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La utopía del Mayo francés

Hace cincuenta años las calles de París se convirtieron una vez más en un campo de batalla como había sucedido en 1789, 1830, 1848 y cuando fue invadido por los prusianos. Fue la última revolución utópica de Occidente cuyas consecuencias aún las estamos pagando.

Francia venía de una década de reveses: un papel poco lucido en la Segunda Guerra Mundial, la derrota de Dien Bien Phu, y la independencia de Argelia, donde las tropas galas habían perdido la mística napoleónica para convertirse en verdugos y torturadores.

Charles de Gaulle hacía diez años que ejercía el gobierno y llevaba adelante un modelo económico que si bien había sido exitoso llevando a los franceses a una notable recuperación postbélica, se estaba agotando. La desocupación era manifiesta (500.000 personas) especialmente entre las más jóvenes, que veían un futuro oscuro a manos de este capitalismo, más cuando estaban obnubilados por la Revolución Cubana y el cambio de paradigmas del maoísmo. El Imperialismo llegaba a su fin en la selva de Indochina, moría Martin Luther King, asesinaban a Robert Kennedy y en Praga llegaba la «primavera». Las expresiones artísticas de la generación beat y los hippies asistían a rechazar las premisas conservadoras. Bob Dylan cantaba que las respuestas estaban soplando en el viento y contaba sobre los jóvenes que tenían derecho a matar pero no a votar. John Lennon cultivaba las utopías en Imagine y Jacques Dutronc cantaba «Il est cinq heures, Paris s’éveille» que se convertiría en la canción de las barricadas de La Sorbona.

Los jóvenes rechazaban la sociedad de consumo. Seguían las teorías orgonómicas del sexo (liberado de tapujos burgueses) propuesto por Wilhelm Reich, y las elucubraciones freudianamarxista invadían sus mentes con las lecturas casi obligadas de Marcuse, Guy Debord, Sartre y Louis Althusser. Las premisas anarquistas, freudianas y existencialistas impusieron un relativismo intelectual y moral donde todo estaba permitido, tanto en el sexo como en la política. «Prohibido prohibir» fue su lema más difundido. Con esta prohibición se inicia una destrucción de los esquemas «burgueses» de la sociedad que pretende barrer con sus extremos. No existen diferencias entre el maestro y el alumno, entre el delincuente y la víctima. Nada es sagrado, es un mundo sin reglas, sin autoridad ni valores, los jóvenes franceses (aunque las mismas premisas se proclamaban en EE.UU., España, Brasil e Italia) endiosaban a la misma revolución, a la queja, al alboroto. «La barricada cierra la calle pero abre el camino», escribieron en las paredes de las universidades y fábricas que ocuparon durante la revuelta.

Citaban a Nietzsche (el de los últimos tiempos, cuando la sífilis destruía su cerebro): «Es necesario llevar en sí mismo un caos para imponer en el mundo una estrella danzante» (sic).

«Cambiar la vida. Transforma la sociedad» - «Heráclito retorna» rezaban los graffitis.

No podía faltar el nihilismo seductor de Bakunin «La pasión de la destrucción es una alegría creadora». Ni las expresiones sesudas de Hegel, «La libertad es la conciencia de la necesidad».

«Acumulen rabia», escribían los alumnos en Nanterre, el centro de la revuelta, mientras explotaban las molotov.

La protesta de la juventud llevaba un espíritu surrealista, porque sabían que en el fondo muchas de las consignas que solicitaban eran (y siguen siendo) imposibles de conseguir.

«Abajo el realismo socialista» escriben en Condorcet.

«Viva el surrealismo», «Todos somos Dada» proclaman en La Sorbona.

«La poesía está en las calles» recitaban y hasta tenían la delicadeza de citar a Hamlet «Hay método en su locura».

«Sean realistas, pidan lo imposible» era el grito de batalla que le quitaba verismo a su clamor, lógica a su pensamiento y exaltación a los «sentimientos».

«No hay pensamiento revolucionario, hay actos revolucionarios» proclamaban mientras se enfrentaban con la policía.

Esta prédica se expandió y multiplicó en la guerrilla latinoamericana. No importaba el plan, no importaba la lógica, solo interesaba la acción. Bien sabían, desde los tiempos de Lenin, que el acto repetitivo es como la gota de agua que horada la piedra, es la única forma en que una porción minúscula de la sociedad puede acceder al poder.

«Abraza a tu amor sin dejar tu fusil» escribieron en la Place de l’Odéon. Propusieron amor y solo hablaron de sexo. Propusieron democracia y solo ofrecieron violencia.

