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La última patriada: La muerte de Aparicio Saravia

"No tengo quien me ayude y tendré que hacerme matar para morir con gloria", dijo Aparicio Saravia al tiempo que atravesaba el Río Negro con su "ejército nacional", de paisanos desarropados, en busca de una partida de armas que los esperaba en Monte Caseros. Sin embargo, la moral de la tropa era alta. La lealtad a Saravia era el vínculo que mantenía la esperanza de estos hombres de campo hechos a las rudezas de la vida rural .

El 24 de agosto Saravia se reunió con un enviado del presidente Batlle y Ordóñez. En sus manos tenía un acuerdo de paz y la promesa de que varios departamentos quedarían en manos de la administración del Partido Blanco. Era “partir la naranja al medio”, como le dijo Aparicio a su hijo Nepomuceno. Sin embargo, decidió no aceptar inmediatamente la propuesta, a diferencia de la “demostración armada” de un año antes, con la que había amenazado al gobierno colorado. Entonces se había dado el lujo de concentrar y luego dispersar a 15.000 hombres en Nico Pérez, sin disparar un tiro .

Decir que Saravia representaba al mundo rural, al gaucho que se negaba a sucumbir a los tiempos, y Batlle era el progreso urbano de la prospera clase media, es una simplificación. Saravia, al rebelarse por lo que era una infracción al Pacto de la Cruz de 1897, levantaba las banderas de las garantías electorales y respeto de las minorías, aunque lo hiciese mediante el ya anacrónico levantamiento en armas, el método usado a lo largo de setenta años de historia uruguaya, con esas docenas de revueltas que a veces eran solo un puñado de jinetes con una Colt y un facón al cinto.

Esta solución belicosa del enfrentamiento político ya no era admitida por una nueva población de inmigrantes e hijos de inmigrantes, con ansias democráticas y sociales que aun estaban lejos de concretarse. En 1903 el número de habilitados para votar no superaba los 50.000 sufragistas, el 5% de los habitantes del país.

El 1º de septiembre, en Masoller, las fuerzas gubernamentales ocuparon una posición estratégica tras unos cercos de piedra, dispuestos a hostigar a los rebeldes con sus nuevos Mauser, armas de gran precisión y mayor alcance. Saravia tenía la intención de separar las fuerzas de los generales Vázquez y Galarza. A tal fin, le dio la orden a Basilio Muñoz de que la vanguardia avanzase hacia Rivera, pero las fuerzas de gobierno se parapetaron tras los cercos que salen de Masoller hacia la Cuchilla de Haedo. Aunque las fuerzas del gobierno estaban escasas de municiones, la orden de perseverar en el ataque no se cumplió. Se ha discutido si Basilio Muñoz no pudo ejecutarla o si Saravia decidió no comprometer a sus fuerzas en esa acción. Sea cual fuere la razón, lo cierto es que los gubernamentales se hicieron fuertes en esa línea. Saravia salió a reconocer el campo de batalla, luciendo su sombrero y poncho blanco. Las miras de los soldados se centraron en la imagen del caudillo blanco y una bala le atravesó el abdomen, lesionando intestinos y riñón.

Varias versiones florecieron sobre el origen de ese disparo que hirió de muerte a Saravia. Una dice que el gobierno había contratado expertos tiradores argentinos para “misiones especiales”, otras sostienen que esa bala partió de espías colorados infiltrados entre las tropas blancas, con el objeto de asesinar al caudillo. Lo cierto es que muchas culpas se repartieron tras la muerte de Aparicio Saravia.

El Dr. Francisco Trotta logró sacarlo del campo donde estaba expuesto a otra bala certera. Junto al Dr. Martínez y cuatro asistentes lo trasladaron sobre su poncho blanco, ahora teñido de sangre.

De Masoller fue llevado a una estancia en Brasil, a cinco kilómetros de la frontera. Entre los que se turnaron para atenderlo, estaba un muy joven estudiante de medicina, quien sería el Dr. Arturo Lussich.

Por diez días Aparicio Saravia agonizó en medio de excruciantes dolores, apenas atenuados por la morfina. Mientras tanto, la conducción del Partido Blanco debatía sobre el destino de la revolución y el liderazgo del ppolítico de los blancos. Al final las hostilidades no continuaron, el ejército rebelde se fue disolviendo. Sus soldados, humildes trabajadores rurales convocados por el áurea de Aparicio Saravia, volvieron a su terruño. Como dijo el coronel Carmelo Cabrera “Este es un ejército saravista. Caído Saravia es imposible mantener su cohesión”.

El 24 de septiembre se firmó la Paz de Aceguá. Batlle Ordóñez salió favorecido de la contienda, confirmando su condición de “caudillo civil” del Partido Colorado, pero consciente que eran necesarias reformas para garantizar los derechos ciudadanos propios de un sistema democrático.

Esta fue la última patriada, el fin de las guerras civiles que abría un nuevo camino de hacer política, donde los fusiles y las lanzas daban lugar al voto.

Este texto también fue publicado en El Observador

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