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La muerte de un gigante

Adolfo Alsina murió en cumplimiento de su deber como ministro de guerra inspeccionando las defensas que había ordenado construir para defenderse de los malones que pocos años antes habían asolado la provincia. Su fallecimiento abrió el camino presidencial a un joven general que se había destacado en las guerras jordanistas y la revuelta de 1874. Su nombre, Julio Argentino Roca.

Era don Adolfo Alsina un hombre de tamaño descomunal que imponía respeto por su altura, su barba precozmente encanecida, por esa nariz prominente y su vozarrón tan particular. En esos tiempos, en los que las lides políticas requerían una gran dosis de valor personal, su aspecto sobresaliente era una ventaja indiscutible. Más de una vez, el líder populista había impuesto su ideología a fuerza de puños. Las trifulcas entre pandilleros y chupandinos siempre terminaban a golpes, con contusos y algún herido por exceso de celo de sus compadritos de comité, a los que don Adolfo les tenía tanto afecto. No en vano le había regalado a Juan Moreira el legendario facón con cabo de plata, el mismo que inspirara a algunos indecisos a respaldar en la urnas las propuestas de don Adolfo…y si los resultados eran adversos, bueno, no había otro remedio más que enmendar los sufragios para evitar las torsiones de una democracia bisoña. Para eso estaban ellos, los conductores de los destinos de la patria; para conducir a los hombres y enmendar sus desaciertos electorales a fuerza de golpes y a punta de facón y pistola si hacía falta.

Don Adolfo había sido vicepresidente de Sarmiento y después del fraude de 1874, donde se había dado el gusto de vencer a Mitre, tanto en las urnas como en el campo de batalla, se había convertido en el Ministro de Guerra de Avellaneda, dispuesto a frenar la avanzada de la indiada. Después de la caída de Rosas, los gobiernos nacionales no habían sido muy exitosos en el manejo de la frontera. Hasta Mitre había hecho un papelón, a punto tal de que, por poco, no cuenta la historia. Gracias a los pactos con Catriel, la frontera había ganado en tranquilidad, pero tras la muerte de este, en 1874, se había desatado la guerra. Los malones se sucedían y las tribus de Namuncurá osaban llegar hasta pueblos como Junín, a escasa distancia de la capital. Cientos de miles de cabezas de ganado, fruto de la rapiña de los salvajes, cruzaban hacia Chile como preciado botín. Algo debía hacerse y Alsina era el hombre del momento. Bien sabía don Adolfo que de triunfar en el intento, el sillón de Rivadavia lo esperaba para premiar sus desvelos a pesar del soberbio porteñismo que lo alentaba y que se hacía indigesto para algunos provincianos. Pero la suerte siempre se sube a la cuadriga de los vencedores…

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Adolfo Alsina.
Adolfo Alsina.

Lamentablemente no pudo ser, porque mientras don Adolfo[1] visitaba la fosa que llevaba su nombre, única forma en la que podían contener al salvaje en un país sin medios, una grave afección cegó los días del gigante.

Volvía el hombre de la zona de Carhué, cuando recrudeció una enfermedad que ya lo había tenido a maltraer en 1865, a punto tal de verse obligado a viajar a Europa en búsqueda de un tratamiento. Lo asistieron aquí los doctores Mauricio González Catán y Manuel Aráuz.

Esta vez, el cuadro comenzó abruptamente, según nos cuenta el Dr. Guerino. Alsina sufrió fiebre intensa, cefaleas, etapas de lucidez y obnubilación con trastornos gástricos, un cuadro probable de uremia secundaria a una glomérulonefritis. Si bien algunos hablan de una infección intestinal que precipitó el cuadro renal, otros sostienen que se trató de fiebre tifoidea.

Don Adolfo no era hombre de rendirse sin pelear. Hasta último momento reclamó noticias sobre los asuntos ligados a sus tareas de funcionario. Finalmente entregó su alma al Señor, rodeado de parientes y amigos. Hombre de fe, se confesó antes de morir. Su cuerpo fue embalsamado por los doctores Julián Aguilar y Enrique del Arca.

Paul Groussac dijo acertadamente que esta muerte prematura modificó la historia de la Argentina y “en todo caso fue sentida y llorada como una calamidad”.

Fue Alsina un poderoso tribuno pero carecía de alma de estadista. Fue un líder popular, un caudillo urbano, el primer populista que nació con la nueva organización nacional. La enfermedad tronchó para siempre sus posibilidades de ser presidente de los argentinos. ¿Hubiese Alsina ampliado las bases democráticas del país? Nadie puede afirmarlo pero su muerte abrió las puertas a un general de treinta años que había ganado sus galones peleando contra López Jordán y durante la revolución de 1874. Julio Argentino Roca completó lo iniciado por su jefe y entonces fue él quien pudo acceder a la primera magistratura gracias a estos impredecibles caminos de la enfermedad.

[1] El padre de don Adolfo, Valentín Alsima, es su carácter de presidente del senado debió tomar el juramento de su hijo como vicepresidente, estaba tan emocionado que debió ser remplazado por el Dr. Angel Elias. En el discurso posterior dijo don Valentín que no se volvería a presentar en elecciones presidenciales, palabras que cumplió ya que muy enfermo (¿cancer?), murió el 6 de septiembre de 1869.

Extracto del libro La Patria Enferma de Omar López Mato.

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