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La vida de Pierre-Auguste Renoir

"El dolor se va, la belleza queda"

Mirar atrás, buscar en la historia de las personas, grandes o pequeñas, pero que trascendieron a la posterioridad es valorar su respuesta ante los hechos, su reacción ante la adversidad. De aquí podremos rescatar una circunstancia, una frase, un ejemplo que nos guíe cuando ese momento nos llegue.

En la vida de Renoir, podemos encontrar esos momentos en que, a pesar de sus males, demostró su espíritu invencible y nos regaló sus cuadros de colores brillantes y bordes esfumados, como si el mundo se viese a través de un velo... O mejor dicho, sin anteojos. Porque Pierre-Auguste Renoir era miope.

Así lo sugiere el hecho de que no usara anteojos para ver de cerca y su costumbre de acercarse a los cuadros para colocar sutiles pinceladas preanunciando el puntillismo. Su hijo Jean, el cineasta, lo recuerda revisando el detalle de sus obras sin usar corrección alguna.

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Baile en el Moulin de la Galette (1876) - Un clásico de Renoir. La vida vista tras un velo. Su miopía le daba esa suave impresión a las formas que pintaba.
Baile en el Moulin de la Galette (1876) - Un clásico de Renoir. La vida vista tras un velo. Su miopía le daba esa suave impresión a las formas que pintaba.

Trevor Roper relata esta anécdota de Renoir, cuando visita a un oftalmólogo y este le prueba un cristal para compensar su miopía. Pasmado por la claridad de lo que veía, exclamó “Bon Dieu, je vois comme Bouguereau”. Bouguereau era un pintor neoclásico que pintaba con precisión fotográfica sus cuadros sobre temas mitológicos; como estos personajes solían llevar cascos, parecidos a los quem a la sazón, usaban los bomberos de Paris, se los pasó a llamar despectivamente “Pompier” –bomberos–. De más, está decir que Renoir no usó jamás anteojos y siguió pintando el mundo a través de sus ojos sin interposición de lentes que alterasen su percepción.

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Bouguereau, el pintor contemporáneo de Renoir, contrapuesto, en todo sentido, a su expresión pictórica.
Bouguereau, el pintor contemporáneo de Renoir, contrapuesto, en todo sentido, a su expresión pictórica.

Pero Renoir, además padeció otra enfermedad que, a pesar de ser demoledora e invalidante, jamás se reflejó en sus cuadros y poco afectó su actividad. Renoir padeció una artritis reumática. Esta progresivamente deformó sus manos y sus pies hasta limitarlo a una silla de ruedas y obligarlo a trabajar con los pinceles atados a las manos. Una serie de Carlos Alonso, llamada El Viejo Pintor ilustra los años de invalidez de Renoir y otra serie (L.E.S.) a quien fuese su maestro Lino Eneas Spilimbergo, quien padeció el mismo mal, con los pinceles atados a sus manos tullidas.

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Como hemos dicho, esto no limitó a Renoir. Él siempre buscó un remedio a sus males. Baños termales. Calor. Analgésicos. Ejercicios. Todo lo que le comentaban que podía mejorarlo, lo hacía.

Siguiendo los consejos de sus médicos se trasladó del frío y húmedo Paris, al mediodía francés. Sus cuadros brillaron con la luz del sol que todo lo invadía.

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Almuerzo de remeros. (La mujer que juega con el perrito, es Aline Charigot, su futura esposa).

Almuerzo de remeros. (La mujer que juega con el perrito, es Aline Charigot, su futura esposa).

En 1880 se rompió su brazo derecho en un accidente de bicicletas, pero se sobrepuso con el pasar de los días. En 1897 tuvo otro accidente y nuevamente se fracturó el brazo derecho, impidiéndole mover ese brazo. Pero esto no fue un obstáculo. Con ese optimismo que no lo abandonaba aprendió a pintar con la mano izquierda “Me gusta mi trabajo con la mano izquierda” decía a sus amigos: “Es muy divertido y mis cuadros son mejores que si los hubiese hecho con mi mano derecha. Es bueno haberme roto mi brazo. Me hace progresar”.

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Mujer con carta (1890).

Mujer con carta (1890).

Sus colegas, Pisarro y Monet se asombraban de estos progresos, pero también miraban entristecidos el inexorable deterioro de su estado general que le hacia perder peso hasta llegar a los 50 kilos. Pero Renoir continuaba pintando, con la fuerza y la alegría que trasmitía su pintura. Necesitaba ayuda para movilizarse, para cambiar los pinceles y mezclar los colores. Pero Renoir seguía pintando. En 1912 tuvo un accidente cerebro vascular. Se recuperó y siguió pintando. En sus últimos años los dolores articulares lo obligaban a permanecer en su habitación por semanas. Pero Renoir seguía pintando. Le preguntaron como hacia para seguir pintando a pesar de sus molestias “El dolor se va, la belleza queda”, respondió. Su último cuadro lo terminó un día antes de su muerte a los 78 años. Falleció el 3 de diciembre de 1919.

Cada vez que veamos una de las 6000 obras que pintó, no sólo veremos sus colores, el esfumado de sus bordes, la delicadeza de sus mujeres. Veremos al hombre que se sobrepuso a la adversidad, con una sonrisa melancólica en los labios y un pincel atado a su mano.

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Texto extraído del libro Males de Artistas de Omar López Mato.

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