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La Troya del Plata

El 6 de diciembre de 1852 las fuerzas de la Confederación Argentina inician el sitio de Buenos Aires.

El primero de diciembre por la mañana, el coronel Lagos, entró al frente de sus tropas a la villa de Luján. Lucía su uniforme de gala y montaba su pingo más vistoso, con apero y cabezal de plata. El batallón avanzaba lentamente. Ya apretaba el calor y no había nada que los apurase. En la Plaza, frente a la Basílica, se agolpaban los vecinos del pueblo. Todos sabían que el coronel iba a revelarse contra el gobierno de Alsina. Secretos como ese, tanto entonces como ahora, no son fáciles de ocultar.

Sin muchas vueltas, el coronel instó a los presentes a tomar las armas contra las autoridades de Buenos Aires para liberarse del reproche de las provincias hermanas y a fin de no interrumpir la obra que se habían impuesto, preparar una Constitución para regir los destinos de la nación toda. De no ser así, la provincia, una vez más, sería víctima de las represalias y guerras civiles, ya habían derramado demasiada sangre de hermanos para enfrascarse en una nueva e innecesaria contienda.

El coronel Lagos terminó su arenga diciendo que su única ambición era “procurarle una larga paz, reparado con la ayuda de todos los porteños”.

El pueblo aclamó al coronel y las campanas de la Basílica saludaron al nuevo libertador. Al día siguiente, Flores llegó a la Guardia del Luján, donde se entrevistó con Lagos y Laprida. De inmediato le ofrecieron asumir el mando del movimiento. El viejo general, se quedó largo rato mirando el campo iluminado por el sol de diciembre y sin entrar en disquisiciones, declinó el ofrecimiento. Poco después le enviaba una carta al Dr. Alsina, diciendo: “En el momento que pisé la campaña, la encontré exaltada, tomando las armas espontáneamente y gritando ¡Muera el gobierno! Este grito, señor, no es la obra de un partido, es por el deseo de paz y por hallarse nombrado José María Paz como General del Ejército... Creo que usted delegará el mando de la representación de la provincia, para que ésta nombre a una persona que, manteniendo la paz, mantenga la libertad y la integridad nacional”.

Después de renunciar a su cargo Flores marchó al exilio, por más que Lagos le suplicó en reiteradas oportunidades que se hiciese cargo de la situación. Desde Nueva Palmira, en Uruguay, Flores le envió una larga misiva al antiguo soldado de Rosas justificando su actitud: “Deploro la sangre que se derrama en nuestra querida tierra”, escribió entonces. Sin embargo estas consideraciones no lo inhibieron de plegarse nuevamente y a su debido tiempo, a la causa porteña.

Lagos, el oficial más antiguo y de mayor predicamento entre los revoltosos, se puso al frente de las fuerzas y marchó hacia la ciudad de Buenos Aires. A su vez, ordenó al coronel Olmos dirigirse hacia el Salado, para impedir el avance del coronel Belgrano y Rosas –hijo de Don Manuel y ahijado del Restaurador- que marchaba hacia la capital con tropas de refuerzo reclutadas en Tandil.

El 6 de diciembre todo era confusión en Buenos Aires, nadie había previsto semejante desenlace. Lagos llegaba para dar por tierra con las pretensiones porteñas que tenía en vilo a las demás provincias deseosas de organizarse bajó una Constitución. Sin oposición y al frente de una columna de carretas, Lagos se dirigió hacia el Parque de Artillería7. Nadie lo enfrentó, Lagos parecía ser el dueño de la ciudad.

Conocida la noticia, don Valentín –el gobernante caprichoso y torpe, según las apreciaciones de Lagosrenunció a su puesto y el general Pinto lo reemplazó. En la Legislatura se vivieron momentos de incertidumbre. ¿Cómo responderían las tropas? ¿Qué haría el pueblo? ¿Cómo defenderse de estos bárbaros?

Mientras todos opinaban qué hacer, las tropas de Lagos se llevaban del Parque todo el armamento que podían cargar en las carretas, sin ser molestadas. El coronel Matías Rivero, a su vez, visitaba los cuarteles del Retiro invitando a la tropa a plegarse a la causa federal. Algunos piquetes de soldados avanzaban a las órdenes de Lagos hacia la Plaza de las Victorias. El ejército confederado estaba por llegar al corazón de Buenos Aires. Todo era caos en la ciudad, la causa porteñista parecía perdida.

Fue entonces cuando el coronel Mitre, que había sido confirmado en su flameante puesto de Ministro de Guerra, dejó de lado su levita y calzándose la chaqueta militar hizo conducir su caballo hasta la puerta de la Legislatura. Allí lo esperaban sus asistentes, que por esas vueltas el destino resultaron ser dos sobrinos de Rosas, Felipe Ezcurra y Franklin Bond*, además de los hijos de Florencio Varela… Los vástagos de los enemigos de ayer se unían para defender a Buenos Aires.

Rápidamente el coronel Lezica se puso a las órdenes de Mitre. Lo acompañaban algunos soldados convocados a las disparadas. Pero a medida que pasaban por las calles, dirigiéndose hacia el Retiro, la población se sumaba a su paso. Los tenderos abandonaban sus negocios y los barberos dejaban a sus clientes a medio afeitar. Oficinistas, dependientes, tenedores de libros y viejos comerciantes seguían al coronel en su marcha por la ciudad.

Entusiasmados, sacaban a relucir sables herrumbrados, trabucos, antiguos pistolones, fusiles de chispa y lanzas hechas con tijeras de esquila. No podíamos resistir el extraño influjo que a todos nos imbuía y sin mucho pensarlo dejamos todo para seguir al coronel. Con este extraño ejército, reclutado a último momento, entusiastas inconscientes del peligro que corríamos, logramos rechazar el primer avance de las tropas federales – que sin muchas bajas y sin ser perseguidos, se dirigieron al campamento que Lagos había montado en el pueblo de Flores. Le demostramos a estos judas que Buenos Aires está dispuesta a defenderse gracias a la determinación del coronel poeta que fue aclamado como un héroe.

Ahora había que resistir y todo estaba por hacerse, la ciudad no tenía defensas, ni trincheras ni barricadas, ni ejército organizado. Debíamos soportar el asedio de los bárbaros y estábamos dispuestos a hacerlo hasta sus últimas consecuencias.

* Felipe Escurra era doblemente sobrino, tanto por parte de padre, hermano de Encarnación, como por parte de madre, hermano de Don Juan Manuel. Bond era hijo del fallecido Dr. Bond y una hermana de Rosas.

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