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La muerte de Mariquita

María Josepha Petrona de Todos los Santos Sánchez de Velasco y Trillo, más conocida como Mariquita Sánchez de Thompson (y menos recordada por el apellido de su segundo marido, Mendeville) murió el 23 de octubre de 1868, después de una larga y agitada existencia.

Mariquita fue protagonista de una historia de amor que fue el comentario obligado de la pacata sociedad porteña cuando se enamora de su primo Martín Thompson. Ante la oposición de sus padres, llegaron a encerrarla en un convento para evitar que los enamorados se viesen (aunque el ingenio de los novios logró vencer este escollo). Mujer empecinada y de muchos recursos, Mariquita se presentó ante el virrey Sobremonte para que dejase sin efecto las disposiciones de sus progenitores, quienes pretendían casarla con un rico pero viejo comerciante. Al final, el virrey concedió la dispensa y los jóvenes contrajeron matrimonio el 29 de julio de 1805.

El hogar de la pareja se convirtió en el centro de la sociedad porteña, lugar de tertulias y encuentros donde se cantó por primera vez “La marcha patriótica” (aunque no todos coinciden en que haya sido en su casa de la actual calle Florida donde se ejecutó la obra de Vicente López y Planes).

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Los Thompson fueron patriotas entusiastas y Martín fue enviado a EEUU en misión diplomática, aunque tuvo un brote psicótico y lamentablemente murió cuando volvía a Buenos Aires. Para entonces la pareja tenía 5 hijos.

El amor no tardó en volver al corazón de Mariquita quien contrajo nuevas nupcias, esta vez con Washington de Mendeville, un francés que llegó a ser cónsul de su país natal. Sin embargo, los sinsabores conyugales terminaron por separar a la pareja y más aún los políticos, ya que sintiéndose oprimida por el gobierno de su amigo de la infancia, Juan Manuel de Rosas, decidió marchar al exilio en Montevideo. Al enterarse de este viaje, Rosas le mandó una esquela con la ironía que lo caracterizaba, el Restaurador le preguntaba “¿Porqué te vas Mariquita?”. La respuesta no pudo ser más sincera. “Porque tengo miedo, Juan Manuel”. Su exilio duró hasta el desenlace de Caseros, oportunidad en que la anciana (que aún encendía pasiones, como la que refirió Domingo Sarmiento cuando la visitó en Montevideo) aprovechó para retornar a la “tierra de mis lágrimas”.

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Volvió a la Sociedad de Beneficencia y a brillar como antaño en las reuniones de la oligarquía porteña, hasta que el 23 de octubre en 1868 Doña Mariquita pasó a mejor vida (que en realidad, no es vida).

Sus restos fueron sepultados en el Cementerio de la Recoleta cerca del Panteón de los ciudadanos meritorios. Se dice que en su bóveda se guardaron los restos de una nieta de Napoleón, hija del Conde Walewski, al que conoció cuando este se desempeñó como diplomático en Buenos Aires durante el conflicto con Francia.

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“Es preciso defender mis derechos”, le había escrito Mariquita al virrey Sobremonte cuando defendió su amor adolescente. Desde entonces Mariquita ha sido un ejemplo de la defensa de los derechos de las mujeres.

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