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La guerra de los Boers

La "primera guerra de los Boers" había sido un conflicto entre diciembre de 1880 y marzo de 1881, que terminó con Gran Bretaña concediendo a los boers el autogobierno de Transvaal bajo la supervisión británica. Pero los ingleses consideraban a los territorios boers como espinas clavadas. Y tenían razón: en octubre de 1899 comenzó la "segunda guerra de los Boers", que duró dos años y medio.

Los dos territorios boers eran la por entonces llamada República Sudafricana (región de Transvaal, en el norte sudafricano) y el Estado Libre de Orange (Orange Free State, en el centro-este).

El Transvaal se había convertido en el mayor exportador de oro del mundo; como tal, cabía esperar que su preponderancia económica en el sur del continente derivara en una supremacía política, así que Gran Bretaña miraba de reojo lo que ocurría ahí. El oro había atraído a gente de muchos lugares del mundo, pero principalmente a súbditos ingleses (en esa época había “súbditos ingleses” en todo el mundo, ya que Gran Bretaña era un imperio dominante) que constituyeron así una parte considerable de la población del territorio y empezaron a exigir derechos de ciudadanía.

Los boers intentaban proteger sus yacimientos de oro de la explotación británica y rechazaron garantizar derechos políticos a los “uitlanders” (residentes extranjeros), que aumentaban en número progresivamente, acercándose a la cantidad de “afrikaners” (que son los “boers”, descendientes de los colonizadores holandeses del siglo XVII). Las tensiones aumentaron; los británicos aumentaron sus efectivos militares en la colonia de El Cabo (al sur), comenzaron las hostilidades fronterizas, y finalmente, en octubre de 1899, empezó el conflicto armado.

En los papeles, Transvaal y Orange Free State eran un débil enemigo, sin infraestructura ni un ejército auténtico. Reunían algo menos de 90.000 hombres, mientras que los británicos movilizaron 450.000 soldados (la fuerza militar más importante reunida antes de la Primera Guerra Mundial). Pero a pesar de la presumible superioridad británica, la guerra duró más de dos años y medio.

Los boers obtuvieron ventajas durante los primeros meses del conflicto y hasta penetraron en territorios británicos cercanos de la colonia de El Cabo. Pero la guerra fue decantando a favor del imperio británico, dada su enorme superioridad en hombres y en medios. Sin embargo, cuando los ingleses creían tener dominada la situación, los boers siguieron obstinadamente la lucha en forma de guerrillas. Los grupos guerrilleros atacaban las guarniciones británicas y la vías férreas; el imponente ejército británico era aguijoneado permanentemente por todos lados.

Para dominarlos, las tropas inglesas, bajo el mando del comandante Horatio Kitchener, utilizaron el recurso de la “tierra quemada”, devastando y quemando terrenos y propiedades boers. Unas 250.000 personas, entre boers y africanos negros, fueron expulsados de sus tierras, capturados y llevados a campos de concentración, donde murieron unas 40.000 personas, incluyendo mujeres y niños. Las noticias sobre el tratamiento inhumano dado por los británicos a los prisioneros generaron una imagen muy negativa de Gran Bretaña ante la comunidad internacional.

Cuando al fin se hizo evidente que la resistencia boer no podía sostenerse, los boers aceptaron firmar el tratado de Vereeniging (ciudad al sur de la actual Johannesburg), el 31 de mayo de 1902. El tratado estipulaba que a cambio de deponer las armas y reconocer al rey Edward VII como soberano, los boers podrían conservar sus propiedades, no pagar indemnizaciones de guerra y enseñar en las escuelas tanto inglés como holandés. Gran Bretaña se comprometía, además, a contribuir con tres millones de libras esterlinas a la reconstrucción luego de la guerra.

Cuando empezó la guerra en 1899, Gran Bretaña era líder mundial, un imperio dominante. Cuando terminó, en 1902, luego de decenas de miles de muertes, estaba económica y moralmente exhausta, y señalada en forma acusatoria por el mundo; fue una especie de “Vietnam británico”. Quizá por eso, los ingleses comentaban con ironía “con victorias así, quién necesita una derrota...”.

En 1908, seis años después de finalizada la guerra, representantes de las cuatro colonias británicas del sur de África (Natal, colonia de El Cabo y las colonias adquiridas tras la guerra, Transvaal y Orange Free State) se reunieron en una asamblea constituyente. Dirigidos por el afrikaner (boer) Jan Smuts, héroe de la guerra de los boers, los delegados de la asamblea redactaron una constitución que contenía cuatro puntos determinantes: las cuatro colonias se convertirían en provincias de la “Unión de Sudáfrica”; el holandés y el inglés serían reconocidos como idiomas oficiales de la Unión; la legislación electoral sería diferente para cada provincia (eran claramente discriminatorias contra los habitantes de raza negra) y la composición del parlamento central unificado estaría limitada a los habitantes de raza blanca.

Cada uno de los cuatro gobiernos coloniales ratificó la propuesta, el parlamento británico aprobó la misma y así, en 1910, se constituyó definitivamente la Unión de Sudáfrica, con gobierno autónomo. Similar consideración política habían tenido Australia y Nueva Zelanda, decantando hacia lo que sería el “Commonwealth of Nations”.

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