La leyenda de Rob Roy, el Robin Hood escocés

Los héroes se construyen en la literatura o en las películas. Rara vez algunos de estos personajes que roban a los ricos para darle a los pobres estén a la altura de las circunstancias y solo una pluma entrenada consigue construir una historia idílica y romántica, las bases para construir un clásico. Eso es lo que logró Sir Walter Scott con este personaje brotado de las tierras altas de Escocia.

Robert MacGregor era un corpulento hijo de highlanders, de cabellos pelirrojos que no pasaban inadvertidos que le ganaron el apodo de Roy. Su padre pasó muchos años en prisión por apoyar de las revueltas jacobitas que defendían el retorno de los Stuart al trono de Gran Bretaña.

Los MacGregor habían creado un floreciente negocio “vendiendo protección” a los granjeros de la zona, evitando que el ganado fuese robado, cuando ellos no lo sustraían de no mediar una forzada colaboración. Como esta actividad, no precisamente robinhoodesca, le podía traer problemas, Rob decidió dedicarse a la compra/venta de animales y a tal fin le solicitó una buena cifra prestada a su poderoso vecino, el conde de Montrose. La suma no era menor: mil libras, una fortuna. La solicitud también ocultaba un sentido político, ya que Montrose mantenía un largo conflicto con su vecino, el duque de Argyll. De esta forma, Rob cedía su lealtad a Montrose.

Acá la leyenda se divide. Una versión sostiene que Montrose le robó la plata a Rob Roy y exigió cobrar la garantía que el escocés había puesto al préstamo: sus tierras de valor. Otros sostienen que la inversión no fue bendecida por la diosa fortuna, que un Mac Donald le fue desleal, que el precio de la carne cayó y Rob Roy no pudo devolver el dinero solicitado, razón por la cual el ahora odioso conde de Montrose se quedó con las tierras del desafortunado Rob, como antaño él se había quedado con los ganados de sus protegidos.

Rob Roy debió huir, oportunidad que Montrose aprovechó para usurpar la casa de Roy, castigar cruelmente a la familia de su deudor y quemar sus cosechas. Esto era una declaración de guerra y con los hombres de su clan no dejó la afrenta impune. Los MacGregor robaron las tierras de su enemigo, tomándose la molestia de dejar recibos por las sumas sustraídas.

En 1715 hubo otro levantamiento jacobita y Rob puso su clan a disposición de los Stuart, aunque llegó tarde a la Batalla de Sheriffmuir, donde se dedicó a rapiñar los cadáveres que yacían sobre el campo.

Rob Roy fue capturado en tres oportunidades y en las 3 ocasiones logró escaparse. En 1722 fue obligado a rendirse y por cinco años vivió encarcelado en New Gate. A pedido del general Wade, el Rey Jorge I le concedió el perdón real.

Rob MacGregor se trasladó a Balquhidder donde transcurrió en paz los siguientes 14 años de su vida. Sus últimas palabras, antes de entregar su alma al Señor fueron “¡Se acabó! Lavadme la cara y llamen al gaitero. Que toque I Shall Never Return” (No he de Volver). Allí está enterrado con su esposa y dos de sus hijas bajo una lápida que dice “MacGregor, a pesar de todo”.

Su historia ha sido idealizada en novelas como la de Daniel Defoe y Sir Walter Scott, quien refundó el nacionalismo escocés con profusión de tartans, gaitas y kilts que no eran tan frecuentes antes de 1830. Hollywood hizo lo suyo recreando la leyenda de este forajido quien no siempre repartió el fruto de sus atracos entre los más necesitados, solo lo suficiente para comprar su lealtad y una fracción de inmortalidad.

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