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La parte faltante de Rasputín

Grigori Rasputín murió asesinado, el 30 de diciembre de 1916, por aristócratas rusos temerosos del poder que ejercía sobre el Zar y su familia. A pesar de recibir dosis de veneno que acabarían con un ejército, el monje debió ser ultimado a balazos. Aunque su resistencia a morir puede ser explicada científicamente, esta solo aumentó la fama del santulón.

“Se deben cometer los pecados más atroces, porque Dios sentirá un mayor agrado al perdonar a los grandes pecadores”.

Y Grigori Yefinovich Rasputín (1869 – 1916), el autor de esta frase, se esforzó en cometer tales atrocidades. Faltó a todos los pecados capitales, aunque su preferencia eran, sin dudas, los pecados carnales, que cometió con innumerables señoras seducidas por este monje loco que había convencido a la familia del Zar de su capacidad terapéutica para tratar los males del zarevich Alexei a través de un “hipnosis curativa”. Estas sanaciones milagrosas más las predicciones crípticas que no siempre seguían las lógicas estructuras sintácticas (o faltaba el sujeto o el verbo o el predicado), y menos aún acertaban en el pronóstico, le habían ganado a Rasputín un enorme prestigio.

Un halo misterioso lo envolvía convirtiendolo en un hombre irresistible para algunas damas de la corte, mas cuando cierta tradición religiosa rusa (la de los Khlysty o flagelantes) implicaban prácticas orgiásticas que Rasputín se apresuraba a cumplir como corresponde, es decir, religiosamente.

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Pero es bien sabido que la fama y el poder trae enemigos. Estos, por temor a la influencia que ejercía sobre la familia real, decidieron matar al monje. A tal fin, el príncipe Felix Yusupov y el gran duque Demetrio Romanov (primo del Zar) lo invitaron al monse a cenar la noche del 31 de Diciembre de 1916.

Estimado lector, si usted planea deshacerse de un adversario untando kilos de cianuro en su comida, asegúrese de no darle a beber vodka y vino antes de la ingesta, porque el cianuro pierde su efecto ante presencia del alcohol (al formarse nitrilos y agua).

Evidentemente el príncipe y el gran duque estaban flojos en química, y Rasputín tomaba vodka cómo un cosaco (en realidad lo era). Al ver que el monje no moría por el cianuro que muy generosamente habían introducido en su comida, el príncipe Yusupov decidió dejar de lado las sutilezas del veneno, sacó un arma y le disparó al corazón de Rasputín. Al parecer tampoco el tiro al blanco era el fuerte del príncipe, porque el monje salió corriendo del palacio. Entonces los aristócratas perdieron todas las formas y contrariando la normas de la etiqueta, molieron a palos al santurrón. Por las dudas ataron al supuesto cadáver y lo arrojaron a las heladas aguas del Neva. Y digo “supuesto cadáver” porque cuando días más tarde le hicieron la autopsia, los médicos descubrieron que los pulmones estaban llenos de agua, es decir que Rasputín aún respiraba al ser arrojado al río.

El cadáver del monje loco fue enterrado, pero se corrió el rumor que junto al cuerpo se había escondido parte de la fortuna de Rasputín. Alexander Kerenski, un célebre revolucionario socialista, ordenó desenterrar el cadáver. Era necesario mucho dinero para bancar la aventura Revolucionaria y al místico orgiástico evidentemente no le haría falta el crematístico en la otra vida (aunque ¡vaya uno a saber!) No había oro en la tumba, pero el haber profanado el reposo eterno de este monje con olor a dudosa santidad, provocó malestar entre los creyentes. Para evitar más problemas el gobierno decidió quemar los restos de Rasputín.

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Aquí comienza la leyenda, porque no todo el cuerpo del monje fue reducido por las llamas; una parte importante de la anatomía se salvó, justamente la que el religioso libidinoso más había usado en vida y que le había creado fama imperecedera. ¿Cómo es que sobrevivió esta parte de Rasputín? No se sabe a ciencia cierta si el apéndice reproductivo fue sustraído antes, durante o después de la autopsia, porque las fotos que se conservan del cadáver son de la cintura para arriba. ¿Pudo haber sido emasculado por sus asesinos como última afrenta? ¿O fue acaso una amante deslumbrada que quiso conservarlo como grato recuerdo? ¿Fue su hija quien además propagó la leyenda erótica de su padre? ¿O el patólogo que realizó la autopsia decidió conservar este portento anatómico por sus dimensiones poco habituales siguiendo el hábito coleccionista de los galenos que adoran atesorar estas variables de la naturaleza? Algunos sostienen que las partes de Rasputín quedaron en manos de su hija y ésta se las cedió a un tal Dr. Ripple. A la muerte de este, sus bienes fueron adquiridos por Michael Augustine, quien halló esta reliquia conservada en formol. En realidad nunca se sabrá exactamente cómo llegó el miembro a manos del doctor Igor knyazkin, un prominente urólogo ruso, que dice haberlo comprado en un anticuario de París por la módica suma de U$S 8.000.

Lo cierto es que este especialista en próstatas ha hecho buen uso de su adquisición al exhibirla junto a otros 15.000 artículos en el Museo Nacional de Arte Erótico, que funciona en la clínica del Dr. Knyazkin dedicada, obviamente, a la salud sexual.

Si alguna vez decide visitar San Petersburgo, no deje de visitar este fascinante museo, donde por fin reposa el miembro viril del santurrón ruso, al que le diera en vida un uso excesivo.

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