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La peregrinación de Werner Herzog

"Uno experimenta quizá sólo cinco o seis veces en la vida esa increíble sensación que ilumina y enriquece la propia existencia." (Werner Herzog)

Werner Herzog es una persona diferente al común de la gente. Como cineasta, es capaz de hacer subir un barco por una montaña, filmar una película en el Amazonas con cientos de aborígenes que no hablan español y que quieren matar a su actor principal, contar su propia historia sobre Nosferatu, presentar a un indescifrable personaje bizarro como Kaspar Hauser o filmar una película en blanco y negro en la que todos sus actores son enanos.

Werner Herzog ha hecho documentales fascinantes sobre las cuestiones más diversas, como la vida y la dramática muerte de un ecologista a manos de un oso grizzly, el proyecto de un ingeniero de sobrevolar Guyana en un zeppelin en miniatura, los espejismos en el desierto del Sahara o la exploración de las cuevas de Chauvet.

Werner Herzog también escribe. Sus libros son como sus películas: singulares y personales. Es un gran placer leerlos, derraman franqueza y emoción con una enorme naturalidad.

Werner Herzog es un tipo especial.

Lotte Eisner (1896-1983) fue una crítica cinematográfica reconocida en toda Europa; su ensayo “La Pantalla Diabólica” es considerado un clásico de la crítica cinematográfica y referencia indispensable en el cine expresionista alemán. Fue cofundadora de la Filmoteca Francesa y gracias a ella se ha conservado gran material del cine alemán que de otro modo se hubiera perdido con las guerras. Fue la narradora en el documental Fata Morgana (Werner Herzog, 1971), realizadora y partícipe de muchos documentales trascendentes.

En 1974, a los 32 años, Werner Herzog se enteró de que su admirada y querida amiga Lotte Eisner, de 78 años, que vivía en París, había sufrido un accidente cerebrovascular y estaba grave. Herzog decidió, en un impulso casi místico que luego se volvería una constante en su carrera, recorrer caminando en línea recta la distancia entre Munich y París (700 km en línea recta-recta, 820 km por carretera) con la extraña idea de que si conseguía cumplir su peregrinación, como una ofrenda a su amiga, Eisner se recuperaría. Y se recuperó: vivió nueve años más después de que el Herzog llegara, con los pies destrozados, a su departamento en París.

“A fines de noviembre de 1974 me llamó un amigo desde París y me dijo que Lotte Eisner estaba muy mal y que probablemente moriría, a lo que yo dije que eso no podía ser, no en este momento; el cine alemán aún no podía prescindir de ella, no debíamos permitir que eso sucediera. En 1974 los cineastas alemanes todavía éramos frágiles, y cuando un amigo me dijo lo de Lotte decidí no ir en avión a verla. Volar no era lo que correspondía en un momento como ese.”

“Lotte Eisner es la conciencia de todos nosotros, la conciencia del Nuevo Cine Alemán y, desde que falleció Henri Langlois, también la conciencia del mundo en el cine. Y como no podía aceptar la posibilidad de su muerte, fui caminando desde Munich hasta su departamento en París. Me cambié la camisa, junté un poco de ropa, armé un bolso con lo estrictamente necesario. Mis botas eran muy buenas y confiaba en ellas. Tomé un mapa y una brújula y salí en línea recta. Sólo me desvié una vez del camino: fui a Troyes para conocer la catedral. Yo caminaba contra la muerte de Lotte; sabía que si viajaba a pie ella estaría viva cuando llegara. Y eso fue lo que sucedió. Lotte vivió hasta los noventa y tantos años.”

Herzog emprendió la peregrinación el 23 de noviembre, al comienzo del invierno, cruzando una Europa rural desolada, durmiendo debajo de puentes o en establos y granjas abandonadas. Fue un viaje solitario, lúgubre, íntimo, salpicado de epifanías y adversidades, excéntrico, onírico. Herzog, resiliente y obsesivo, le ofrendó a su amiga una “caminata existencial” en el límite de la locura, esa locura que se volvería casi explícita en obras como “Fitzcarraldo” o “Aguirre, la ira de Dios”. Llegó a París el 14 de diciembre.

