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La Entrevista de Guayaquil

Se cumplen 196º años de la "reunión cumbre" entre José Francisco de San Martín y Simón Bolívar, aquella que sellara la suerte de América.

Cuando Bolívar arribó a Quito a mediados de 1822, no tardó en declarar su intención de anexar Guayaquil a la Gran Colombia, aunque esta ciudad había proclamado antes su independencia e iniciado un diálogo a fin de unir su suerte con la del Perú.

En un decreto que llevaba la firma del caraqueño, reconocía la deuda de gobierno de Colombia a la división del Ejército del Perú, que había sido gentilmente cedida por San Martín. A continuación, le escribió una carta en la que declaraba que el Ejército de Colombia estaba dispuesto a marchar para asistir a sus hermanos del sur.

A San Martín no le quedó otra opción que aceptar el ofrecimiento de Bolívar ya que este era el último campo de batalla contra el Imperio español. La difícil situación política y militar lo obligaba a aceptar esta oferta de colaboración (que, adivinaba, no sería desinteresada). La guerra expectante que había propuesto había llegado a su fin por los resultados desastrosos de la expedición a cargo de Domingo Tristán y Agustín Gamarra. El general se había equivocado en la elección de los comandantes y allí tenía los lamentables resultados que lo forzaban a cambiar de política. El Protector deseaba mantener a la brevedad una entrevista con Bolívar para decidir el destino de la guerra.

Como la inquietud entre sus oficiales era un rumor a voces en los corrillos de Lima, y a fin de granjearse la simpatía de algunos subalternos, pidió al Cabildo de esta ciudad que le permitiera repartir $500.000 entre veinte de sus colaboradores. También, entre algunos oficiales, se distribuyeron fincas decomisadas a los españoles. Dos de las haciendas –más precisamente, las de Montalván y Cuiba– fueron destinadas a su amigo O’Higgins. Valuadas en más de medio millón de pesos, fue en estas fincas donde el patriota chileno pasó los años de su obligado exilio.

Durante el Protectorado, se gestionó un empréstito de £1.200.000. Como toda deuda contraída por las excolonias españolas, poco asistió en el desarrollo de dicha nación y, como veremos, llegó a comprometer la economía personal de San Martín.

La distribución de inmuebles y premios en metálico no fue considerada justa por algunos oficiales, que adivinaban la intención de comprar voluntades a fin de cimentar el poder del Protector y sus ansias monárquicas. Hombres como Las Heras y Necochea se sintieron desairados y decidieron volver a Chile sin más.

San Martín y Monteagudo convocaron a un congreso en el Perú, en el que debía discutirse la forma de gobierno que adoptarían. Mientras esto se debatía, el general partió a Guayaquil. Desde esa ciudad, el caraqueño le había escrito con cierto descaro una misiva que decía: “Usted no dejará burlada el ansia que tengo de estrechar en el suelo de Colombia el primer amigo de mi corazón y de mi patria”. El Libertador del Norte se había adelantado… pero el Protector no tenía mucho que perder y continuó con su plan, aunque el entusiasmo de llegar a un acuerdo beneficioso se fue diluyendo con las horas.

Fue así como, el 26 de julio de 1822, San Martín desembarcó en Guayaquil, donde las tropas del venezolano habían copado la ciudad. Allí debía llevar adelante una conferencia con Bolívar, “en suelo colombiano”, custodiado por un ejército que le respondía. En la entrevista, también surgió la clara intención del caraqueño de no compartir mando con el argentino, por más que este ofrecía ponerse bajo su mando.

“La conferencia se verificó bajo malos auspicios para establecer igualdad de participación en la influencia continental”, comentó años más tarde el general Mitre en su historia de esta entrevista.

San Martín y Bolívar no lograron ponerse de acuerdo con el sistema de gobierno. El primero se inclinaba por una monarquía (sometida a la voluntad de un congreso) y el otro se decía republicano, aunque terminó comportándose como un autócrata.

