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Las brujas de Salem

Entre 1692 y 1693 en el pequeño pueblo de Salem, Massachusetts, ocho mujeres fueron acusadas de brujería por sus vecinos, en medio de grandes discusiones, juicios y una efervescencia pública que hacía que todos fueran sospechosos. Para mayo del 1693, catorce mujeres, cinco hombres y dos perros habían sido ejecutados, acusados de hacer tratos con el Maligno.

Esta es la cronología de los hechos y las explicaciones de cómo se puede llegar a situaciones de delirio colectivo, como aconteció en este pueblo de pescadores, cuyo origen etimológico, curiosamente es la palabra hebrea Shalom, que quiere decir Paz.

Desde 1626 se habían instalado en esta parte de la costa de Nueva Inglaterra, colonizadores de origen puritano, congregacionistas que creían en la Iglesia de Inglaterra. Temerosos de Dios, generalmente bien educados, querían convertir a Nueva Inglaterra en un ejemplo para el mundo.

Samuel Parris, el ministro de Salem, había señalado que sus pobladores eran codiciosos y no respetaban los principios puritanos. Sus críticas habían creado cierta tensión en la población. La mayoría no creía merecer dicha recriminación. Fue justamente su hija, Elizabeth Parris, y una de sus sobrinas, Abigail Williams, además de su amiga, Ann Putnam quienes empezaron a experimentar excitación psicomotriz, delirios y conductas extrañas.

El médico del pueblo, ante la falta de una explicación plausible a estos males sugirió que las jóvenes estaban bajo la influencia de Satanás.

En la casa de los Parris servía una mujer de color (algunos dicen que era mulata, otros hablan de una aborigen americana) llamada Tituba, que contaba a las niñas historias de magia negra y pactos diabólicos.

Ante el estado de las jóvenes, Tituba hizo una «Torta de bruja» a base de centeno, con la esperanza que ellas pudiesen revelar quien las había embrujado. Como el cuadro clínico empeoró, las jóvenes acusaron a Tituba, Sarah Good y Sarah Osburn de haber sido ellas las culpables. Desde 1641 la ley inglesa consideraba a los actos de brujería como un delito capital; bajo estos cargos fueron apresadas.

Cuando los jueces Hathorne y Corwin examinaron a las mujeres, Tituba confesó practicar magia negra, como muchas otras personas del lugar. Esto desató una cacería de brujas, hubo acusaciones cruzadas, a punto tal que Doras Good (de tres años), la hija de Sarah que ya estaba presa, fue acusada de brujería. Por lo menos veinte mujeres y seis hombres fueron examinados por los jueces, acusados de este y otros cargos. Las confesiones (extraídas bajo tortura), las desmentidas y los testimonios contradictorios se multiplicaban, comprometiendo a varios miembros de algunas familias. Ante el cariz de los acontecimientos, el gobernador Phips ordenó la formación de una corte especial para estudiar a los acusados.

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La primera condenada fue Bridget Bishop en junio de 1692 y colgada el 10 de junio, una semana después murió Roger Toothaker en prisión.

El hecho que se conmemoren los juicios el 19 de julio, se debe a que en esa fecha cinco mujeres fueron ejecutadas por orden de los jueces.

Los juicios, las torturas y las ejecuciones se sucedieron hasta el 22 de septiembre, día en que se llevaron a cabo las últimas ejecuciones y el gobernador disolvió la comisión que había llevado adelante las investigaciones. En enero de 1693, cuarenta y nueve de los cincuenta y dos acusados de brujería fueron liberados por haber sido arrestados bajo evidencia circunstancial. En mayo el gobernador liberó a los otros acusados.

En 1697 la Corte de Nueva Inglaterra ordenó un día de ayuno y abstinencia en honor a las víctimas de los juicios y el juez Samuel Sewall pidió públicas disculpas por su intervención. En 1702 la corte declaró a los juicios ilegales, rehabilitó el buen nombre y honor de las víctimas, e indemnizó a los descendientes con £ 600. En agosto de 1992 se construyó el Memorial de los Juicios de Salem, con bancos de piedra que llevan inscriptos los nombres de las víctimas. Allí se dejan flores, una forma poética de reparar lo irreparable.

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Piedra conmemorativa de Sarah Good.
Piedra conmemorativa de Sarah Good.
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Las causas que llevaron a este drama

¿Cómo se explican esta locura, este delirio colectivo? Es difícil dilucidar cómo en algún momento la mente de varios individuos dentro de un grupo parece aunarse en conductas irracionales. En este caso, el mismo puritanismo favorecía la creencia de fenómenos anormales, la brujería y veía como pecaminoso e incorrecto todo lo que se apartase del dogma más estricto. De hecho, fue el mismo Parris quien comenzó con una prédica que apuntaba a los pecados de la comunidad como causa del «enojo de Dios». No resulta extraño que en el seno de su familia se diese el germen de esta persecución, con su hija y sobrina, atentas a los relatos fantasiosos de su esclava.

En esos años en Nueva Inglaterra se estaba viviendo una «pequeña Era de hielo», con un frío inusual y el consiguiente fracaso en las cosechas. Tales condiciones asistían a hacer creíble que el Todopoderoso los estaba castigando.

Algunos investigadores han querido ver también un factor biológico, la posibilidad de una intoxicación masiva, como se había atribuido años antes al «ergotismo» que llevaba al mal danzante o baile de San Vitto (ver La extraña plaga del baile en 1518).

El centeno que sembraban para hacer pan puede infectarse por un hongo, el claviceps purpurea (o cornezuelo del centeno) que produce excitación, convulsiones y delirio. También se lo conoce como el fuego de San Antonio por la presencia de ergotamina, una sustancia relacionada con el ácido lisérgico, que llega a ocasionar gangrena en las extremidades.

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¿Puede haber existido esta contaminación colectiva?

Este fenómeno se había observado entre los peregrinos a Santiago de Compostela y el claviceps haya sido responsable de los episodios de las hostias sangrantes.

Queda el ergotismo como una posibilidad plausible para explicar, al menos una parte de este delirio colectivo (recordemos que la «torta de brujas» que hizo Tituba para esclarecer cual era la bruja que había desencadenado el mal en las niñas, era de centeno).

Sin embargo, las explicaciones otorgadas por la bibliografía sobre este tema, que se ha convertido en un clásico de la cultura americana, impulsado por los libros y películas, se encargan de señalar el aburrimiento de estas niñas, como causa desencadenante. Mientras que los varones podían trabajar con sus padres, cazar o educarse, la posibilidad de distracción de las niñas era muy limitado, más en un ambiente constrito como el hogar del Reverendo Parris, con un clima hostil como el que azotaba en esos tiempos a Nueva Inglaterra.

Las historias de Tituba se asentaron en el fértil terreno de las mentes de estas niñas, agobiadas por el tedio.

¿Cuántos episodios perturbadores podemos atribuir al aburrimiento de mentes febriles? ¿Hasta qué punto el aburrimiento no es un motor sociológico que nos persigue hasta nuestros días?

Años después, éstas niñas confesaron las inconsistencias de sus declaraciones, pero ya era tarde, el mal estaba hecho, y quedó como un testimonio histórico sobre los alcances que pueden llegar a tener relatos improbables que resuenan en una sociedad convulsionada.

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