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Las amapolas malditas

La Guerra del Opio o Guerra Anglo-china es un conflicto que, por más que suene raro, tiene un lugar en la historiografía argentina. Es normal que en el discurso nacionalista tienda a aparecer mencionada, junto a los episodios de Vuelta de Obligado, como una clara muestra del accionar del Imperialismo británico. Si bien hay elementos comunes, igualar estos conflictos es caer en una burda simplificación. La Guerra del Opio es un episodio que requiere especial consideración y que se distingue por una serie de características propias, algunas de las cuales siguen resonando al día de hoy.

China y el opio

Aunque la historia oficial en China insista en que los ingleses introdujeron el opio en ese país para dominar a la población, vale la pena recordar que el problema de China con el opio venía desde hacía varios siglos. La primera mención de su consumo data del siglo VIII y, a pesar de su prohibición, para inicios del 1800 ya estaba claro que su uso se había generalizado. Este precedente fue lo que permitió a los miembros del lobby del opio británico decir, en su defensa, que ellos no habían generado la adicción, sino que sus mercaderes no hacían más que satisfacer una demanda que ya existía.

Sin detenerse demasiado en lo moralmente reprochable de este comentario, quizá sea más importante preguntarse por qué los ingleses insistían tanto con el opio. ¿Realmente buscaban subyugar al pueblo chino introduciendo el narcótico? Un rápido análisis sobre la situación demuestra que esta no era la idea de base, sino que la motivación principal de los británicos consistía en lograr equilibrar su balanza comercial. La realidad, bastante más mundana, es que desde hacía años Gran Bretaña estaba comprando productos chinos como el té, la seda o la porcelana en grandes cantidades, pero en China no había mercado para los productos ingleses. Eventualmente, descubrieron que lo único que los ingleses tenían que los chinos realmente querían era el opio producido con las amapolas de la India británica. A inicios del 1800 el comercio del narcótico comenzó a florecer, lo que produjo una gran multiplicación de la oferta. El precio del opio bajó y el hábito comenzó así a esparcirse entre las clases medias y bajas, que le daban tanto usos médicos como recreativos.

Frente a la extensión del consumo, el gobierno chino empezó a prestar atención, no tanto por considerarlo un problema de salud, sino especialmente porque temían que la droga trajera aparejado el relajamiento del control social y, por lo tanto, la insubordinación. A este temor se sumaba el hecho que China estaba entrando lentamente en una crisis financiera que, se creyó en el momento, era producida por el gasto masivo que significaba el opio, algo que lógicamente ayudó a su demonización en los altos círculos de la dinastía Qing. Luego la historia se encargaría de probar que la crisis financiera se estaba produciendo en una escala mundial, por la disminución en la producción de plata en el contexto de los movimientos independentistas en Sudamérica, pero a mediados del siglo XIX casi todos consideraban que el opio era el culpable.

Daoguang, el emperador, tomó la decisión de cortar el problema de raíz y le asignó la misión a Lin Zexu, funcionario históricamente leal y con fama de incorruptible. En marzo de 1839 Lin llegó a Cantón –el puerto comercial donde estaban todos los mercaderes británicos– y ordenó el decomiso de la totalidad del opio para su posterior destrucción.

El problema de Charles Elliot

A esta altura del conflicto resulta increíble ver que en todo este proceso se había prestado especial atención al problema del opio y a su solución, sin siquiera detenerse a pensar en cómo iban a reaccionar los ingleses, principales proveedores de la droga.

Cuando Lin empezó su cruzada contra el opio, los comerciantes británicos de Cantón entraron en pánico y Charles Elliot, el ministro plenipotenciario británico en China, fue alertado sobre la situación. Uno de los tantos problema de Elliot –además de desaprobar el comercio del opio– era que, al ser una actividad ilegal, ésta excedía sus competencias y no podía intervenir de ninguna forma para regularlo. Sin embargo, como representante de la corona, su rol requería que intercediera en favor de los intereses británicos.

Lo que sucedió, no obstante, fue completamente inesperado. El 27 de marzo de 1839, tres días después que las fuerzas chinas sitiaran Cantón para evitar que el comercio continuara, Elliot dedujo que la negociación con Lin Zexu era imposible. En un desesperado intento de actuar en defensa de sus compatriotas, accedió a darle a Lin 20.283 cofres de opio, y en la misma orden, prometió a los comerciantes que la Corona británica cubriría los costos de la mercadería decomisada. Ese simple accionar, motivado también en parte por la frustración de Charles Elliot al no poder intervenir formalmente en el comercio del narcótico, transformó la situación de un conflicto comercial a una problemática de Estado.

Una declaración de guerra

Para el momento en el que las noticias llegaron a Inglaterra –unos seis meses después en este mundo en el que todavía no existía el telégrafo–, el insulto a la dignidad nacional que Charles Elliot esgrimió como excusa para actuar no fue tan importante como el prospecto de que la corona tuviera que desembolsar dos millones de libras esterlinas para el pago del opio expropiado.

