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La fiera de la gran pantalla

Con sus pantalones y su actitud irreverente dentro y fuera de la pantalla Katharine Hepburn se adelantó casi medio siglo a los movimientos de liberación femenina, ganándose admiración y odio a su paso. Hoy, a más de cien años de su nacimiento, recordamos a esta actriz excepcional, cuya estrella sigue brillando en el firmamento hollywoodense como ninguna otra.

En una industria como la de Hollywood en sus años dorados, donde las estrellas eran un producto que se manufacturaba de a centenares, una actriz como Katharine Hepburn realmente era una bocanada de aire fresco. Marcada por los vaivenes y las irregularidades en su carrera y en su vida personal, experimentó éxitos y fracasos por igual, pero eventualmente llegó a ser considerada como una de las intérpretes más importantes de la historia del cine.

Llegar ahí, aunque hoy parezca muy distinto, no le fue nada fácil. En principio, a diferencia de tantos otros de sus pares, su ascenso a la fama fue relativamente sencillo. Había llegado al mundo un 12 de mayo en 1907 en Hartford, Connecticut siendo la segunda hija de una pareja de buen pasar económico y de predisposición liberal. Así, con una madre sufragista y un padre médico interesado por las cuestiones sociales, Hepburn y sus cinco hermanos fueron criados en pie de igualdad, alentados a expandir los límites de su mente y su cuerpo a través del estudio, del deporte y de los baños fríos para “formar carácter”.

Sin embargo, no todo fue pura alegría. Su hermano mayor se suicidó cuando ella tenía 14 años y fue Hepburn la que encontró su cuerpo colgando del techo de su cuarto, marcándola de por vida. A esta experiencia traumática le siguieron una carrera no deseada en Historia y Filosofía, un matrimonio fugaz y, afortunadamente, tras descubrir sus dotes actorales en el ámbito universitario, una ocasionalmente brillante carrera en el teatro. De este modo, tras tener sus primeros grandes triunfos sobre el escenario en 1932, Hepburn logró atraer la atención de los scouts de los estudios cinematográficos. Accedió a hacer una prueba para RKO y, a pesar de su carácter difícil y su aspecto peculiar – demasiado raro y andrógino para los ejecutivos – el director George Cukor apostó por ella y la eligió para protagonizar la película Doble sacrificio (1932) junto con John Barrymore.

A esta, su primera experiencia exitosa, le siguieron de cerca otras como Mujercitas (1933), en la que interpretó con gran maestría a la rebelde Jo March, y Gloria de día (1933), que le valió su primer Oscar. Así y todo, Hepburn estaba todavía lejos de ser una estrella establecida. Bastante en consonancia con su forma de ser relajada e independiente, rápidamente fue encasillada en roles de mujeres fuertes y rebeldes que muchas veces jugaban con (o hasta iban en contra de) las convenciones sociales de la época. Hoy todo esto puede parecer de una modernidad impresionante, pero el público estadounidense de los años de la Depresión claramente no estaba todavía preparado para ver a una mujer usando pantalones. Los fracasos se empezaron a acumular y, junto con su fama de difícil y una conducta a contramano de lo que se esperaba de una estrella de Hollywood, en 1938, tras el fallido estreno de la hoy mítica película de Howard Hawks, La adorable revoltosa (1938), Hepburn llegó a ser considerada “veneno de taquilla”.

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Katharine Hepburn haciendo de aviadora en <i>Christopher Strong</i> (1933).
Katharine Hepburn haciendo de aviadora en Christopher Strong (1933).

Desesperada, con su reputación por el piso y RKO, estudio con el cual tenía un contrato, tratando de sacársela de encima ofreciéndole proyectos de segunda clase, ella tomó la sabia decisión de comprar su salida por 75 mil dólares y evitarse la vergüenza. Con una fortuna personal que le daba seguridad para encarar una carrera de forma independiente, Hepburn intentó dar vuelta la situación en Hollywood, pero rápidamente se dio cuenta que, con todo el ambiente volcado en su contra, tendría grandes dificultades para hacer películas que pudieran tener algún grado de éxito y retornó al teatro.

