Catalina Labouré

La santa del silencio: Catalina Labouré

La niñez de santa Catalina Labouré Santidad a través del servicio con amor

El hecho de que santa Catalina posara sus manos sobre el regazo de la Santísima Virgen no la convirtió en santa. Ella no realizó milagros personalmente, ni tampoco practicó una caridad heroica como lo hicieron otros grandes santos. No fue pobre materialmente como lo fueron los niños de Fátima o santa Bernardita. Ella nació en una familia de la clase media alta de las praderas y viñedos de Borgoña, en Francia. Su padre era un hombre educado y un excelente granjero que vivía en el pueblo de Fain-les-Moutiers, no muy lejos de Dijon. La santidad de Catalina se desarrolló en la mitad de un siglo de servicio fiel como una sencilla Hija de la Caridad.

La niña de María

Catalina nació mientras sonaba el Ángelus vespertino el 2 de mayo de 1806, hija de Pedro y Luisa Labouré. Fue la novena hija de una familia de once. Quince minutos después de su nacimiento, su nombre fue inscrito en los registros de la ciudad. Al día siguiente, fue bautizada al celebrarse la solemnidad de la Exaltación de la Santa Cruz. Parece mucha coincidencia que Catalina naciera cuando el Ángelus estaba repicando, seguramente fue un toque encantado de Dios —anunciando con campanas a la santa que iba a ser altamente favorecida por María—. No fue un accidente que el nombre de Catalina recibiera la pronta atención del mundo. Incluso la celebración del bautizo de Catalina fue profética, pues Catalina encontraría la cruz en cada momento de su vida, le tendría una profunda devoción y vería una misteriosa visión de la cruz.

Cuándo Catalina tenía nueve años, su madre murió. Después de su entierro, la pequeña Catalina se retiró a su cuarto, se paró en una silla, tomó la estatua de Nuestra Señora de la pared, la besó y dijo: “Ahora, querida Señora, tú serás mi madre”.

Dios tiene un plan

Después de vivir un año en París, con su tía Margarita, Catalina volvió a casa de su padre para encargarse del hogar. Era la hija preferida de su padre, y este severo y eficiente granjero de la clase media dependía de ella. El 25 de enero de 1818, Catalina hizo su Primera Comunión. A partir de ese día, se levantaba cada día a las 4:00 de la mañana y caminaba varias millas hasta la iglesia para poder asistir a misa y orar.

Un día tuvo un sueño en el cual vio a un sacerdote celebrando la misa. Después de la misa, el sacerdote se dio la vuelta y le hizo señas para que viniera hacia él, pero ella retrocedió mirándolo. Su visión se trasladó a un cuarto de enfermos dónde vio al mismo sacerdote, que le dijo: “Mi niña, es una buena obra cuidar a los enfermos; tú huyes ahora, pero un día estarás contenta de venir hacia mí. Dios tiene planes para ti, no lo olvides”. Luego despertó sin entender el significado de aquel sueño.

Tiempo después, mientras visitaba un hospital de las Hijas de la Caridad, Catalina se percató del retrato de un sacerdote en la pared. Le preguntó a una hermana quién era él y ella le dijo: “Nuestro Santo Fundador, San Vicente de Paúl”. Ese fue el mismo sacerdote que Catalina había visto en su sueño.

Hermana Catalina, Hija de la Caridad

En enero de 1830, Catalina Labouré se hizo postulante en el hospicio de las Hijas de la Caridad en Catillon-sur-Seine. Tres meses después estaba de vuelta en París, esta vez para entrar en el noviciado en la casa madre de las Hijas de la Caridad. Un poco después de haber entrado en su nuevo hogar, Dios se complació dándole varias visiones extraordinarias. En tres días consecutivos ella contempló el corazón de San Vicente sobre el relicario donde estaban expuestas sus reliquias, cada vez bajo un aspecto diferente. Otras veces contemplaba a nuestro Divino Señor frente al Santísimo Sacramento. Esto ocurría especialmente durante la misa cuando se le aparecía como se lo había descrito en la liturgia del día.