Esto por sí solo no era un problema que ameritara un conflicto, y precisamente por eso es que se desarrolló un discurso alternativo con el objeto de ganar apoyo para una declaración de guerra. A fines de 1839 e inicios de 1840 ya se pintaba a China como un imperio anticuado –una especie de momia, rígida y empolvada–, y como una nación que sufría un complejo de superioridad. El peor pecado, siguiendo esta lógica, no era tanto la antigüedad y rigidez del imperio, sino que no estaba dispuesto a abrirse y aprender de las bondades que la conexión con Occidente podía proveerle.

A pesar de existir una fuerte oposición, que consideraba indigno entrar a la fuerza para vender un narcótico, el gobierno y la opinión pública inglesa se dejaron seducir en parte por este discurso. Lo cierto es que preponderaba la noción de que había que hacer algo, aún más después de ver cómo el gobierno ya había desprotegido en 1838 los intereses británicos en lugares como Argentina (Combate de Martín García) y México (Guerra de los Pasteles). China parecía ser una buena opción para satisfacer este deseo.

Lo que siguió fue una innecesariamente larga y predecible guerra que, dado el lamentable estado del Ejército chino, estuvo repleta de victorias británicas. La brecha tecnológica que separaba ambos bandos era enorme y, si bien las tropas chinas contaban con amplia superioridad numérica, no fue fácil lograr una ventaja. No sólo era un problema que las tropas estuvieran viniendo de rincones lejanos del imperio, desmotivadas y mal preparadas, sino que además era difícil evitar que la mayoría de los soldados huyera cuando veían cómo el Nemesis, el primer acorazado de la Armada británica, se abría paso a cañonazos. A esta problemática se podría agregar otra que complicaba aún más las cosas: la cultural. De acuerdo a algunos testimonios de soldados británicos, era común ofrecer clemencia a cambio de rendición, pero los chinos no solo les temían, sino que además no entendían el idioma y preferían suicidarse antes que dejarse capturar por el enemigo.

La acción militar china, además, resultaba sumamente inefectiva debido a las intrigas dentro de la misma estructura burocrática imperial. Si bien los ingleses habían intentado dejar claras sus intenciones antes de empezar a disparar, hacer llegar una noticia al emperador era extremadamente difícil. Temiendo las represalias que venían por admitir que otra nación era superior a China, los reportes que sus funcionarios enviaban a Daoguang estaban falsificados, al punto de hacerle creer que la guerra –que según lo que él entendía no era más que una disputa en la frontera, uno de entre miles de conflictos dentro del universo chino– estaba a punto de ganarse.

Adiós a la diplomacia

A inicios de 1841, la victoria no sólo no había llegado, sino que lo peor se estaba acercando. En marzo de ese año el comercio, incluido el opio, volvió a Cantón, algo que indicó que la guerra ahora estaba dejando de ser sobre el comercio. Fue en este punto que Charles Elliot, más dispuesto a la negociación que a la guerra, fue depuesto por tratar de conseguir condiciones mucho más suaves que las que Palmerston, Secretario de Estado para Relaciones Exteriores, había reclamado desde Inglaterra. El reemplazo fue Henry Pottinger, un hombre de acción puesto en esa posición para garantizar una victoria rápida y repleta de beneficios.

A lo largo de todo ese año, Pottinger continuó avanzando y, a pesar que los ingleses inspiraban temor y odio en la gente, consiguió que grandes porciones de las poblaciones locales cooperaran con él a cambio de dinero o protección. Mientras tanto, la guerra se alargaba por la indecisión del emperador. La idea de que la traición y la incompetencia se habían apoderado de las filas chinas se esparcía y se consideraba como la principal razón por la cual no estaban pudiendo ganar la guerra. A causa de la compleja red de mentiras que llegaban a Daoguang, se perdió mucho tiempo y sangre intentando resolver problemas inexistentes.

Finalmente, el 29 de agosto de 1842 en la ciudad de Nanjing, los emisarios del emperador, contra la expresa voluntad de éste, decidieron acceder a todas las demandas británicas, solo para poder terminar con la guerra. El documento firmado finalmente fue enviado a Daoguang, quien –a pesar de sus protestas– descubrió rápidamente que no podía hacer mucho para cambiarlo. Terminó accediendo, entre otras cosas, a pagar 21 millones de dólares como reparaciones, a entregar Hong Kong a los británicos y a abrir cinco puertos para el libre comercio.

Las cosas, lógicamente, no volvieron a ser iguales luego del conflicto. El opio siguió ingresando al país y los intereses británicos, por lo menos en ese sentido, eran respetados. China ahora estaba «abierta», pero eso no significaba que los problemas se hubiesen terminado. Doce años después de este episodio hubo una Segunda Guerra del Opio, y esta nueva derrota –sumada a una profunda autocrítica– obligó a China a aceptar que el imperio se desintegraba definitivamente.

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