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La tragedia de James Dean

El 30 de septiembre de 1955, el joven actor James Dean murió en un accidente automovilístico a los 24 años. Con su desaparición, irónicamente, se forjaba uno de los mitos más grandiosos de la historia de Hollywood. Desde entonces, con su reputación atada a sólo tres películas hechas poco antes del hecho, su trágica muerte pasaba a ser una piedra de toque para entender su fama y su imagen, detenida en el tiempo por la magia del cine, se transformaba en la de un ídolo que habría de inspirar a varias generaciones.

Es muy difícil acercarse a personajes de la talla mítica de James Dean. Entenderlos, casi imposible. La leyenda sobre su persona es ya demasiado grande, demasiado poderosa, como para poder establecer algún tipo de relato objetivo sobre él. Para muchos fue la primera estrella de rock (aún si no era músico), el primer joven enojado, el rostro que definió una época, o, sobre todo, el niño que se atrevió a llamar la atención sobre lo que otros, tantos, estaban sintiendo en esos Estados Unidos de la posguerra.

Nada de lo que se pueda decir de él parecerá suficiente. Y aún, frente a esta imposibilidad, debemos recordar que detrás del mito había una persona. Un joven que amó a hombres y a mujeres, alguien sediento de conexión que, según quienes lo conocieron y lo quisieron, no era un “rebelde sin causa”, sino meramente un individuo que, a pesar de sus traumas de infancia, amaba reír y disfrutaba de la vida.

Sabemos que, en verdad, tuvo unos primeros años bastante complicados. Famosamente, nació el 8 de febrero de 1931 en Marion, Indiana y allí vivió con su familia hasta que, cuando tenía 6 años, su padre fue trasladado por trabajo a California. Esta relocalización de la familia implicó una distorsión de la vida como él la conocía, que fue subsanada en parte por un acercamiento a su madre. Ella lo alentó muchísimo en todo lo que quisiera hacer y lo acercó al mundo del arte y la literatura, pero la experiencia terminó de forma trágica. Teniendo Dean 9 años cumplidos, su madre enfermó de cáncer y murió. Para muchos de sus biógrafos, la desaparición de esta figura tan central en su vida fue el germen de su larga tragedia personal devenida en rebeldía. Tragedia, que, desde ya, no estaría completa sin sumarle el hecho de que su padre autoritario y puritano declaró sentirse incapaz de criarlo y lo mandó a vivir de vuelta a Indiana, a la casa de su hermana.

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James Dean bebé.
James Dean bebé.

Este relato, aunque fácticamente certero, parece sin embargo contradecirse con lo que sabemos de la vida de Dean en el hogar de sus tíos en el pueblito de Fairmount. Según su primo, Marcus Winslow, declaró en un documental de 2018, en esa época él lo recuerda simplemente como “un chico normal”. Su destacada participación en la escuela, su popularidad y la buena impresión en general que tienen quienes lo conocieron entonces, parecen confirmar esta versión. Deberían pasar décadas todavía para que se agregara a esta historia un segundo trauma infantil – jamás verificado y siempre reproducido por segunda mano – por el cual Dean habría sido víctima de un abuso sexual a manos de un pastor llamado James DeWeerd.

Es muy difícil que alguna vez sepamos la verdad de lo que realmente sucedió en Indiana, pero en todo caso sí queda claro que Dean retornó a la casa paterna en California para 1949, año en el que comenzó la universidad. En este período, aún si su deseo original había sido el de estudiar derecho, él descubrió el teatro y se enamoró de la actuación, debutando en una puesta universitaria de Macbeth y participando del taller del célebre intérprete James Whitmore.

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James Dean.
James Dean.

Así, apostando por su talento, para 1951 abandonó definitivamente sus estudios y se dedicó de lleno a su carrera actoral. Fue en este punto que, todavía en la Costa Oeste, tuvo sus primeras apariciones audiovisuales en un comercial de Pepsi y como el apóstol Juan en una película televisiva hecha para el período pascual titulada Hill Number One (1951). Más allá de eso, consiguió algunos roles menores sin diálogo en varias películas, pero nada demasiado trascendente aún. Quizás por eso, en busca de mejores oportunidades, se trasladó a Nueva York en octubre de 1951. Allí, en el intervalo 1952-54, tuvo una fructífera carrera como actor televisivo y, en paralelo, se asoció al Actors Studio – entonces bajo dirección del mítico Lee Strasberg – y, como muchos actores de su generación, adoptó el Método. Así, abrazando esta obsesión por realismo y dándole su personalísimo toque en obras como See the jaguar (1953) – pieza fallida en la que pasaba la mayor parte del tiempo enjaulado – o la puesta de 1954 de El Inmoralista, de André Gide, Dean logró captar la atención de la crítica y de algunos nombres de peso en la industria.

