Historia

La Semana Santa en 1848

El viajero inglés William Mac Caan dejó una interesante descripción de la Semana Santa en el Buenos Aires de los tiempos de Rosas, en 1848. Apunta que “se celebra con especial devoción; cada día tiene sus pompas y ceremonias especiales y las manifestaciones de religiosidad se advierten por todas partes ”.

La catedral le impresionó vivamente, después de describirla apunta que “cuando la iglesia está iluminada, el conjunto resulta esplendoroso”. La primera de las ceremonias que participó fue el lunes Santo en la iglesia de la Merced, donde se dispusieron tres andas una con la imagen de una virgen vestida de blanco, en el centro una con la del Cristo azotado y otra de una santa que no pudo reconocer. “A ambos lados de la nave estaban muchas mujeres -pobres en su mayoría- sentadas o arrodilladas sobre trozos de alfombras; unas tenían en las manos libros de oraciones, otras con rosarios, y todas denotaban una gran devoción.” La mayor atención estaba puesta en la imagen del Cristo, mientras monjes, religiosas novicias y monaguillos iban de acá para allá muy atareados.

De la sacristía salieron “unos cuantos músicos con violines y otros instrumentos”, seguidos por el clero revestido con ricos ornamentos; algunas personas del público levantaron las andas, “rompieron a tocar los violines y la procesión avanzó hacia la puerta del oeste. Al salir a la calle se le unió una guardia de honor y todo el conjunto se puso en marcha con dos bandas de música que tocaban alternativamente”. Imagen muy similar a la que registrara años antes Carlos H. Pellegrini de la procesión en la iglesia de Santo Domingo.

Los acompañaban hombres y niños provistos de velas encendidas y faroles, mientras que cada tanto “cantaban los monjes con voces muy altas, pero armoniosas”. Los monaguillos recogían las “ofrendas de los fieles, estas consistían en monedas de cobre de escaso valor”. De golpe empezaron a caer unas gotas amenazando lluvia y la procesión regresó al templo, sin cumplir el itinerario previsto.

El martes y miércoles santo, asistió a celebraciones en los templos, en todos ellos encontró a los sacerdotes o religiosos con sus sacristanes y ayudantes “atareados preparando tablados, doseles y otros objetos necesarios para el despliegue del gran ceremonial católico. La iglesia de los franciscanos “ofrecía un aspecto imponente, el edificio con su altísima cúpula, sus macizos pilares, la espaciosa nave central y las sombrías naves laterales, despertaba sentimientos de temor y reverencia, muy propios de la conmemoración que se efectuaba”.

“El Jueves Santo, la ciudad permanece en el más completo silencio, porque la policía ordena que se interrumpan todas las tareas desde el miércoles por la noche hasta el sábado por la mañana”. No había un local abierto para despachar lo más indispensable, no se veía ni un carro ni un jinete transitando las calles y “hasta las campanas de las iglesias enmudecen”. Sobre pedestales se colocaban en el atrio de las iglesias imágenes ricamente vestidas, en torno de las cuales un grupo de fieles rezaban de rodillas.

Bajo el pórtico del Cabildo se colocaban imágenes y se pedían limosnas, costumbre que venía de muchos años antes. “A la entrada de la iglesia del Colegio”, como se ve se seguía llamando así a la iglesia de San Ignacio, donde había funcionado el instituto escolar de los padres jesuitas y es la histórica Manzana de las Luces, que este año cumple 200 años de esa denominación; hallábase la imagen “de un santo con un pequeño violín que colgada de un violín”, sin duda San Francisco Solano y bueno sería comprobar si todavía se encuentra en ese templo. Por la noche las imágenes que estaban al aire libre, se iluminaban y eran muy recorridos por al pueblo mucho más que durante el día.

El Viernes Santo nuestro viajero observó la tradicional procesión que salía de la Merced y cruzaba la plaza de la Victoria, con la imagen de la Virgen Dolorosa y también la que salía de San Francisco, aunque no relata el encuentro de ambas figuras y el ceremonial del saludo y las inclinaciones. Las calles que estaban en mal estado, con charcos o pozos, era “cubiertas con una espesa capa de hinojo silvestre que emitía un olor agradable cuando se la pisaba, mientras los incensarios encendidos despedían nubes de incienso fragante”.

El sábado al mediodía las campanas de vuelo anunciaban la resurrección y el silencio sepulcral de los días anteriores se volvía alegría mientras explotaban petardos y las bandas de música rompían con sus sones. Y en varias partes se quemaba el Judas, la más espectacular en “la Alameda, levantan una gran horca, de la que cuelgan una figura colosal del traidor; barricas de alquitrán arden alrededor y como el muñeco está rellenado con petardos, éstos explotan a cada momento mientras los cohetes voladores iluminan la escena y son recibidos con gritos por la multitud. Los negros y los mulatos eran quienes tomaban parte principal de estas ceremonias. Las clases más respetables mostraban mucho interés por ellas.

Le llamó la atención la conducta de los concurrentes: “imposible imaginar un mayor orden y mejor comportamiento que el observado por toda la población; no podría darse una reunión de gentes donde prevaleciera más la cortesía y el buen natural: desde el negro humilde hasta el magnate de origen español, en todas las clases podía observarse el mismo espíritu benevolente y amable”. Le llamó la atención la buena calidad de los vestidos de las personas de clase modesta, y calculó sin exagerar “que cada una de ellas debe gastar por lo menos, en manifacturas inglesas, un promedio anual de cinco libras esterlinas”.

La ceremonia más importante tuvo lugar en la Catedral, presidida por el obispo, que por algunos detalles nos parece que se trata del oficio que se rezaba el Miércoles Santo de la Reseña.

No deja de ser un protestante, y a pesar de haber participado y elogiado las magníficas ceremonias, las considera “idólatras”. Finalmente desea que entre nuestra gente crezca “la inteligencia y la educación” para que el pueblo pueda “recibir las verdades sublimes del Evangelio y las doctrinas puras y el simple culto de la religión reformada del cristianismo”

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