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La Garduña

La Garduña (la Santa Garduña, la Hermandad de la Garduña) fue una sociedad secreta de criminales que durante la época de la Inquisición reinó en los bajos fondos de la península ibérica. Su poder desafiaba por igual a la Iglesia y a la Corona, y su legado y su leyenda se extendieron más allá de las fronteras de España.

En una época de exaltación religiosa y nacionalista, los judíos y musulmanes que vivían en España, “territorio cristiano”, se encontraban en un estado de virtual indefensión. Eso los convirtió en víctimas favoritas de criminales que muchas veces ponían la defensa de la fe como justificación de sus atropellos y crímenes, lo que les granjeaba una especie de aprobación tácita de la Iglesia. Al fin de cuentas, los musulmanes eran considerados como el enemigo que aún controlaba amplios territorios de suelo patrio y los judíos como miembros de una raza maldita que había sido responsable de la ejecución de Jesucristo. La Garduña, una legión de malhechores que veían en esa situación una buena oportunidad para obtener un buen botín, nació como consecuencia de ese orden de cosas.

Los registros escritos de la Garduña son escasos, por lo tanto las referencias históricas pueden ser inexactas; pero es aceptado que la Garduña nació en Toledo hacia el año 1412. Ligada a los asaltos a las casas de musulmanes y judíos que habían sido previamente señaladas por la Inquisición, este gremio de ladrones contaba con una estructura inspirada en las cofradías religiosas, en cuya apariencia se escudaba para operar con impunidad.

En épocas en que los Reyes Católicos emprendieron su campaña contra los reductos de influencia musulmana en la península ibérica, ocurrió que muchos ciudadanos musulmanes y judíos de sangre española sufrían todo tipo de arbitrariedades y persecuciones, desde encarcelamientos sin causa y arrestos con cargos falsos hasta la expropiación de sus bienes. En este contexto, fueron muchos los que decidieron abrazar el cristianismo para conservar sus viviendas y posesiones. La Inquisición centró su atención en estos ciudadanos conversos, a quienes se los llamaba “marranos”, quienes eran sospechados de seguir practicando en secreto su religión de origen. Si bien la Inquisición era poderosa, no lo era tanto como para proceder abiertamente contra determinados individuos que habían logrado comprar su inmunidad gracias a su fortuna o influencias.

Es en estos casos en los que entraba en juego la Garduña, una sociedad secreta esencialmente racista que perseguía ilegalmente a ciudadanos por razones xenófobas. Esta sociedad robaba y mataba a cualquiera que tuviera o practicara creencias diferentes. Así, este verdadero consorcio criminal se convirtió en un arma extraoficial de la Inquisición.

El adiestramiento y la disciplina de sus miembros y la extrema crueldad a la hora de ejecutar sus misiones convirtió a la Garduña en un mito. La leyenda que se enseñaba era que la Garduña había nacido como un mandato de la Virgen María en persona, quien le pidió a Apolinario, un anacoreta piadoso de Sierra Morena, que formara un grupo que reconquistara la península ibérica y expulsara a los mahometanos.

Los inquisidores encontraron en aquella secta de rufianes fanáticos un valioso aliado para lograr sus objetivos sin ensuciarse (tanto) las manos. La Garduña consolidó su poder saqueando, quemando y ejecutando en la hoguera a quienes consideraban herejes, quedándose con sus propiedades. Hacia fines del siglo XV, sin embargo, la Garduña comenzó a ser un lastre engorroso para las autoridades, principalmente porque era un grupo inmanejable. Si una persona era considerada hereje por la Garduña, era perseguida y ejecutada por más influencias y amistades que tuviera en las altas esferas. Eso motivó situaciones embarazosas y entredichos entre la autoridad real, ya que la Garduña no tenía miramientos con nadie. La Corte tuvo que tomar entonces la decisión de enviar tropas para capturar a las bandas de la Garduña.

Si bien la Inquisición todavía los protegía en forma indirecta, esta situación hizo que la Garduña pasara a la clandestinidad y se transformara en una sociedad secreta. Sevilla se transformó en la sede principal del movimiento y los trece rufianes jefes instituyeron un estatuto fundacional, que dio a la Garduña la estructura que conservaría por los siguientes tres siglos.

