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La vida de un héroe

Mariano Necochea estaba hecho para el bronce. Oficial carismático, soldado temerario, caballero en el más profundo sentido de la palabra, fue héroe de tres naciones y murió como Mariscal del Perú, testigo de sus hazañas. Un 5 de abril de 1849 Mariano Necochea ingresaba al podio de los valientes que pelearon por la libertad de América.

En 1802 fue enviado a Sevilla, donde estudió Matemáticas, Humanidades e Idioma. Regresó a Buenos Aires el 14 de noviembre de 1809, cuando se estaba gestando la Revolución de Mayo, de la cual no participó. Continuó, en cambio, ligado al comercio que había dejado su padre.

Sin embargo, en 1812, sorpresivamente se incorporó al Regimiento de Granaderos a Caballo.

Con el grado de Alférez participó en el Combate de San Lorenzo el 3 de febrero de 1813. Por su actuación fue promovido al grado de Ayudante Mayor.

Estuvo en Tucumán, incorporado al Ejército del Norte cuando se hizo cargo San Martín.

Luego formó parte de la vanguardia del ejército a las órdenes de Rondeau y se destacó en la batalla del Tejar el 26 de enero de 1815: por su coraje se salvó de caer prisionero. Al encontrarse acorralado junto a veinticinco granaderos y al ver que sus esfuerzos iban a ser inútiles, montó un caballo en pelo y se lanzó como un rayo contra la caballería realista que lo hostigaba, partió en dos la cabeza de un soldado enemigo que lo tenía a mal traer y, con su sable ensangrentado, tirando sablazos a dos lados, se abrió camino y escapó gracias a su temerario arrojo.

Combatió en Venta y Media y en Sipe-Sipe. Se destacó en la lucha y fue herido cuando el ejército patriota se retiraba vencido; fue salvado en esa ocasión por Hilarión de la Quintana.

Se incorporó al Ejército de los Andes. En el cruce de las cordilleras estuvo en la columna comandada por O’Higgins cuando tuvo los primeros enfrentamientos con los realistas. Se distinguió en la batalla de Chacabuco y posteriormente participó en el asalto a la plaza de Talcahuano el 6 de diciembre de 1817.

Peleó en Cancha Rayada y en Maipú, donde fue herido de consideración en su mano derecha.

En 1818 fue promovido a Coronel Graduado y distinguido con la medalla de la Orden del Mérito. Continuó con San Martín la campaña al Perú, y en 1821 fue ascendido a General de Brigada en reconocimiento de su acción en la toma de Lima y del Callao.

Poco tiempo después del encuentro de San Martín con Bolívar en Guayaquil, nuestro Libertador dejó el cargo del ejército. Necochea continuó a las órdenes de Bolívar, quien, en febrero de 1824, lo designó Gobernador de Lima; Tomás Guido fue su Secretario General de Gobierno.

El 6 de agosto de 1824 en la batalla de Junín cayó en mano de los españoles con siete heridas de lanza y fue rescatado por Manuel Isidro Suárez. En su parte de batalla, Bolívar recomendó a Necochea a “la admiración de América” y lo ascendió a General de División.

Luego de Ayacucho en 1826 vivió una serie de situaciones y desempeñó distintos cargos en Lima y en Buenos Aires.

En 1828 fue sancionado por el gobernador Dorrego por defender la causa unitaria, aunque no participó en la guerra civil. Apoyó a Lavalle, pero cuando este fue derrocado regresó al Perú. Fue deportado a Bolivia y en 1831, gracias a una ley de amnistía, retornó al Perú, donde volvió a ocupar la Dirección de la Casa de la Moneda, cargo que había ocupado a fines de 1824.

Al estallar en ese país la guerra civil en 1831, estaba al mando del ejército y marchó sobre Lima, donde se encontraba el presidente Obregoso. En 1834 se le confirió la más alta distinción peruana: el grado de Gran Mariscal.

Víctima por tercera vez de la proscripción por cambios políticos, se vio obligado a refugiarse en Chile, donde pasó serias necesidades y sufrimientos hasta que Perú lo repuso en sus grados y honores y volvió a ocupar la Dirección de la Casa de la Moneda.

A fines de 1845, a Necochea se le agravó la enfermedad pulmonar que lo aquejaba como consecuencia de las heridas sufridas en Junín, donde uno de los lanzazos recibidos le había perforado el pulmón izquierdo.

En la primavera de 1848 se estableció en su casa del entonces caserío de Miraflores, donde murió el 5 de abril de 1849.

Al conmemorarse el centenario de su muerte, la hermana República del Perú lo declaró prócer nacional. Sus restos descansan en Lima, en la iglesia de San Carlos, en el panteón de los próceres considerados “Héroes de la Independencia”.

Ese 5 de abril de 1949, el presidente argentino Juan Domingo Perón solicitó al gobierno del Perú la restitución de sus restos. La respuesta del gobierno peruano fue que el General Mariano Necochea había vivido más años en el Perú que en la Argentina, que se había transformado en ciudadano del Perú por voluntad propia, que el pueblo del Perú lo amaba y que había sido Mariscal de sus Ejércitos, por lo que no aceptó el traslado propuesto por nuestro país.

Sin duda, Mariano Necochea fue un patriota en todo su esplendor. Sus heridas de batalla fueron las marcas que por la patria llevó, demostrando así que fue un digno hijo de la gloria.

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