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La masacre de Katyn

El 13 de abril de 1943, en el bosque de Katyn, cercano a la ciudad soviética de Smolensk (a 360 km al suroeste de Moscú), el ejército alemán descubrió una gran cantidad de fosas comunes que contenían los cuerpos de cuatro mil polacos. Serían los primeros cadáveres hallados, pero habría muchos más.

Los nazis culparon a los soviéticos, los soviéticos culparon a los nazis. Lo cierto es que más de quince mil personas, incluyendo la élite militar polaca, los referentes políticos e intelectuales, artistas y ciudadanos polacos destacados, habían sido capturados cuando los soviéticos invadieron Polonia en 1939 y fueron asesinados en el bosque de Katyn. Uno a uno y a sangre fría fueron ejecutados con un tiro en la nuca en un lapso de pocos meses durante 1940. Después de la ejecución, los cuerpos fueron arrojados en fosas comunes, enormes zanjones cavados a tal fin.

La matanza fue perpetrada por la policía secreta soviética, la temida y siniestra NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos). Con enorme cinismo, durante casi medio siglo, el crimen fue negado y hasta censurado por el régimen comunista, que siempre acusó a la Gestapo (la policía secreta del régimen nazi) de esos horrendos crímenes. Aunque no se lo creyera nadie.

El entonces jefe de la policía secreta soviética, Lavrenti Beria (por entonces mano derecha de Stalin y, años después, principal acusado por su muerte), que calificaba a los polacos como “permanentes e incorregibles enemigos del poder soviético”, emitió un decreto por el cual se ordenó a la NKVD (precursora del KGB) “juzgar a los detenidos en tribunales especiales, sin comparecencia de los mismos y sin acta de acusación, mediante la mera producción de certificados de culpabilidad y aplicarles el castigo supremo: la pena de muerte por fusilamiento”. Iosif Stalin firmó la orden y recalcó su decisión.

Para llevar a cabo las ejecuciones, los soviéticos emplearon pistolas alemanas Walther, armas que los germanos habían entregado en grandes cantidades a sus anteriormente “aliados” soviéticos durante la invasión a Polonia en 1939. Los soviéticos las consideraban más confiables que las Tokarev TT-30 soviéticas; además (y un detalle nada menor), como las Walther eran las pistolas reglamentarias de la Gestapo, en el caso de que la masacre fuera descubierta las pruebas balísticas delatarían al régimen nazi como el autor de aquel crimen.

Los condenados eran trasladados en camiones, en grupos de a diez por camión, y eran ejecutados mayormente en Katyn pero también en otros lugares cercanos. Eran bajados del camión la mayor parte de las veces ya con la cabeza tapada, eran colocados de pie y maniatados de frente a la fosa, se les efectuaba un disparo en la nuca y caían a la enorme fosa uno a uno.

Cuando en junio de 1941 Alemania invadió la URSS a pesar del pacto de no agresión firmado entre Stalin y Hitler (ja), el enfrentamiento entre ambas potencias se convirtió en el centro de atención de la guerra, dejando la masacre polaca en el olvido.

En abril de 1943, una unidad alemana fue la primera en descubrir las inmensas fosas comunes, en un terreno cubierto de pinos situado a unos 400 kilómetros al oeste de Moscú. El lugar estaba alambrado, vigilado por guardias y era un secreto a voces en los pueblos cercanos que la NKVD lo frecuentaba para ejecutar gente. Tras una búsqueda intensiva, el oficial del ejército nazi Rudolf Christoph Freiherr von Gersdorff encontró finalmente las fosas comunes. Más tarde los nazis hicieron público el descubrimiento; algunas investigaciones concluyeron que los nazis estaban bien informados sobre la masacre y que tras invadir la URSS trazaron un plan para encontrarlas y utilizarlas a su favor y en contra de los soviéticos.

Con el permiso del ejército alemán, la Cruz Roja polaca examinó la zona e identificó a más de cuatro mil oficiales polacos que habían sido capturados por los soviéticos durante 1939. También confirmaron que las víctimas habían muerto en 1940, basándose en los hallazgos en los bolsillos de las mismas y en testimonios de campesinos que habían visto cargar los camiones con víctimas.

El hallazgo de las fosas provocó una gran conmoción. El Primer Ministro del gobierno polaco en el exilio, el general Wladyslaw Sikorski, había viajado a Moscú en diciembre de 1941 y había preguntado a Stalin por el paradero de miles de oficiales polacos que habían sido hechos prisioneros en 1939, exigiendo su liberación. Stalin primero contestó que no conocía su paradero y luego le mintió diciendo que los prisioneros se habían escapado y que se habían refugiado en Manchuria (¡lejísimos de Polonia...!). Un poco descarado para mentir, Iosif... Tras conocerse el hallazgo de las fosas de Katyn, la Unión Soviética cambió su versión una vez más y entonces culpó a los nazis por la masacre.

A pesar de las presiones de británicos y norteamericanos para que los hechos no fueran investigados (a fin de cuentas eran aliados de Stalin en contra de Alemania), el general Sikorski pidió que la Cruz Roja Internacional llevase a cabo una investigación a fondo de lo ocurrido. Los soviéticos no autorizaron a la Cruz Roja Internacional a investigar en la zona, y el presidente en el exilio Sikorski y las autoridades de la Unión Soviética rompieron relaciones.

Con el fin de la guerra, los documentos que hacían referencia a la masacre de Katyn fueron clasificados como de máxima seguridad. La censura del régimen comunista impedía incluso que se pronunciara “Katyn” en público, y quienes lo hacían en privado se arriesgaban a ser incluidos en las “listas negras” tanto de la policía política polaca como de la NKVD.

Durante casi cinco décadas la URSS negó su responsabilidad en la matanza, hasta que recién en 1990 Moscú admitió que que la NKVD de Stalin había sido la responsable de la matanza y que también habían asesinado a otros diez mil oficiales polacos cuyos cuerpos no se habían encontrado hasta entonces, constituyendo uno de los crímenes más brutales cometidos durante la Segunda Guerra Mundial. Moscú ha acabado reconociendo que la matanza se produjo, pero jamás ha admitido que fuera ni un crimen de guerra ni mucho menos un genocidio, delito que nunca prescribe. Jamás ha rehabilitado a las víctimas y se ha negado a reabrir los archivos.

La masacre de Katyn fue una pérdida enorme e irreparable para Polonia, y de alguna forma ha marcado las relaciones entre Polonia y Rusia. A pesar de que tras la caída del bloque comunista se hallaron aún más fosas comunes, todavía se desconoce dónde están enterrados los cuerpos de unas siete mil víctimas.

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Fosa común en Katyn.
Fosa común en Katyn.

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