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La oratoria vibrante de Ana Betancourt a favor de la mujer

Ante la imposibilidad de tomar parte en la Asamblea Constitucional de Guáimaro por su condición de mujer, la camagüeyana Ana Betancourt, días después, el 14 de abril de 1869, pronunció un apasionado discurso en el que exigió que las féminas cubanas fueran liberadas de las cadenas de la esclavitud que su sexo les imponía.

Ana Betancourt de Mora fue una luchadora por los derechos femeninos y por la libertad de Cuba, una mujer consciente del momento en que le tocó vivir, pero tan valiente como adelantada a los preceptos que para su época fungían como normales.

Después del alzamiento en arma de los camagüeyanos el 4 de noviembre de 1868, por la independencia de Cuba, la casa de la camagüeyana Ana Betancourt de Mora se convirtió en un foco de revolución.

Allí se depositaban armas y pertrechos que luego eran enviados a la manigua; y se hospedaban los emisarios procedentes de Oriente, mientras ella escribía las proclamas a favor de la causa mambisa, para distribuirlas al pueblo y a las tropas.

Un mes después del alzamiento, la persecución de los españoles la obligó a abandonar su casa para unir su suerte en la manigua a la de su esposo Ignacio Mora, hacendado y hombre culto, que junto a otros 75 camagüeyanos se levantó en armas en el Paso de Las Clavellinas.

En la Asamblea de Guáimaro, que tuvo lugar del 10 al 12 de abril de 1869, y en la que redactó la primera Constitución de la República de Cuba, subió al podio y en un discurso lleno de patriotismo proclamó la redención de la mujer cubana:

“La mujer cubana, en el rincón oscuro y tranquilo del hogar, esperaba paciente y resignada esta hora sublime en que una revolución justa rompe su yugo, le desata las alas (...) Cuando llegue el momento de libertar a la mujer, el cubano que ha echado abajo la esclavitud de la cuna y la esclavitud del color, consagrará también su alma generosa a la conquista de los derechos de la que es hoy en la guerra su hermana de caridad...”.

Ana fue prisionera de los españoles. Durante tres meses la mantuvieron bajo una ceiba, a la intemperie, como cebo para atraer a su esposo. En esas condiciones tuvo que soportar incluso un simulacro de fusilamiento, hasta que en 1871, habiendo enfermado de tifus, logró deshacerse de sus captores y escapar del país.

Visitó al presidente de Estados Unidos, Ulises Grant, para que intercediera a favor del indulto de los estudiantes de medicina acusados injustamente de profanar la tumba de un general español, en noviembre de 1871.

En ese mismo año pasó a residir en Kingston, Jamaica, donde recibió la noticia del fusilamiento de su esposo. Ella murió en Madrid el 7 de febrero de 1901, sin claudicar a los ideales por los cuales luchó.

Sus cenizas regresaron definitivamente a la Patria en 1968, al conmemorarse el Centenario de la Guerra de los Diez Años.

En su honor, una alta condecoración que otorga el Consejo de Estado de la República de Cuba, a propuesta de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), lleva su glorioso nombre.

Ciertamente ser mujer en estos tiempos es menos complejo, aunque siempre será difícil imponerse cuando el mundo entero puja por hacerte a un lado, o por imponerse sobre ti por tu condición de mujer. Hay que tener valor, y valores, para exigir el respeto que se merece. Así lo dijo Martí, El Apóstol, de la camagüeyana Ana Betancourt de Mora, cuando escribió sobre aquella histórica Asamblea de Guáimaro:

“…la elocuencia es arenga, y en el noble tumulto, una mujer de oratoria vibrante, Ana Betancourt, anuncia que el fuego de la libertad y el ansia del martirio no calientan con más viveza el alma del hombre que la de la mujer cubana…”

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