HistoriaRevolución Francesa | Bernard-René Jordan de la Jordanie de Launay | Luis XIV | Robert Damiens | toma de la Bastilla | Pierre-Augustin Hulin | Francia | Luis XV | París | pólvora | Versalles | Voltaire

La Revolución francesa y sus excesos

"Libertad, igualdad, fraternidad" era el grito de los sans-culotte que tomaron la Bastilla, esa gesta considerada la bisagra entre dos eras de la humanidad. Pero todo cambio tiene sus costos, sus daños colaterales y víctimas anónimas, que son necesarias recordar para entender la verdadera dimensión de las gestas, sus virtudes y sus defectos.

Curiosamente el marqués Bernard-René Jordan de la Jordanie de Launay, nació y murió en el mismo lugar, la tenebrosa Bastilla. Por más que su padre había sido gobernador de la prisión más famosa de Francia (razón por la cual él había nacido allí), Launay debió comprar su cargo, una costumbre esencial para el descalabro administrativo del Ancien Régime, donde ninguna posición se lograba por mérito sino por parentesco o adquisición. Por este nombramiento Launay había desembolsado 300.000 libras, una cifra grande pero que podía recuperar en dos o tres años en el ejercicio del cargo, ya que los prisioneros debían pagar sus gastos (y, especialmente, sus lujos).

La Bastilla de San Antonio (tal su nombre) fue construida en 1370 para defender el acceso oriental a la ciudad. París (o Lutetia, como le decían los romanos) había sido asediada por los vikingos; en la mente de sus reyes y aristócratas cabía la posibilidad de ser asaltada por los ingleses, quienes por cien años habían asediado territorio francés. Por tal razón, construyeron la fortaleza con torres o bastiones que le dieron su nombre. El modelo fue ampliamente copiado a lo largo y ancho de Europa como fortaleza. Por siglos sirvió de prisión para los soldados de otras naciones que combatieron contra Francia, especialmente británicos. En 1652 se peleó frente a sus muros en la revuelta de San Antonio, durante la sublevación de la Fronda. Luis XIV la usó para encarcelar a sus enemigos políticos, cuando trataba de imponer su férrea conducción aplicando la censura y restricciones de expresión. Voltaire, entre otros, fue un huésped involuntario de la Bastilla.

En esos años fue que la prisión conquistó su fama tenebrosa. Para cuando ésta fue tomada a fin de que los rebeldes se proveyesen de pólvora, solo había 6 prisioneros en sus celdas y ninguno era un perseguido político, solo 4 falsificadores, un noble condenado por incesto y un cómplice de Robert Damiens, autor de una tentativa de asesinato de Luis XV, que se había declarado insano. La ausencia de prisioneros políticos no importaba, lo fundamental era que una masa conducida por exaltados de la barriada de Saint-Antoine, se habían apoderado de la odiada cárcel, y en el proceso asesinado a su gobernador, el marqués de Jordan Launay. Esta “hazaña” adquiría dimensiones épicas en el relato revolucionario.

Ninguna orden llegó de Versalles durante el alzamiento y el marqués debió tomar una resolución: aceptar la demanda de los revoltosos o resistir a sus pedidos… Y el marqués se resistió, aunque prometió no disparar sus cañones contra la multitud. Entonces comenzó a dialogar con dos delegados, pero las conversaciones se prolongaron y la multitud se impacientó. Comenzaron a empujar las puertas que cedieron y así accedieron al patio exterior. Un grupo rompió las cadenas del puente levadizo e intentó entrar al interior. Fue entonces que alguien de la guarnición disparó. Más sublevados ingresaron a la prisión y entonces los defensores abrieron fuego a discreción. La multitud que esperaba afuera de la Bastilla creyó que esta era una traición de Launay y forzaron su entrada al bastión. Por cuatro horas se sucedieron los combates, con cien muertos entre los sublevados y una sola víctima fatal entre los defensores.

Launay, desesperado, amenazó con hacer estallar la fortaleza. Fue entonces que sus hombres desertaron. Casi sin soldados, solo y desesperado, el marqués hizo lo único que podía en ese momento: claudicó. Ató una servilleta a un bastón y entreabrió las puertas de la Bastilla. Ese fue su error. Una multitud forzó la entrada y Launay fue apresado. Un exsoldado que se encontraba entre la multitud, Pierre-Augustin Hulin (quien terminaría sus días como general de los ejércitos napoleónicos, conde del Imperio y oficial de la Legión de Honor), se ofreció a escoltar a Launay hasta el ayuntamiento, pero una turba enardecida intentó lincharlo a cuchilladas y lo asesinó. Muerto el marqués, un carnicero se encargó de cortarle la cabeza, que fue paseada entre la multitud, clavada sobre un pico. El marqués Jordan de Launay había perdido su extremidad cefálica antes de ser decapitado…

Esta fue la primera de las miles de cabezas que cayeron en los años desenfrenados de la Revolución francesa, donde la igualdad no siempre imperó, ni la libertad brilló y menos aún reinó la fraternidad, aplastada por la furia, el rencor y la sed de venganza.

Libertad, cuantos crímenes se cometen en tu nombre”, diría madame Jean-Marie Roland de la Platière, momentos antes que su cabeza rodara sobre el patíbulo.

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