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James Dean en Nueva York.
James Dean en Nueva York.

Uno de aquellos que estaban prestando atención fue el guionista Paul Osborn, encargado de adaptar la novela de John Steinbeck, Al Este del Edén, para la gran pantalla. Aparentemente, cuando Elia Kazan, en línea para dirigir el proyecto, expresó su deseo de conseguir un actor “tipo Marlon Brando” para encarnar el personaje emocionalmente conflictuado de Cal Trask, Osborn sugirió a Dean y todos los involucrados quedaron encantados con la elección. Producida en 1954 y estrenada finalmente en 1955, ésta fue la única película, de las tres que hizo, que llegaría a ver en vida. Su impresionante interpretación de un joven decepcionado por su padre autoritario y perturbado por el descubrimiento de que su madre, a quien creía muerta, era en realidad una prostituta, hizo una marca tan grande en la reputación del actor, que pronto fue convocado para una segunda película sobre adolescencias complicadas: Rebelde sin causa (1955).

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James Dean en promos para Rebelde sin causa (1955).
James Dean en promos para Rebelde sin causa (1955).

En esta nueva cinta dirigida por Nicholas Ray, probablemente una de las más emblemáticas de la década del cincuenta, Dean no se apartó demasiado del rango que había implementado para El Este del Edén. Pero ahora estando en el centro de una composición sobre la juventud contemporánea, logró llevar adelante una actuación que marcaría a toda una generación. Como bien señaló la historiadora Elayne Rapping, en todas sus películas, aunque principalmente en esta, el estilo actoral exuberante y exageradísimo de Dean permitía articular un tipo de rebeldía que, aún si todavía no estaba del todo claro contra qué o quienes estaba dirigida, era omnipresente entre los jóvenes. De este modo, para la autora, él era capaz de exponer “las contradicciones y crueldades del Sueño Americano” que, especialmente en el caso de las mujeres y los niños, no parecía ofrecer mayores recompensas a cambio del conformismo.

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James Dean en Al este del Eden.
James Dean en Al este del Eden.

Hoy sabemos que Dean no llegaría jamás a ver la película terminada, pero probablemente sospechaba que ésta sería una pieza central en la construcción de su identidad – teoría que luego se probaría – y decidió encarar un proyecto que lo sacara del estereotipo de joven iracundo. Así, en Gigante (1956) aceptó tomar una posición secundaria frente a las estrellas establecidas, Elizabeth Taylor y Rock Hudson, para interpretar el rol de Jett Rink, un peón de campo que descubre petróleo y ve su suerte repentinamente mejorada.

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James Dean en Gigante (1956).
James Dean en Gigante (1956).

Esta terminaría siendo otra gran interpretación del actor, pero, una vez más, él no llegaría a ver el producto acabado. Intenso en ciertos aspectos de su vida, como lo era en la pantalla, mientras se rodó Gigante, Dean había tenido que alejarse del automovilismo, una de sus grandes pasiones. Con la plata que había ganado en Al Este del Edén había adquirido varios autos de carrera que ya había probado competitivamente en repetidas oportunidades en las afueras de Hollywood. Esta vez, una vez que su última película entró en etapa de posproducción y él tuvo la oportunidad de volver a las pistas, decidió que quería correr con un Porsche 550 Spyder que se acababa de comprar. Preparándose para participar de un evento en Salinas, California, que tendría lugar el 1ero de octubre de 1955, el 30 de septiembre su mecánico, Rolf Wütherich, sugirió a Dean llevar al “pequeño bastardo”, como habían apodado al auto, desde Los Ángeles hasta la localidad donde debía correr. En el camino, luego de haber sido multado por exceso de velocidad, el actor – al contrario de lo que se dijo en su momento – fue un poco más despacio para acordarse al límite, pero en una intersección se topó con un Ford Tudor que Dean, según reportó Wütherich, pensó que los iba a dejar pasar, por lo que no frenó. Producida una colisión casi frontal que destrozó el Porsche, el joven conductor quedó atrapado entre los restos del auto y, como se comprobó después, habría muerto con el impacto.

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James Dean manejando el Little Bastard.
James Dean manejando el Little Bastard.

Cuando se corrió la noticia del accidente, hubo conmoción entre el público, pero la industria del entretenimiento se frotó las manos en anticipación. En lo que fue una de las secuelas más obscenamente bizarras de la muerte de Dean, se utilizó su muerte para promocionar sus películas, realizándose un especial esfuerzo para establecer un paralelismo entre la vida del actor y el drama de los personajes que había encarnado. Así, de ahí en más, la separación entre realidad y ficción quedó inevitablemente enmarañada. Su imagen, impoluta, jamás expuesta a las inclemencias del envejecimiento o el fracaso, pasaba a ser ahora la imagen de un ídolo intocable.

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El accidente de James Dean.
El accidente de James Dean.

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