Guerra Fría | Winston Churchill | Iósif Stalin | George Kennan | Harry Truman | Doctrina Truman | comunismo | Kominform | capitalismo | OTAN | Pacto de Varsovia | Crisis de los misiles | Gorbachov | Unión Soviética | Reagan | Muro de Berlín

La Guerra Fría

En 1947, Winston Churchill advirtió que en Europa oriental había caído "un telón de acero". Iósif Stalin, condenando el imperialismo de Occidente, criticó el Plan Marshall y se negó a participar en el Banco Internacional y en el Fondo Monetario Internacional.

El diplomático estadounidense George Kennan, subjefe de una misión diplomática norteamericana en Moscú, envió un telegrama (llamado “el telegrama largo”) desde Moscú advirtiendo a Washington que el “neurótico” (así lo calificó) punto de vista del Kremlin sobre asuntos internacionales dificultaba un entendimiento razonable en la postguerra. Kennan trató repetidamente de persuadir a los legisladores norteamericanos para que abandonaran los planes de cooperación con el gobierno soviético en el ámbito de la política europea de postguerra. Sostenía que era necesario afianzar la influencia norteamericana en Europa occidental para competir con la fortaleza soviética en Europa del este.

El presidente Harry Truman presentó el 12 de marzo en el Congreso la llamada Doctrina Truman, una declaración anticomunista que definiría la política exterior norteamericana durante los siguientes cuarenta años.

Truman presionó para que se aprobara un programa global y costoso para terminar con el comunismo. Llevando las cosas a un plano concreto, inició su cruzada invirtiendo 400 millones de dólares para combatir el comunismo en Turquía (frontera del bloque soviético) y Grecia y logró que Gran Bretaña rectificara el anuncio de que no ayudaría al gobierno griego en su lucha contra las guerrillas comunistas. Truman describió a dichos guerrilleros como “peones de Stalin” (aunque en esos momentos eran apoyados por el disidente Josip Borz “Tito”, de Yugoslavia) y elogió al régimen griego, conservador y represivo.

Stalin respondió reanimando el “Komintern”, su red mundial revolucionaria, al que denominó “Kominform” (oficina de información comunista), y renovó la campaña propagandística antinorteamericana.

Estos gestos fueron las gotas que derramaron el vaso: la polarización Este-Oeste era absoluta.

La Guerra Fría comenzaba.

Se trataba ni más ni menos que del enfrentamiento político, ideológico, social y cultural entre dos bloques de países, liderados por Estados Unidos y por la Unión Soviética; ambas superpotencias, surgidas a partir de la Segunda Guerra Mundial, pugnaban por imponer sus ideologías a nivel mundial. Por un lado, EEUU, líder del bloque occidental integrado por los países europeos capitalistas; defendían el capitalismo como sistema económico y la democracia liberal como sistema político. Por otro lado, la URSS encabezaba el llamado bloque del Este o bloque oriental, integrado por las áreas bajo ocupación de las fuerzas armadas comunistas; defendían el comunismo como sistema económico y político.

La Guerra Fría no fue un conflicto armado, sino que constituyó una amenaza permanente de conflicto entre los dos bloques. Cada uno de los bloques se organizó mediante tratados de cooperación y apoyo militar: el bloque occidental integró la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y el bloque oriental formó el Pacto de Varsovia.

Se produjo una fuerte escalada armamentista. La Unión Soviética, los Estados Unidos y las potencias aliadas a ambos bloques acumularon armas nucleares en cantidad tal que tenían la capacidad de destruir el planeta, y demostraban ese poder destructivo con constantes ensayos nucleares.

El “equilibrio” entre las superpotencias se sostenía en el temor mutuo (tan grande como las amenazas mutuas) de un conflicto nuclear que podía llevar a la destrucción de ambos (y del resto del planeta, posiblemente). Se desencadenó, sobre todo en las sociedades occidentales, una fuerte sensación de miedo a una guerra nuclear, que tuvo uno de sus momentos de máxima tensión en la Crisis de los misiles en Cuba en 1960.

Esa permanente necesidad y tendencia a demostrar quién la tenía más grande se manifestaba permanentemente en las participaciones directas e indirectas de las superpotencias en conflictos de otros países no alineados con ninguno de los dos bloques. Ejemplos de ello fueron la guerra de Corea (entre 1950 y 1953), la guerra de Vietnam (entre 1955 y 1975), la guerra del Yom Kippur (1973), etc.

La competencia entre los bloques también se manifestó en las áreas culturales y tecnológicas: la carrera espacial (una especie de competencia sobre la exploración del espacio exterior) resultó una clara muestra de ello.

Además, para las potencias eran tan importantes los logros obtenidos como la comunicación de los mismos; triunfos y fracasos en cada área o situación eran percibidos como triunfos o fracasos de su modelo político.

Otras consecuencias de la polarización del mundo en dos bandos fueron el debilitamiento de los partidos comunistas de Occidente y la eliminación de los partidos no comunistas en la URSS, la acumulación de armas en los países satélites de las superpotencias (luego redirigidas a movimientos de guerrilla y a guerras civiles), la consolidación del dominio soviético sobre los países de Europa oriental, la injerencia de EE.UU en la política interna de otros países occidentales y la aparición de movimientos antibelicistas y antinucleares internacionales.

En la década del 80, la injerencia en la política de otros países y la escalada armamentista consumían una enorme cantidad de recursos y provocaron crisis económicas tanto en EE.UU como en la URSS. Luego de su llegada al poder, Mijail Gorbachov inició una serie de profundas reformas internas que llevaron a una apertura mayor hacia Occidente y culminaron en la disolución de la Unión Soviética. Paralelamente a esto, Gorbachov y Reagan, en sucesivas reuniones (Reykjavik, 1986 y Washington, 1987), acordaron la necesidad de iniciar un nuevo modelo de relaciones entre las dos superpotencias y limitar la cantidad de sus armas nucleares.

La caída del Muro de Berlín en 1989 con la consecuente reunificación de Alemania, el emblema de la separación de los dos bloques, es considerada el símbolo del fin de la Guerra Fría.

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