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La primera gran rebelión fiscal

El hombre siempre se ha resistido a pagar impuestos, más si la plata otorgada afecta su forma de vida o capacidad de inversión. La Imposición sobre bienes y ganancias se remonta a los albores de la civilización, cuando el hombre se afinca en un lugar y deben organizarse. Los jefes recaudan los medios para hacer las tareas comunes, para tener medios para defender la sociedad y fondos para mantener el ritmo de vida de sus gobernantes. Estos proclaman esta “necesidad” invocando razones divinas, elecciones grupales o simplemente por disponer de medios coercitivos. Todo es válido para recaudar, porque el acto de la imposición, fortalece su poder.

Hecha la excepción de recalcitrantes anarquistas (que siempre los hubo), todo el mundo entiende que debe haber algún impuesto “justo”, a fin de tener los medios para que la sociedad funcione. El problema radica en la definición de “justo”.

Para llevar adelante esta tarea recaudadora había funcionarios destinados ad hoc. En Egipto, por ejemplo, estos tenían permiso de ingresar a las casas para ver cuanto aceite tenían destinado a cocinar, elemento sobre el que cobraban impuestos. Los romanos necesitaban el dinero de los pueblos que conquistaban para mantener sus ejércitos siempre listos y en buenas condiciones. El éxito romano se basó en la efectividad de su organización militar y su capacidad coercitiva.

Obviamente, una parte de lo recaudado se destinaba a mantener el rumboso ritmo de vida de la oligarquía. Y por más que hubo quejas y rebeliones, la mayor parte respetó la consigna bíblica “Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”, aunque hayan rodado algunas cabezas en el ínterin....

La primer gran rebelión antifiscal ocurrió en 1215 cuando los nobles ingleses se quejaron ante el rey Juan sin Tierra y lo obligaron a firmar un texto donde éste limitaba su capacidad impositiva y, especialmente, para imponer retribuciones que pudiesen ser arbitrarias. En realidad, la Carta Magna regulaba los impuestos entre el rey y los nobles, dejando un amplio margen para expoliar a las clases menos pudientes.

La mejor excusa para justificar las exacciones son las guerras. Bajo la consigna que “cuando la Patria está en peligro, todo pertenece a la Patria”, los gobiernos suelen exacerbar su celo recaudador, más aún si la guerra en la que se han involucrado dos naciones dura Cien Años. A los altos impuestos se agregó la brutalidad de los recaudadores, los nuevos fariseos.

Surge en Inglaterra un movimiento de campesinos con líderes como John Ball y Wat Tyler, quienes aprovecharon la juventud del nuevo rey Ricardo II para elevar sus quejas. La peste negra que había asolado al mundo años antes, potenció el inconformismo de las clases menos acomodados. De una forma u otra, la peste había demostrado que los nobles y monarcas eran tan mortales como ellos y que, al morir tantos campesinos, la mano de obra ya no volvería a ser tan barata.

A estos factores socioeconómicos se sumaba la prédica del teólogo John Wyclif, uno de los precursores del protestantismo, quien planteó que la Iglesia Católica debía abandonar sus riquezas a favor de una iglesia espiritual, más respetuosa de La Biblia, texto que el mismo Wyclif tradujo al inglés en 1382. Su actitud de abierta rebeldía al Vaticano y la extensa prédica de sus seguidores, llamados lolardos, fue un ejemplo para la intransigencia de estos campesinos que se alzaron contra la prepotencia de los recaudadores.

El 30 de mayo de 1381, mientras intentaban recaudar los abrumadores impuestos, los aldeanos de Fobbing agredieron a los enviados del Tesoro inglés, quienes se vieron obligados a huir del pueblo con las manos vacías. Los rebeldes, exaltados por la prédica religiosa y la conducción de Wat Tyler, se dirigieron a Londres atacando las propiedades de algunos señores feudales en el camino, causando desmanes y muertes que pusieron en peligro a la integridad del reino.

Nadie conocía exactamente el origen de Tyler, decían que era hijo de un tejador (tiler en inglés, que hace tejas). Su vida se mezcló con la leyenda creada a su alrededor. Se dice que peleó en Francia, lo que lo convertía en un testigo presencial del esfuerzo bélico y los gastos que esto implicaba. Volvió a su pueblo, se casó y trabajó como herrero. De no haber existido esta revuelta ante las exigentes exacciones, Wat hubiese sido un desconocido, uno de los millones de campesinos que vivían sus días miserablemente y que raramente llegaban a los 40 años.

Sin embargo, fue este ignoto herrero quien encabezó el alzamiento, exigiendo una audiencia con el joven monarca, Ricardo II, a la sazón de 14 años. Días antes habían asaltado la Torre de Londres y ejecutado al Canciller Lord Sudbury, uno de los propulsores de esta suba de impuestos.

Envalentonado con estos éxitos, Wat Tyler se apersonó para hablar con el mismísimo rey, pero, según las crónicas, lo hizo de forma impertinente. No solo aumentó las exigencias, sino que sacó su daga frente al monarca, gravísima afrenta que hizo que William Walworth, alcalde de Londres, le infligiese una grave herida en el cuello. Tyler apenas sobrevivió unas horas, mientras el joven monarca aprovechó el desconcierto para dirigirse a los rebeldes, mintiéndoles sobre el cumplimiento de las promesas que había efectuado. Sesenta mil campesinos se alejaron del lugar creídos de que habían obtenido una reivindicación de sus exigencias.

Desarmada la amenaza, los hombres del rey se encargaron de capturar a los cabecillas y ejecutarlos. En pocas semanas, el movimiento que había conmovido a Inglaterra, llegaba a su fin por una traición y una mentira.

Sin embargo, los nuevos impuestos fueron removidos y por cien años, dada la escasez de mano de obra, las demandas de los campesinos fueron observadas con más detenimiento.

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La muerte de Wat Tyler según una ilustración de las Crónicas de Jean Froissart (s. XV).
La muerte de Wat Tyler según una ilustración de las Crónicas de Jean Froissart (s. XV).

La revuelta inglesa no fue la única que asoló a Europa. Las hubo en Francia, en Italia y Cataluña. La salida de la peste negra creó revueltas campesinas y conflictividad social en las urbes, en parte instigadas por nuevas concepciones religiosas (ya que la historia de las gratificaciones en la otra vida no era suficiente como para compensar tanto sufrimiento en este valle de lágrimas) y porque la escasez de mano de obra, daba un nuevo matiz a la economía. Los rebeldes obedecían a un líder espontáneo que recogía e interpretaba el malestar de la población. Estos levantamientos eran inesperados, destructivos y breves, porque no había una dirigencia organizada para prolongar el reclamo, ya que todos los líderes solían morir por la represión de los nobles, con fuerzas mejor organizada.

La baja nobleza, además, había obtenido una nueva fuente de ingresos con la militarización de sus súbditos. Mediante el botín obtenían más lucro que por la explotación de sus tierras (de allí una guerra que durara cien años). Dos meses de rapiña equivalían a la renta anual de 30 hectáreas, el área que podía trabajar un campesino. De allí que le fuera más remunerativa la guerra que la paz…

A las presiones de los nobles, había que agregar el diezmo de la Iglesia. De allí la connotación teológica que tenían estas revueltas medievales.

De una forma u otra, la excesiva presión impositiva ha sido (y será) una causa de revueltas y revoluciones, de conflictos y derramamiento de sangre, de luchas y traiciones, que se repite con obstinada perseverancia en nuestra historia, donde los gobiernos no parecen comprender la connotación gravosa de los impuestos y solo terminan repitiendo errores y excesos, con las consecuencias que suelen acarrear.

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