PersonajesJuan Lavalle | Cementerio de la Recoleta

La muerte de Juan Lavalle

Perseguido por las derrotas, abandonado por las propias fuerzas, a Juan Lavalle solo le quedaba el camino del exilio seguido por 168 fieles, que lo acompañaron en esta desesperada huida. Después de haber sobrevivido a cientos de batallas y entreveros, una bala perdida puso fin a la legendaria figura del sable sin cabeza. ¿Fue el negro Bracho quien mató al general, o acaso la dulce Damasita Boedo vengó la afrenta familiar? ¿Fue su muerte el suicidio del héroe agobiado por los fracasos? Esta es la historia de una incógnita.

Después de ser derrotado en Faimallá, abandonado por sus soldados correntinos y sacrificados sus aliados en Metán, a Juan Lavalle no le quedaba otra opción que dirigirse a Bolivia, perseguido de cerca por las tropas de Oribe, quien le había prometido a Rosas llevarle la cabeza de su enemigo.

A pesar de la situación desesperada, aún le quedaban ganas al general de conquistas galantes, aunque aún le escribía a su esposa cartas de amor. En Salta se había unido a su comitiva la joven Damasita Boedo, que conoció a Lavalle cuando éste ordenó la ejecución de su tío y su primo, por pertenecer éstos al Partido Federal.

¿Por qué una joven de buena familia decidió unir su destino al asesino de sus parientes? ¿Acaso fue forzada a hacerlo, tramaba una venganza o había sucumbido a la seducción del general? Lo cierto es que era menester huir porque las tropas de Oribe le pisaban los talones.

En Jujuy, cansado y enfermo, Lavalle decidió pasar una noche en una cama. A las dos de la mañana se presentaron en la casa de los Zenarruza y pernoctaron junto a Damasita y la escolta del general, a cargo del coronel Frías. El resto de los leales esperaban a las afueras del ejido urbano, en los Tapiales de Castañeda.

Una partida de federales conducidas por el negro Bracho se adentraron en la ciudad y amenazaron la residencia. Lavalle dio la orden de partir, pero una bala perdida atraviesa la puerta de la casa e impacta en el cuello del general. Éste cae desplomado, y muere desangrado. No hay testigos de este momento más que Damasita. Nadie de la escolta estaba presente cuando fue herido el general, solo llegaron a ver las convulsiones finales de su jefe.

Conjurados en evitar la profanación del cuerpo de su jefe, cargaron el cuerpo de Lavalle envuelto en su poncho de seda celeste sobre el tordillo de pelea que lo acompañara en esta campaña tan loca como heroica. Damasita siguió con la lúgubre comitiva, que lucha para poner el cadáver del general a salvo en Bolivia.

El calor arrancaba miasmas insoportables del cuerpo. No podían seguir así. La comitiva se detuvo en el Arroyo de la Huacalera y el coronel Danel, que alguna vez en Francia estudió para médico, desuella el cadáver de su amigo al que había acompañado desde la lejana Campaña del Brasil.

La cabeza, el corazón y los huesos de Lavalle siguieron viaje hacia Potosí, mientras que sus restos fueron dispersos cerca del arroyo, para que no sirvieran de macabro trofeo.

Damasita se perdió en la bruma de la historia. Fue amante de Billinghurst y alguna vez volvió a Salta para escándalo de todos. Dicen que terminó sus días en un convento en Chile.

Al negro Bracho jamás le concedieron el premio prometido y murió asesinado por un sargento que había servido en las tropas unitarias.

El cuerpo del general quedó en la Catedral de Potosí, hasta que fue repatriado primero a Chile y por último a su reposo en la Recoleta, donde es custodiado por la estatua de un granadero y una placa que dice: “Si se despierta, dile que la patria lo ama”.

A pocos metros de Lavalle también se encuentra el cuerpo de Manuel Dorrego, en este cementerio de la Recoleta, donde las diferencias en vida se reducen a polvo.

Juan Lavalle

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