María se aparace a santa Catalina Labouré

La primera aparición

En víspera del día de san Vicente de Paúl, el 19 de julio, la Hermana Superiora habló a las novicias sobre las virtudes de su santo Fundador y le dio a cada una de ellas un trozo de material de su camisola. Catalina le rezó con fervor a san Vicente para que le concediera ver con sus propios ojos a la Madre de Dios.

Estaba convencida de que esa misma noche vería a la Santísima Virgen María. En su convicción, Catalina se quedó dormida. Poco después, la despertó una luz brillante de la que venía la voz de un niño. “Sor Labouré, ven a la capilla; la Santísima Virgen te espera”.

Catalina contestó: “Nos van a descubrir”.

El pequeño sonrió: “No te inquietes, son más de las once y media, todos están durmiendo... ven, estoy esperándote”. Ella se levantó rápidamente y se vistió. Las luces del pasillo estaban encendidas. Las puertas de la capilla, que estaban cerradas con llave, se abrieron cuando el ángel las tocó. Asombrada, Catalina encontró la capilla iluminada con luces como preparada para la misa de gallo. En seguida, se arrodilló en la barandilla de comunión, y de repente, oyó el susurro de un vestido de seda… la Santísima Virgen, iluminada de gloría, sentada en la silla del padre director. El ángel murmuró: “La Santísima Virgen desea hablar contigo”.

Catalina se levantó, se arrodilló al lado de la Santísima Virgen y apoyó las manos en su regazo. María le dijo: “Dios desea encargarte una misión. Te van a contradecir, pero no tengas miedo; tendrás la gracia para hacer lo que es necesario. Cuenta a tu director espiritual todo lo que te ha pasado. Los tiempos son siniestros en Francia y en el mundo”.

El rostro de la Virgen muestra una expresión de dolor.

“Ven al pie del altar. De aquí, gracias serán derramadas sobre todos, grandes y pequeños, especialmente sobre aquellos que las buscan. Tú tendrás la protección de Dios y de san Vicente. Yo siempre te protegeré. Habrá mucha persecución. La cruz será tratada con desprecio. Será tirada en el suelo y correrá sangre”. Entonces, después de haber hablado por un rato, la Señora, como una sombra que se desvanece, se fue.

Una vez más, siguiendo al niño, Catalina abandonó la capilla, caminó por el pasillo y regresó a su sitio en el dormitorio. El ángel desapareció y cuando Catalina se fue a la cama, oyó cómo el reloj marcaba las dos de la mañana.

María vuelve a aparecerse

Catalina vivió una vida normal como novicia de las Hijas de la Caridad hasta el Adviento. El sábado 27 de noviembre de 1830, a las 5:30 de la tarde, se retiró a la capilla con otras hermanas para la meditación de la tarde. Catalina oyó un ruido como de seda… entonces reconoció la señal de Nuestra Señora. Alzando la vista hacia el altar principal, vio a la bella Señora parada sobre un globo grande.

La Virgen habló, esta vez dándole una orden directa: “Haz que se acuñe una medalla como te la he enseñado. Todos los que la lleven puesta recibirán grandes gracias”.

Catalina le preguntó que cómo debía hacer acuñar la medalla. María le contestó que debía ir donde su confesor, el Padre Juan María Aladel, refiriéndose a este santo padre como: “Él es mi servidor”. Al principio, el Padre Juan María no le creyó a Catalina. Sin embargo, después de dos años, finalmente fue donde el arzobispo, quien ordenó que dos mil medallas fueran acuñadas el 20 de junio de 1832. Cuando Catalina recibió su parte de estas primeras medallas de manos del padre, dijo: “Ahora debe ser propagada”.

La difusión de la devoción a la medalla, recomendada por santa Catalina, se llevó a cabo tan rápidamente que esta fue un milagro en sí misma.

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