Tal como correspondía a una sociedad secreta (una verdadera logia), el ingreso a la misma contemplaba una ceremonia de iniciación; dentro de la organización se distinguían nueve grados, en función de la antigüedad, las capacidades y los méritos de los miembros. El escalafón más bajo de la jerarquía era el de los “soplones”, encargados de las tareas de espionaje, servicio y exploración. Luego venían las “coberteras”, prostitutas que eran utilizadas en tareas de apoyo e información; se encargaban de conversar y embaucar a viajeros mientras el resto de la banda preparaba el asalto. Para casos más especiales estaban las “sirenas”, jóvenes más refinadas y amantes profesionales. Los “fuelles”, respetables y maduros, fieles religiosos, eran los encargados de gestionar el botín. Los “floreadores” eran la fuerza de choque y aportaban la fuerza física necesaria en trabajos criminales. Los “punteadores” eran espadachines refinados y se movían con soltura en todos los estratos sociales; entre ellos se reclutaban la mayoría de los oficiales llamados “guapos”, que lideraban las diferentes bandas pequeñas. Estas se agrupaban bajo el mando de los “maestros”, que eran encargados de oficiar las ceremonias de la secta. Los “capataces” eran los jefes regionales, que a su vez cumplían al pie de la letra las órdenes del jefe de todos los jefes, el “Hermano Mayor” o “Gran Maestre”. La palabra de éste era ley, y era un personaje temido y respetado.

Como toda sociedad secreta, la Garduña tenía contraseñas, signos de reconocimiento, una jerga propia y claves para pedir ayuda. A pesar de sus orígenes racistas, la Garduña era ante todo una sociedad de delincuentes. La Garduña mantenía un entramado mafioso para financiarse que incluía actividades ilegales de todo tipo que incluían el secuestro, la venta de falsos testimonios en juicios, la trata de blancas, la falsificación de documentos. Se capturaban personas por encargo, y los secuestrados eran despachados en barcos para ser vendidos posteriormente como esclavos; esto brindaba doble ganancia: el pago de quien encargaba el secuestro y el pago de quien lo comerciaría luego como esclavo.

A pesar de las actividades que realizaba, la Garduña respetaba férreos códigos. La palabra era respetada a rajatabla, nunca se chantajeaba a clientes y los trabajos se cumplían tal y como fueron prometidos, con precisión y garantía. Existían reglas que estipulaban cómo era el reparto del dinero obtenido: un tercio a los fondos generales, un tercio a gastos corrientes y un tercio repartido entre aquellos que realizaban el trabajo. El fondo general no se tocaba nunca, era como el “seguro de vida” del grupo; los gastos corrientes se destinaban a corromper o sobornar funcionarios y personajes influyentes.

En 1822, cuatro siglos después del nacimiento de la Garduña, un hecho fortuito ocurrido en la casa de Francisco Cortina, el último Hermano Mayor de la Garduña, permitió el hallazgo de un libro con anotaciones y datos que se convertiría a la vez en la documentación más concreta sobre el grupo y en la prueba acusatoria contra el mismo. El manuscrito dejaba constancia de sedes en Toledo, Barcelona, Córdoba y otras ciudades, y no dejaba dudas sobre su conexión con la Iglesia y la Inquisición. El 25 de noviembre de 1822 Francisco Cortina fue ejecutado públicamente en Sevilla junto a 16 de sus colaboradores.

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Osso, Mastrosso y Carcagnosso
Osso, Mastrosso y Carcagnosso

La estructura, las actividades y los códigos de la Garduña son propios de lo que luego serían la estructura, las actividades y los códigos de las organizaciones mafiosas. De hecho, la leyenda dice que las distintas mafias italianas fueron creadas por tres hermanos españoles (Osso, Mastrosso y Carcagnosso) de la Garduña que, en el siglo XV, huyeron de Toledo tras vengar con sangre el honor ultrajado de una hermana. Los tres caballeros se refugiaron en la isla de Favignana, cerca de Trapani, Sicilia, y allí permanecieron casi 30 años. Posteriormente los hermanos se separaron, y cada uno de ellos llevó estos mandamientos, reglas y códigos sobre la lealtad, el silencio, la obediencia y la disciplina, que terminarían siendo idénticos a los que rigen en la Mafia, a tres lugares distintos: Osso las difundió en Sicilia, donde se creó la Cosa Nostra; Mastrosso las llevó a Calabria, donde se formaría la 'Ndrangheta, y Carcagnosso las llevó a Campania, donde se originó la Camorra napolitana.

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