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La guerra ruso-japonesa

El 8 de febrero de 1904, el zar Nicolás II recibió una sorpresa poco agradable: las fuerzas japonesas atacaban la estratégica ciudad de Port Arthur, en el cabo de la península de Liaotung, en el sur de Manchuria, al oeste de Corea.

Por entonces, Port Arthur estaba bajo control ruso. Después de la primera guerra sino-japonesa (o chino-japonesa, 1894-1895, que terminó con victoria de Japón) el tratado de Shimonoseki estableció que Japón tendría el dominio de la isla de Taiwan y de la península de Liaotung, y ejercería un protectorado sobre Corea, que dejaba de ser un Estado “vasallo” de China. Sin embargo, Japón tuvo que ceder Port Arthur a Rusia por la presión diplomática ejercida por Alemania, Francia y la misma Rusia; a cambio, Japón recibió 30 millones de taeles (una antigua unidad monetaria de China). Japón nunca se quedó conforme; quería mantener su dominio sobre Corea sin vigilar hacia los costados, mientras que los rusos buscaban expandirse hacia Asia oriental, y el primer pretexto fue que buscaban un puerto de aguas que no se congelaran en invierno para su comercio y para sus buques de guerra. Port Arthur reunía esas características y además estaba demasiado cerca de Corea, con lo cual el mar Amarillo (imaginaron los japoneses, con toda lógica) estaría lleno de barcos rusos “mirando hacia Corea”, país que Japón no estaba dispuesto a resignar.

Rusia se había expandido hacia el este durante el siglo XIX, abriéndose paso hacia el Pacífico. Esta expansión hizo preocupar a Japón, que sentía que sus proyectos y su vocación imperial eran más que amenazados por Nicolás II y su ejército. Japón era un país pequeño, Rusia era una potencia; el mundo imaginó y predijo una victoria rusa sobre la isla imperial.

Sin embargo, Japón decidió entrar en guerra para mantener el dominio exclusivo de Corea, el cual consideraba en peligro. Sin previa declaración de guerra, el 8 de febrero de 1904 los japoneses atacaron Port Arthur, hundiendo algunos buques de guerra e inmovilizando al resto; de esta forma, los japoneses aseguraron su dominio del mar Amarillo y desembarcaron tropas en la península de Corea. Japón mostró fiereza y eficacia; neutralizó la flota rusa en el Pacífico con un ataque sorpresa y sitió Port Arthur. El zar envió a su flota del Báltico como refuerzo, pero con consecuencias desastrosas. El ejército japonés invadió Corea y se dirigió hacia Manchuria. A pesar de haber sido superado en todos los frentes, el zar se negó a retirarse; pensaba que estaba en juego la gloria y el honor de Rusia (decía que Rusia estaba protegida por Dios...).

Hacia fines de 1904, cuando el zar Nicolás II tomó conciencia de la realidad, Japón ya había inclinado la guerra a su favor. “Todos son héroes y han hecho todo lo que se podía esperar, y más. Indudablemente, esta debe ser la voluntad de Dios”, insistía el zar apelando a designios sobrenaturales para tratar de asimilar la caída de Port Arthur en manos japonesas. Sin embargo, la lucha no había sido tan heroica: cuando Port Arthur se rindió, luego de estar sitiada durante once meses, todavía había 30.000 soldados rusos armados en la guarnición. “No se recuerda una rendición tan vergonzosa”, dijo el Times de Londres.

El combate terrestre más importante fue la batalla de Mukden, al sur de Manchuria. Una batalla de fuerzas parejas en número (300.000 por cada bando) en un frente de batalla de más de 100 km de extensión. Tras dos semanas de lucha, en marzo de 1905 los japoneses tomaron Mukden. Rusia, excesivamente desplegada y sin apoyo de su Armada, que tenía sus propios problemas (había sido sorprendida y hundida en el mar Amarillo y vencida en Port Arthur), Rusia no tuvo más remedio que comenzar a pensar en la paz.

Más aún luego de la humillante derrota de la flota procedente del mar Báltico, la más importante de la Armada rusa, pero compuesta en su gran mayoría por buques de guerra no tan adecuados para navegar en alta mar. La flota navegó por las costas europeas, africanas, por el Índico y el sur de Asia hasta llegar a la zona de conflicto. Después de más de un año de navegación, al llegar al estrecho de Tsushima fue derrotada en forma contundente por las fuerzas navales japonesas al mando de Heihachiro Togo, en la batalla de Tsushima. En mayo, la flota báltica ya había sido aniquilada. Incluso, los rusos llegaron a atacar y destruir una flota pesquera inglesa al confundirla con lanzatorpedos japoneses. Fue la única “victoria” que se anotaron, sólo que ese no era el enemigo, ni siquiera tenían armas. Patético.

Cuando los ministros de guerra de Rusia y Japón se reunieron en Portsmouth para negociar la paz, el zar seguía sin aceptar que Japón superara a Rusia como primera potencia en el Lejano Oriente. El Tratado de Portsmouth, con el que finalizó la guerra ruso-japonesa, fue firmado en septiembre de 1905. Dicho tratado garantizaba a Japón sus tres principales demandas: el arrendamiento de Port Arthur en los mismos términos en los que Rusia se lo había arrendado a China antes de la guerra, beneficios para Japón en las concesiones ferroviarias en Manchuria, y la confirmación y aceptación del dominio japonés sobre Corea. La expansión de Rusia hacia Extremo Oriente se vio frustrada en forma terminante.

La guerra ruso-japonesa fue uno de los mayores conflictos armados que el mundo había presenciado hasta entonces. La victoria del imperio japonés fue un hecho inesperado para el mundo y modificó notablemente el equilibrio de poder en Extremo Oriente, lo que dio como resultado la consolidación de Japón como país trascendente en el escenario mundial. La inesperada derrota y el inconcebible hundimiento de la flota báltica provocó un sentimiento general antibélico en Rusia (con el diario del lunes...) y generó un enorme malestar. Los rusos ya venían criticando al gobierno como corrupto e ineficiente y se sublevaron en muchas partes del país en lo que fue la revolución rusa, que se extendió durante todo el año 1905 y que llevó a que Rusia pasara de ser una monarquía absoluta a una monarquía constitucional (con Nicolás II todavía a la cabeza, eso sí).

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