¿Qué nos dejó el Mayo francés? Una confusión de valores. Era obvio que había cosas que debían cambiar como cada generación impone su modificación de las estructuras, pero la propuesta fue tan inorgánica, abstracta, utópica y existencialista que desvirtuó parte del reclamo legítimo. En última instancia, esta protesta estudiantil era una queja contra la rigidez de sus padres, que como todos los adultos se resistían a abandonar sus valores.

Según declaraciones de uno de sus líderes, Daniel Cohn-Bendit (un estudiante alemán de sociología que inició la revuelta en Nanterre y sería conocido como «Danny el Rojo»), «Mayo del 68 nos dejó el movimiento ecologista, la liberación femenina y la sensibilidad antitotalitarista». ¿Se necesitaba tanto fervor para implantar temas que de una u otra forma hubiesen llegado a la concientización de la sociedad?

Los modelos elegidos, el cubano y el maoísta, se convirtieron en manuales de fracasos que culminaron con la caída del Muro de Berlín.

La queja, que inicialmente recibió el apoyo de gran parte de la sociedad por la represión policial, perdió paulatinamente su apoyo cuando los estudiantes devolvieron la misma moneda.

El General De Gaulle se limitó a convocar elecciones y dimitió un año más tarde. Curiosamente fueron sus ministros, Mitterand y Pompidou, quienes por muchos años dominaron la escena política en Francia. Desde este punto de vista fue un fracaso, una pérdida de energía y de tiempo.

La queja sobre la sociedad de consumo se convirtió en una mueca cuando Francia y Alemania conforman el Mercado Común Europeo, la forma de comunión capitalista más exitosa del siglo XX. Los mismos participantes de las revueltas estudiantiles francesas se convirtieron en los señores burgueses del siglo XXI.

Hasta el marxismo propuesto se desvirtuó. Sartre y Althusser fueron cayendo en el olvido.

Las teorías de Wilhelm Reich sobre el orgasmo —quien entre otras cosas proclamaba que podía hacer llover con un aparato de su diseño que era solo un gran caño— quedaron en la antología de la falta de rigurosidad académica.

Bob Dylan fue acusado de invertir la fortuna que ganó con sus canciones en acciones de fábricas de armas (¿víctima o victimario?).

La sociedad de consumo que tanto los desvelaba terminó seduciéndolos. Sus consignas quedaron reducidas a eslogans que imprimían en remeras.

Sin embargo, Europa y los Estados Unidos se repusieron, pero el peor engendro del Mayo del 68 fue su secuela latinoamericana, la izquierda hipócrita, a la que solo le importó el poder y sus privilegios. Es la izquierda que no ama la República porque no ama la igualdad. Pretende defender los servicios públicos pero su dirigencia jamás los usa, porque prefiere los vuelos privados.

Es la izquierda de los grandes discursos que alaban al pueblo y a los trabajadores, pero cuyos oradores jamás conocieron un día de trabajo. Ellos se encierran en el clientelismo y el corporativismo. Se desgarran las vestiduras cuando se condena a un ladrón y asesino, pero nada dicen de la víctima. Esta es la izquierda culposa del garantismo, que predica agitando su dedo acusador pero no es capaz de aplicar a sí misma sus consignas. Esta izquierda se convirtió en la nueva oligarquía de sus naciones.

Es la izquierda que inmovilizó a los países en los que se enquistó, porque las utopías son inconducentes, las anarquías son inconducentes, las injusticias son inconducentes o peor aún, han llenado a esos países de pobres, porque no han sabido generar riquezas, sino el reparto obligatorio de la miseria.

«No queremos un mundo donde la garantía de no morir de hambre se compensa por la garantía de morir de aburrimiento», escribieron en la Place de l’Odéon y nuestro populismo latinoamericano ha cumplido con creces esta consigna con desocupación, inflación, clientelismo (y discursos eternos ¿para combatir el aburrimiento?) llevando a sus naciones hacia un marasmo del que no saben salir y del que su dirigencia no desea salir para no abandonar el poder, el verdadero desvelo de sus movimientos revolucionarios. En 1968 Argentina tenía menos de 5% de pobres, pero fue entonces que se conoció el primer germen subversivo que estalló en los años setenta y se prolongó con un populismo berreta que nos dejó 30% de pobres y la destrucción de un país, de su Justicia y su educación. Perdimos nuestro rumbo como nación. Cayeron en la misma trampa que habían escrito en los grafitis de La Sorbona «Un pensamiento que se estanca es un pensamiento que se pudre». Y la izquierda latinoamericana, la hija boba de la revolución del Mayo francés, está inmóvil y huele a cadáver.

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