembre de 1942, sucedió lo esperado: Él y su familia fueron trasladados al “gueto privilegiado” de Theresienstadt. En este lugar, que a pesar de su propuesta parecía más un campo de concentración que un barrio, Frankl experimentó la primer gran tragedia de la muerte de su padre, ya para ese entonces desnutrido y padeciendo una enfermedad respiratoria. Según parece, sin embargo, aún en estas condiciones él continuó su trabajo y estuvo involucrado en el hospital psiquiátrico del lugar. Allí realizando tareas de lo que los nazis denominaban “higiene psíquica”, adoptó una vez más una posición ambigua ya que, en nombre de la vida, ayudó a los habitantes del lugar a lidiar con la cruda realidad, evitó suicidios y, a la vez, resultó útil para mantener el orden impuesto por los opresores.

A finales de 1944, igualmente, la situación cambió cuando las autoridades decidieron paliar la sobrepoblación de Theresienstadt organizando traslados semanales a Auschwitz. Frankl y su mujer fueron trasladados el 19 de octubre de 1944 y separados al llegar. Su madre, según luego se enteró, fue llevada cuatro días después.

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Aunque leyendo sobre sus experiencias dé la impresión de que Frankl pasó varios meses en Auschwitz, en 1991 confesó en una entrevista que sólo había estado “tres o cuatro días” horrendos antes de ser trasladado a Kaufering III, un campo en Baviera, al que de hecho llegó el 25 de octubre. Este punto, él más álgido de su trayecto, fue obligado a cavar zanjas por un tiempo hasta que enfermó. Logró ser reconocido como médico y enviado al pabellón de tifus en Türkheim el 8 de marzo de 1945. Allí, mientras hacía el triple trabajo de recuperarse, atender a pacientes y empezar a reescribir en pedacitos de papel el manuscrito del libro que le había sido arrebatado en Auschwitz, pasó los últimos días de su cautiverio hasta que el 27 de abril, día en que fue liberado.

Este día, de todos modos, no fue un momento de felicidad pura. Frankl pasó un tiempo trabajando como doctor en jefe en el hospital de personas desplazadas de Bad-Wörrishofen, Baviera, y, luego de enterarse de la muerte de su madre en Birkenau y de la de su esposa embarazada en Bergen-Belsen, entró ilegalmente a Viena en agosto de 1945. Destrozado, solo, sin dinero y sin un lugar al cual ir a parar, tomó las ruinas de su vida y empezó a armarla de nuevo.

A partir de aquí, con gran dificultad, esfuerzo y suerte, las cosas lentamente mejoraron. El manuscrito de Psicoanálisis y existencialismo quedó terminado rápidamente y, con tres ediciones en un año, se transformó en un éxito. Por intermedio de un colega, consiguió un trabajo como neurólogo en el Hospital General Policlínico, con el que pudo alquilar una habitación y sobrevivir, y además conoció a Eleonore Katharina Schwindt, una enfermera con la que se casaría en 1947.

En este momento, también, famosamente buscó hacer catarsis y durante nueve días les dictó a tres mujeres distintas que trabajaban por turno toda la historia de su calvario. Para 1946, el resultado se publicó con el nombre de Ein Psychologe erlebt das Konzentrationslager (“Un picólogo experimenta el Campo de Concentración”), un libro que pasó bastante desapercibido hasta que fue reeditado en 1961 en Estados Unidos con el nombre de El hombre en busca del sentido.

De ahí en más, su prestigio comenzó a acrecentarse, publicó una treintena de libros, hizo apariciones públicas y se fue volviendo famoso en todo el mundo. Sin dudas Frankl hizo un gran trabajo a la hora de dar cuenta de las atrocidades del Holocausto y, aunque algunos teóricos critiquen las categorías que empleó para dar cuenta del estado mental de los prisioneros, es imposible cuestionar el impacto que tuvo.

Las cuestiones del pasado, igualmente, jamás se resolvieron por completo y se fue privilegiando esa imagen impoluta que hoy nos resulta tan conocida de Frankl. Según Pytell, parte de este triunfo se debe, en Estados Unidos, especialmente, a que su visión heroica del Holocausto fue extremadamente bien recibida y se naturalizó la idea de que sus teorías habían emanado de sus experiencias traumáticas. En Austria, por su parte, es posible ver una actitud más ambigua que permite hacer un paralelismo entre la incapacidad del país y la del psicólogo por lidiar con sus propios pasados. En ambos casos, se buscó exaltar la idea de la reconciliación y, mientras Austria se asumía tramposamente como “primera víctima” del nazismo, Frankl se esforzó por distanciarse de la idea de “culpa colectiva”, señalando que el mal no era privilegio de un solo bando.

En definitiva, Frankl calló sobre sus experiencias más polémicas hasta el final de su vida y, probablemente, lo hizo como forma de inscribirse en esa narrativa de conciliación que el contexto le ofreció. Para cuando murió el 2 de septiembre de 1992 él ya era una eminencia y, como atestiguan los obituarios celebratorios, había poco que pudiera sacarlo de su lugar.

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