“Del caminar sobre hielo”, editado en 1978, es el libro en el que Herzog relata su viaje a pie lúdicamente chamánico de Munich a París en 1974 para confortar a su amiga, a quien Herzog decide ir a ver en su forma “existencialmente trascendente”: caminando. Herzog cuenta en el libro que él decide (no es que lo piensa, lo decide, según sus propias palabras) que si va a verla caminando, Lotte se salvará. Y Lotte se salva, y vive nueve años más después de haber estado al borte de la muerte.

En el libro Herzog se circunscribe a transcribir imágenes, anécdotas, frases aisladas que son referencia de sus largas jornadas. La rutina de cada día se reparte entre apreciaciones sobre el clima, el ocasional encuentro con personas, la interacción con algún animal y el lugar elegido para dormir. El frío no es aquí una mera condición meteorológica sino una variable que el cineasta experimenta su cuerpo con una intensidad apabullante. En un pasaje, por ejemplo, escribe: “Por primera vez no me di cuenta para nada de que estaba caminando. Claridad y frescura absolutas en el aire, más arriba hay un poco de nieve. Las mandarinas me ponen eufórico”.

Cuando Herzog empieza a acercarse a Francia, el cambio de atmósfera lo predispone de otra forma. Su destino ya no es inalcanzable. Un poco después llegará a París. Eisner aún está con vida.

“Cuando llegué a París, caminé hasta lo de Lotte. Ella todavía estaba cansada y marcada por la enfermedad. Alguien le tiene que haber dicho por teléfono que yo había venido a pie, yo no quería mencionarlo. Estaba avergonzado y levanté mis doloridas piernas sobre una segunda silla que me alcanzó ella. Juntos, le dije, vamos a cocinar pescados al fuego. Ahí me miró y me sonrió muy delicadamente. Por un breve y delicado momento algo dulce atravesó mi cuerpo muerto de cansancio. Entonces le dije: abre las ventanas, desde hace unos días que puedo volar.”

Herzog ha hecho un culto personal de sus prolongados viajes a pie por todo el mundo; en el libro “Herzog por Herzog”, dice: “cuando uno viaja a pie, la intensidad del viaje es otra. Viajar a pie no tiene nada que ver con el ejercicio físico. Yo no sueño por las noches, pero cuando camino ingreso en el mundo de los sueños, floto entre fantasías y protagonizo historias increíbles. Literalmente cruzo novelas, películas y partidos de fútbol caminando. Nunca miro dónde piso, pero jamás pierdo la dirección.”

“Hace demasiado tiempo que estamos separados de lo esencial, que es la vida nómada: viajar a pie. Personalmente, preferiría hacer a pie las cosas esenciales de mi vida también a nivel existencial. Si usted vive en Inglaterra y su novia está en Sicilia, y usted está seguro de que quiere casarse con ella, tendrá que ir caminando a Sicilia para proponerle matrimonio. No corresponde viajar en avión ni en automóvil para esta clase de cosas. El volumen, la intensidad y la profundidad del mundo son cosas que sólo experimentan los que viajan a pie. Nunca he sido turista, porque el turismo destruye culturas. Las culturas del mundo visitadas por turistas están siendo despojadas de su dignidad básica y su identidad.”

“Mis viajes a pie siempre fueron experiencias esenciales para mí. Muchas veces en mis caminatas por Alemania, a veces incluso durante dos días seguidos, no encontraba ninguna fuente o arroyo donde beber. Una vez golpeé a la puerta de una casa en el medio del campo y pedí algo para beber. '¿De dónde viene usted?', me preguntó el granjero. Le dije que de Schrang. '¿Y eso está muy lejos?' 'A unos 1.500 kilómetros”, dije yo. '¿Y cómo llegó hasta aquí?' En cuanto le expliqué que había llegado caminando empezamos a hablar en serio. Cuando la gente se entera que uno viene caminando desde muy lejos empieza a desmpolvar historias que llevaba muchos años guardadas.”

Herzog recuerda en forma emotiva los últimos días de su amiga: “unos años después de aquella caminata ella estaba casi ciega, no podía caminar ni leer ni tampoco ir al cine, y me dijo: 'Werner, estoy bajo un hechizo que no me deja morir. Estoy cansada de la vida. Ahora sería un buen momento para mí.' 'De acuerdo Lotte, aquí y ahora te libero del hechizo.'”

Lotte Eisner murió tres semanas después.

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