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Las catacumbas de París

La catacumba más grande que existe no se encuentra en Roma, sino en París. Es el llamado “Imperio de la Muerte”, donde millones de cráneos, fémures y tibias forman los más tétricos dibujos a lo largo de su extenso recorrido.

En París, como todas las antiguas ciudades cristianas, existía la costumbre de enterrar a sus muertos dentro o alrededor de sus templos. Hacia el año 885, la iglesia de Sainte-Opportune (Santa Oportuna, abadesa del monasterio benedictino de Montreuil) recibió las osamentas de las parroquias ubicadas en el margen derecho del Sena. Con este aporte, se fue conformando el cementerio de los Santos Inocentes, en pleno centro de París. Como este lugar carecía de murallas, el cementerio era sitio de furtivos encuentros entre mujeres de la vida y sus clientes. Recién en 1186, el rey Philippe-Auguste hizo construir un alto muro para evitar estos espectáculos poco edificantes. En el Santos Inocentes recalaban los difuntos de la parroquia, los del hospital vecino y los de todas las parroquias de París que no tenían cementerio propio. En 1780, su suelo se había elevado casi tres metros sobre el vecindario. Su existencia se convirtió en una amenaza para la salud pública, ya que diseminaba pestes y enfermedades que, a su vez, engrosaban la población perpetua del cementerio. La presión de la multitud de muertos que allí tenían un apretado reposo llegó a tal punto que, el 30 de mayo de 1780, sus paredes cedieron y miles de cadáveres quedaron expuestos en las calles de París.

Los gobernantes no tuvieron más remedio que admitir que la Ciudad de la Luz era un tenebroso cementerio: ya tenía más muertos que vivos entre sus habitantes. Algo debía hacerse a la brevedad. Y, según cuentan, el prefecto de la Policía de París, un tal monsieur Lenoir, planteó a los ediles una alternativa subterránea para resolver este conflicto entre vivos y muertos. Era menester abrir catacumbas para albergar a los difuntos dispersos por la ciudad. Proyecto semejante había sido discutido en Londres para lidiar con el mismo problema, pero sin que allí accediesen a esta solución. Las autoridades eclesiásticas francesas se entusiasmaron con la idea de abrir estas catacumbas, que le otorgaba a su diócesis una jerarquía cercana a la romana.

El lugar elegido para esta fúnebre mudanza pertenecía a la comunidad de San Juan de Letrán. Allí existía una caverna donde los caballeros templarios acostumbraban guardar sus pertenencias. Cercano a esta, se dejó un espacio donde poder guardar los monumentos funerarios de las grandes familias (al que se llamó Tombe-Issoire).

En los últimos meses de 1785, comenzó el traslado de las osamentas hacia las catacumbas. Procesiones desde distintas parroquias y el cementerio de los Santos Inocentes peregrinaban hacia ese lugar todas las noches. Millones de huesos eran transportados en carros precedidos por religiosos que entonaban salmos a la luz de las antorchas. Una vez llegados a la actual Place Denfert-Rochereau, los huesos eran meticulosamente apilados. Suponemos que la asiduidad amenguó la solemnidad del espectáculo.

Hasta 1860, se continuó alimentando este osario con huesos extraídos de diversos enterratorios. En total, diecisiete cementerios, ciento cuarenta y cinco comunidades religiosas y ciento sesenta lugares de culto aportaron con generosidad osamentas de todo tamaño y contextura. La catacumba parisina está compuesta por infinidad de caminos laberínticos y los diseños de sus paredes están hechos con millones de huesos. En cada corredor, se aclara el lugar de procedencia de las piezas que allí reposan, que suman más de seis millones de cuerpos, todos ellos esperando pacientemente reunirse con sus respectivas almas el día del Juicio Final.

Teóricamente, en sus corredores se encuentran los huesos de Mansart, Lavoisier, madame Corday[1] –la asesina de Marat–, Rabelais, Montesquieu, Danton y Robespierre, sin que nadie pueda precisar a quién pertenece cada hueso. La muerte igualadora no hace distinciones de origen, genio o fortuna.

Fue un hombre del primer Imperio quien, bajo la influencia egipcia, reordenó las osamentas y las dispuso artísticamente a lo largo de las galerías. Su nombre, Héricart de Thury. Entre 1810 y 1811, impuso una estética mortuoria que persiste hasta nuestros días. Thury creó además dos gabinetes: uno consagrado a la mineralogía y otro a la osteología, donde se acumulan las patologías de huesos anómalos, detectadas durante los traslados. También se guarda una escultura en hueso realizada por un tal Decure, personaje que trabajó en las catacumbas y, después de muerto, aportó su propia osamenta a este museo de huesos.

Lugar tan macabro ejerció y ejerce una morbosa atracción. El visitante debe bajar varios pisos hasta acceder a un túnel donde lo recibe el epígrafe del poeta Jacques Delille: “¡Detente! Aquí está el Imperio de la Muerte”. Desde hace varios años, periódicamente, se organizan visitas por sus corredores.

La paz de este cementerio fue quebrada durante las revueltas de 1871, librándose allí verdaderas batallas subterráneas que también contribuyeron con más osamentas para sus pasadizos.

En 1897 se organizó un festival musical en la Rotonda de las Tibias, donde una orquesta ejecutó algunas conocidas melodías funerarias como la “Marcha” de Chopin, la “Danza Macabra” de Saint-Saëns, y la “Marcha Fúnebre” de la Sinfonía heroica de Beethoven.

No todo es muerte en las catacumbas ya que, en la pileta subterránea llamada Fuente de la Samaritana, se crían carpas que, por la falta de luz, están ciegas.

Hasta 1972, la visita se hacía bajo la incierta luz de las antorchas. Desde ese año, algunos trayectos fueron provistos de electricidad, para evitar que algún desprevenido se extraviara y pasara a integrar las amplias filas de los que ya no están (mejor dicho, de los que allí descansan).

A la entrada de estas catacumbas se leen unos versos de Gilbert.

Nul ne viendra versers des pleurs

Au Banquet de la vie infortuné convive

J’apparus un tour, et je meurs

Je meurs, et sur ma tombe ou lentement j’arrive

* * *

Nadie vendrá a derramar sus lagrimas

Que conviven con el banquete de la vida desafortunada

Yo termino mi viaje y muero

Y muero sobre la tumba a la que lentamente arribo

Buenos Aires, al igual que París, tuvo que realizar sus traslados póstumos colectivos cuando se inauguró el cementerio de La Recoleta en 1822. Entonces, el gobierno ordenó la exhumación de los cadáveres enterrados dentro de las iglesias y de los camposantos aledaños para ser transportados al nuevo Cementerio del Norte. En esa ocasión, varias familias tuvieron la insólita oportunidad de conocer a parientes muertos u ofrecer un último e inesperado adiós a familiares y amigos que hacía tiempo no veían, ni pensaban volver a ver.

[1]. En realidad le falta la cabeza a esta dama. Su cráneo terminó en manos del príncipe Roland Bonaparte por su curiosidad frenológica. En 1966 se lo exhibió junto a la máscara mortuoria de Marat. Asesina y víctima volvieron a reunirse ciento cincuenta años más tarde.

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