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La muerte de "Isabelona la frescachona"

La reina olvidada de España era recordada en las coplas populares por sus frecuentes aventuras sentimentales. La llamaban "la frescachona" y esta es la historia de su exilio y paso a mejor vida.

Isabel II y su familia se encontraba a mediados de septiembre de 1868 en la costa de Vizcaya. Allí empezaron a llegar desconcertantes telegramas advirtiendo de varios focos golpistas por España. En un hotel del señorial Paseo de la Concha, en San Sebastián, Isabel reagrupó a sus fieles y se puso en manos de los pocos mandos militares que todavía le eran leales. Había que recuperar el control.

El 21 de septiembre, un telegrama desde Madrid reclamó a la Reina que viajara cuanto antes a la capital para dar un golpe en la mesa. Lista la comitiva para tomar el tren hacia la capital, un nuevo telegrama desechó el plan porque la vía estaba cortada en varios puntos. Isabel lloró de rabia por lo ocurrido y aún intentó varias veces que su tren saliera de la estación, pero las aguas no dejaban de agitarse. Finalmente, los Borbones se refugiaron en la embajada de Francia y en los últimos días del verano cruzaron la frontera hacia el país natal de su dinastía.

Camino del exilio

Todavía en esas circunstancias, los Reyes, Isabel II y su marido Francisco de Asís, albergaban ciertas esperanzas de un retorno rápido. La Reina madre, María Cristina, había vuelto sin problemas del exilio varias veces en el pasado y la Monarquía había aprendido a moverse en el alambre. No obstante, el paso de los días no hizo sino evaporar las últimas esperanzas de la Familia Real. Tras un prolongado y turbulento reinado de 35 años, la historia de Isabel ya formaba parte del pasado. De sus siguientes movimiento dependería que su hijo pudiera reinar en el futuro.

Bajo la protección del Emperador Napoleón III y de su esposa española Eugenia de Montijo, Isabel se instaló en 1868 en el castillo de Pau, la cuna de los Borbones que había visto nacer a Enrique IV de Francia, y luego se compró en París el pequeño palacio Basilewski, que la española rebautizó como de Castilla, situado en el número 19 de la Avenida Kléber. Se trataba de un palacio relativamente pequeño, de estilo francés del segundo imperio. pero con reminiscencias arquitectónicas de Luis XIV. Su marido, Francisco de Asís, apenas llegó a poner un pie en dicha residencia y prefirió vivir a las afueras de París.

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Rey y Reina acordaron su separación legal tras un intenso rifirrafe, donde Francisco quiso imponer sus derechos dinásticos y familiares a los de ella. Por su apoyo durante la separación, Napoleón III pidió a Isabel en 1870 que renunciara a la Corona y facilitara la restauración de su casa. El francés estaba en ese momento enfrentado a Prusia y buscaba la manera de evitar que las cortes españolas pudieran elegir un candidato alemán para ejercer como rey constitucional en España.

Isabel accedió a abdicar en la figura de su único hijo varón, el futuro Alfonso XII, porque así se había comprometido por escrito con Napoleón a cambio de que el Emperador de los franceses le apoyara en su batalla legal con su marido, pero también por motivos personales. La Reina de los Tristes Destinos confesó por carta a su madre el gran alivio que suponía para ella ceder la corona: «Hace veintidós años que no he vivido más que de pasteles y entre pasteles y estoy ya cansada de esta vida».

Una «vagabunda» en su tierra

A partir de su abdicación, el Palacio de Castilla fue perdiendo su importancia como centro de reunión de los monárquicos en el exilio y, en general, Isabel fue recluyéndose más y más. Como recuerda la historiadora Isabel Burdiel en su magistral biografía de la Reina, en esos años actuó como una exiliada de manual, sin interés por la ciudad ni por aprender el idioma ni por relacionarse con los franceses. Cada domingo se servía un cocido madrileño y la mayor parte de su actividad social se desarrollaba entre sus paredes. Solo muy de vez en cuando salía a tomar chocolate con sus amigas al caer la tarde en algún café, a los oficios religiosos cada jornada o convocaba tertulias hasta la madrugada.

Isabel fue cumpliendo años en el palacio sin que el hecho de que se le permitiera, con la llegada al trono de Alfonso XII, volver a España supusiera consuelo alguno. En esos viajes casi clandestinos, ella se sentía una «vagabunda» en su tierra y no la madre del Rey.

La familia de su hijo y luego su nieto hicieron poco para rehabilitar su figura de cara a los españoles. Un año antes de su fallecimiento, Isabel se presentó a veranear en San Sebastián acompañado de un individuo con el que mantenía, según se dijo, relaciones más que estrechas y que había sido «separado del ejército austriaco por motivos deplorables». La Familia Real eludió coincidir con la matriarca en la ciudad vasca, del mismo modo que Alfonso XIII no acudió a visitarla cuando hizo parada en París camino a Viena ese mismo año.

Uno de los extravagantes personajes que sí se aferró a la compañía parisina de Isabel se llamaba Joseph Haltmann, un judío húngaro descrito por una de las hijas de la Reina como alguien «que lo mismo podía haber sido camarero que artista de circo o músico ambulante». Este hombre encargado de organizar el programa diario, preparar las cenas y recibir a los invitados, algunos tan escandalosos como el pretendiente carlista, era hostil luego con el resto de cortesanos, a los que amedrentaba con sus muecas anacrónicas.

Se dice que una de las razones por las que la Reina María Cristina de Habsburgo se negaba a visitar el palacio era precisamente por el riesgo de toparse con «el bufón de su Majestad», al que por supuesto también se le vinculó a nivel sexual con la anciana.

Sin nieto que reclamara su memoria

Días antes de su muerte el 9 de abril de 1904 por una afección respiratoria, Isabel recibió a la Emperatriz también depuesta Eugenia de Montijo, ya viuda de Napoleón III. La Reina estaba resfriada, pero parece ser que fue su afán por presentarse delante de su vieja amiga en todo su esplendor, sin el mantón de Manila que le había prescrito el médico, lo que hizo penetrar por las rendijas de su amplio cuerpo al viento frío y, en su caso, mortal del Sena. «Siento en el pecho una cosa rara. Voy a desmayarme» fueron sus últimas palabras tras semanas renqueando.

La prensa francesa publicaron diversas semblanzas de aquella anciana de 73 años con una «desgraciada existencia». No hubo ya críticas contra ella, pues se la recordaba como un personaje remoto y exótico víctima de las circunstancias políticas de un país disparatado. «Le Figaro» escribió en su despedida:

«La sabíamos víctima de sus malos consejeros más que de sus propios errores y ha habido siempre una cierta injusticia en hacerla culpable de lo que no era más que una consecuencia de la organización política de aquel país».

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Isabel II en el exilio
Isabel II en el exilio

Durante seis días de capilla ardiente, desfilaron por el Palacio de Castilla los mismos miembros de la alta sociedad francesa que habían ignorado a la española en los años anteriores. A estos homenajes póstumos incluso se unió la Tercera República francesa, que envió a rendir honores a cuatro regimientos de Infantería y una batería de Artillería. El cortejo fúnebre recorrió la avenida de los Campos Elíseos, la Plaza de la Concordia, las Tullerías y el puente de Solferino.

Toda la ceremonia fue grandiosa y perfecta, con la única ausencia reseñable de Alfonso XIII, que no acudió a recoger en persona el ataúd de su abuela y trató de evitar, aconsejado por Antonio Maura, que su nombre se vinculara con la mujer que había hecho perder el trono a su familia a base de escándalos privados. El cadáver fue enviado directamente a El Escorial.

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