Su regreso al cine, aunque hoy parezca poco tiempo, se produjo recién dos años después, en 1940. Ese año Hepburn protagonizó en Broadway la exitosa obra de Philip Barry, The Philadelphia Story; una pieza que básicamente se había escrito para que ella se luciera. En este punto su examante y gran amigo, el excéntrico aviador millonario Howard Hughes, decidió comprar y regalarle los derechos para adaptarla al cine, sintiendo que esta obra, al mostrar un lado más sumiso de Hepburn, podía ser su oportunidad de volver a la gran pantalla y ganarse el favor perdido del público. La apuesta, hoy sabemos, fue acertada. Hepburn eligió hacer la película en MGM y, tras básicamente producirla ella misma eligiendo a Cukor como director y a Jimmy Stewart y Cary Grant como sus coestrellas, logró tener un nuevo éxito.

Katharine Hepburn - Philadelphia Story
Philadelphia Story.

Ahora nuevamente considerada una actriz aceptable, la década del cuarenta trajo consigo otra importante etapa en la carrera y en la vida personal de Hepburn. En 1942 protagonizó La mujer del año con Spencer Tracy y, además de inaugurar una dupla cómica que estaría al frente de nueve películas en total, la experiencia los acercó románticamente. Desde ya, nadie esperaba que esta pareja fuera viable debido a que Tracy estaba formalmente casado, y son muchos – incluida la misma Hepburn – los que consideraban que ella ponía mucho más de sí en esta relación que él. Pero a pesar de todo – entre secretos, el alcoholismo de Tracy y separaciones prolongadas para filmar películas – estuvieron juntos informalmente por 26 años, hasta la muerte de él.

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Katharine con Spencer Tracy en<i> La mujer del año. </i>
Katharine con Spencer Tracy en La mujer del año.

Durante este período Hepburn muchas veces dejó de lado su carrera para cuidarlo (incluso durante los rodajes de sus películas), pero sorprendentemente también efectuó grandes pasos en la formación de su propio legado. Protagonizó grandes films, como La costilla de Adán (1949), La reina africana (1951) o Larga jornada hacia la noche (1962), y en paralelo obtuvo también nuevos éxitos en el teatro.

Tras la muerte de Tracy, sólo semanas después de completar su última película en conjunto, Adivina quién viene a cenar (1967) – que le valió su segundo Oscar – Hepburn se entregó de lleno al trabajo. Ella, que siempre había sido tan reservada, empezó a hablar públicamente de su vida a la prensa y hasta llegó a publicar dos libros de memorias a inicios de la década del noventa. En el mismo sentido, en esta etapa de su carrera, Hepburn también se aventuró fuera de su zona de confort trabajando, por ejemplo, en el musical de Broadway Coco, basado en la vida de Coco Chanel, y participó por primera vez en proyectos televisivos. Sumado a todo esto, continuó haciendo películas de una gran variedad que, aunque algunas fueron de calidad bastante irregular, incluyeron también casos de gran valor, como El león en invierno (1968) y En el estanque dorado (1981), que le valieron su tercer y cuarto Oscar.

Katharine Hepburn león
El león en invierno.

Para cuando hizo su última película, la producción para televisión basada en un cuento de Truman Capote, One Christmas (1994), Hepburn ya estaba muy enferma y, cada vez más deteriorada, su familia tomó la decisión de resguardarla del ojo público por los siguientes años hasta su muerte por cáncer en 2003. En una actitud que le llegó a valer críticas desde el feminismo, Hepburn había estado convencida de que las mujeres “no lo podían tener todo” y privilegió su vida profesional sobre lo personal. Quizás gracias a esta tenacidad fue que a lo largo de su vida llegó a actuar en medio centenar de películas (en la vasta mayoría, en roles protagónicos), mereció doce nominaciones al Oscar y ganó premios de todo tipo. Hepburn, en definitiva, no había elegido vivir su vida como se suponía que lo tenía que hacer y, con su forma de ser independiente, aún con los costos que le significó, por lo menos logró ser feliz y contribuyó a hacer de Hollywood un lugar más ecléctico e interesante.

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