Nadie mejor que el propio San Martín para describir este final, como lo hizo en la carta del 28 de agosto de 1822 dirigida a Bolívar desde Lima. En ella, decía:

Los resultados de nuestra entrevista no han sido los que me prometía para la pronta terminación de la guerra. Desgraciadamente, yo estoy íntimamente convencido, o que no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir bajo sus órdenes con las fuerzas de mi mando, o que mi persona le es embarazosa. Las razones que usted me expuso, de que su delicadeza no le permitiría jamás mandarme, y que aún en el caso de que esta dificultad pudiese ser vencida, estaba seguro que el congreso de Colombia no consentiría su separación de la República, permítame general le diga, no me han parecido plausibles. La primera se refuta por sí misma. En cuanto a la segunda, estoy muy persuadido que la menor manifestación suya al congreso sería acogida con unánime aprobación, cuando se trata de finalizar la lucha en que estamos empeñados, con la cooperación de usted y del ejército de su mando; y que el alto honor de ponerle término refluirá tanto sobre usted como sobre la república que preside.

No se haga V. ilusión, general. Las noticias que tiene de las fuerzas realistas son equivocadas; ellas montan en el Alto y Bajo Perú a más de 19.000 veteranos, que pueden reunirse en el espacio de los meses. El ejército patriota, diezmado por las enfermedades, no podrá poner en línea de batalla sino 8.500 hombres, y, de éstos, una gran parte reclutas. La división del general Santa Cruz (cuyas bajas según me escribe este general no han sido reemplazadas a pesar de sus reclamaciones) en su dilatada marcha por tierra, debe experimentar una pérdida considerable, y nada podrá emprender en la presente campaña. La división de 1.400 colombianos que V. envía será necesaria para mantener la división del Callao, y el orden de Lima. Por consiguiente, sin el apoyo del ejército de su mando, la operación que se prepara por puertos intermedios, no podrá conseguir las ventajas que debían esperarse, si fuerzas poderosas no llamaran la atención del enemigo por otra parte, y así la lucha se prolongará por un tiempo indefinido. Digo indefinido porque estoy íntimamente convencido, que, sean cuales fueren las vicisitudes de la presente guerra, la independencia de América es irrevocable; pero también lo estoy, de que su prolongación causará la ruina de sus pueblos, y es un deber sagrado para los hombres a quienes están confiados sus destinos, evitar la continuación de tamaños males.

En fin, general; mi partido está irrevocablemente tomado. Para el 20 del mes entrante he convocado el primer Congreso del Perú, y al día siguiente de su instalación, me embarcaré para Chile, convencido de que mi presencia es solo obstáculo que le impide a usted venir al Perú con el ejército de su mando. Para mí hubiese sido el colmo de la felicidad, terminar la guerra de la independencia bajo las órdenes de un general a quien la América le debe su libertad. El destino lo dispone de otro modo y es preciso conformarse.

No dudando que después de mi salida del Perú, el gobierno que se establezca reclamará la activa cooperación de Colombia, y que usted no podrá negarse a tan justa exigencia, remitiré a usted una nota de todos los jefes cuya conducta militar y privada pueda ser a usted de alguna utilidad su conocimiento.

El general Arenales quedará encargado del mando de las fuerzas argentinas. Su honradez, coraje y conocimientos, estoy seguro lo harán acreedor a que usted le dispense toda consideración.

Nada diré a usted sobre la reunión de Guayaquil a la República de Colombia. Permítame, general, que le diga que no era a nosotros a quienes correspondía decidir. Concluida la guerra, los gobiernos respectivos lo hubieran transado, sin los inconvenientes que en el día pueden resultar a los intereses de los nuevos estados de Sud América.

He hablado a usted, general, con franqueza, pero los sentimientos que exprime esta carta, quedarán sepultados en el más profundo silencio; si llegasen a traducirse, los enemigos de nuestra libertad podrían prevalerse para perjudicarla, y los intrigantes y ambiciosos para soplar la discordia.

Con el Comandante Delgado, dador de esta, remito a usted una escopeta y un par de pistolas, juntamente con un caballo de paso que le ofrecí en Guayaquil. Admita usted, general, esta memoria del primero de sus admiradores. Con estos sentimientos y con los de desearle únicamente sea usted quien tenga la gloria de terminar la guerra de la independencia de la América del Sud, se repite su afectísimo servidor.

José de San Martín

La situación se podía resumir en una frase que el general le confió a Tomás Guido: “Bolívar y yo no cabemos en el Perú”.

Texto extraído del libro El general y el almirante de Omar López Mato. Disponible en librerías y en OLMO EDICIONES.

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